La pandemia de COVID-19 ha provocado un número sin precedentes de niños fuera de la escuela.
Manos Antoninis, director del informe de Seguimiento Mundial de la Educación de la UNESCO, comparte sus reflexiones sobre cómo podemos evitar que los estudiantes más desfavorecidos se queden atrás.
Antoninis defiende la necesidad de invertir ahora para que los estudiantes vuelvan a la escuela.
Nunca antes tantos niños habían estado fuera de la escuela, y los más desfavorecidos corren el riesgo de no volver a pisar un aula.
La educación a distancia no es una opción para al menos 580 millones de estudiantes, según una encuesta de la UNESCO, UNICEF y el Banco Mundial. Incluso cuando existen opciones de aprendizaje a distancia, solo llegan a los alumnos durante una fracción del tiempo que asistían a la escuela antes. La gran mayoría de los estudiantes ya se ha quedado atrás. No es exagerado hablar del riesgo de una generación perdida: según una estimación de la UNESCO, 11 millones de niños podrían no volver nunca a la escuela. Las perspectivas de vida de millones de estudiantes de entornos humildes están en juego.
Hace cinco años, el mundo se comprometió con el Objetivo de Desarrollo Sostenible 4: garantizar una educación inclusiva y de calidad para todos de aquí a 2030. En aquel momento, el Informe de Seguimiento Mundial de la Educación (GEM) estimó cuánto debían gastar los gobiernos de los países de ingreso bajo y mediano bajo para alcanzar este objetivo, y qué cantidad de ayuda financiera externa se necesitaba para apoyarlos.
Concluimos que, incluso antes de la COVID-19, el costo anual total de la educación preprimaria, primaria y secundaria universal para estos países asciende a 504 000 millones de dólares al año. De esa cantidad, se prevé que 356 000 millones de dólares sean cubiertos con recursos nacionales, según supuestos plausibles sobre el crecimiento, los ingresos fiscales y la prioridad asignada a la educación. Esto significa que existe una brecha de financiación anual de 148 000 millones de dólares entre ahora y 2030.
Podría parecer imposible. Pero todo depende de las prioridades. El gasto militar mundial anual asciende, por ejemplo, a 1,8 billones de dólares. Con solo un mes de este gasto, se podría llevar a todos los niños del mundo a la escuela.
Las prioridades también se están cuestionando con la COVID-19, ya que los gobiernos sopesan a diario los beneficios sanitarios y económicos. El Informe GEM ha constatado que el cierre de escuelas podría aumentar la brecha de financiación hasta en un 30 %, debido a los costos relacionados con los programas de recuperación y reinscripción de los estudiantes que han perdido clases. Asimismo, la necesidad de garantizar que los niños estén seguros al regresar a la escuela durante una pandemia, habilitando espacios adicionales e instalaciones de higiene adecuadas, también eleva los costos.
Existe una oportunidad para evitar que estos costos sigan aumentando. Invertir ahora para que los estudiantes vuelvan a la escuela y los ayuden a ponerse al día resulta mucho más económico que ofrecer una educación de segunda oportunidad a quienes han abandonado los estudios. Según el Informe, la inversión inicial podría reducir en un 75 % el costo potencial de la COVID-19 para la educación.
Por tanto, detener la emergencia educativa derivada de esta crisis sanitaria requiere un cambio sistémico. Sin embargo, uno de los problemas es que la educación lleva mucho tiempo perdiendo terreno como prioridad de los donantes. Su proporción de la ayuda total se redujo del 14,8 % en 2003 al 10,8 % en 2018. Solo unos 7400 millones de dólares se destinan a la educación primaria y secundaria en los países de ingreso bajo y mediano bajo. Sin embargo, en lugar de aumentar para frenar esta crisis educativa, un análisis reciente del Informe GEM advirtió que la ayuda total a la educación podría disminuir hasta en 2000 millones de dólares hasta 2022, como consecuencia de las repercusiones económicas de la pandemia.
Esta semana, el Secretario General de las Naciones Unidas convoca a los ministros de finanzas para analizar la financiación en la «era de la COVID-19». Nuestro mensaje para ellos es que consideren la educación como un elemento clave para la recuperación de los efectos de la pandemia.
La ayuda a la educación y los presupuestos educativos deben mantenerse, como mínimo, o incluso aumentarse, y orientarse a los países y estudiantes más marginados. Los ministros de educación deben trabajar de forma conjunta con los ministerios de finanzas y de protección social en programas como las transferencias monetarias dirigidas a los más vulnerables, para facilitar que las familias envíen a sus hijos de vuelta a la escuela.
Invertir en educación ahora no es solo una buena voluntad, sino también una decisión acertada: permitirá ahorrar recursos a largo plazo y es fundamental para que nuestras sociedades recuperen cierta normalidad.
Alcanzar el ODS 4 sigue siendo posible, pero requiere un firme compromiso de invertir en educación para los estudiantes más marginados del mundo. Los próximos meses son decisivos si queremos evitar que esta generación de estudiantes se convierta en una generación perdida.
