Hace poco más de cinco años, dejé el sector privado para incorporarme a la Fundación Bill y Melinda Gates. Uno de los primeros actos a los que asistí en mi nuevo cargo fue la firma de la Declaración de Londres sobre las Enfermedades Tropicales Desatendidas, o ETD.
Me asombró lo que presencié: uno por uno, dirigentes de la Organización Mundial de la Salud, empresas farmacéuticas, gobiernos y sociedad civil se comprometieron a poner fin a estas terribles enfermedades. Fue el mayor esfuerzo mundial en materia de salud del que había formado parte, y sigue siéndolo hasta hoy.
Con nombres como oncocercosis y filariasis linfática, las ETD son enfermedades antiguas y dolorosas que afectan en conjunto a casi 1.500 millones de las personas más pobres del mundo. Algunas existen desde hace miles de años y muchas causan ceguera y desfiguración. Todas las ETD impiden que las personas trabajen y que las economías prosperen.
Gracias a las donaciones de medicamentos y a los esfuerzos de los gobiernos, los donantes y los trabajadores de la salud, ahora estamos haciendo llegar tratamientos a quienes más los necesitan. Desde 2012, las empresas farmacéuticas han donado un total de 7.900 millones de comprimidos, suficientes para 5.000 millones de tratamientos contra las ETD. Solo en 2015, llegamos a casi 1.000 millones de personas con tratamientos esenciales.
Los programas contra las ETD utilizan estas donaciones para multiplicar el impacto de cada dólar invertido. Hoy cuesta menos de 0,50 dólares por persona al año llegar a alguien y tratarlo con medicamentos contra las ETD, lo que genera un enorme rendimiento de la inversión. Un nuevo estudio calcula que cada dólar invertido en el control y la eliminación de las ETD podría generar entre 27 y 42 dólares en beneficios económicos; otro estima que abordar las ETD podría recuperar unos 600.000 millones de dólares de productividad económica perdida para 2030.

Pero, aunque estamos revirtiendo el avance de estos antiguos enemigos, también debemos seguir centrados en medir los progresos hacia su eliminación e invertir en innovación allí donde sea necesario para acelerarlos. Aunque muchas ETD pueden tratarse con pastillas de bajo coste, otras, como la enfermedad del sueño, requieren actualmente atención médica especializada y medicamentos tóxicos e invasivos. Además, aunque los medicamentos existentes contra la oncocercosis y la filariasis linfática matan eficazmente a los gusanos jóvenes, no afectan a los adultos, que siguen liberando miles de nuevas larvas cada día. Eso significa que debemos tratar cada año a las personas infectadas hasta que muera el gusano adulto.
Las alianzas público-privadas son esenciales para impulsar el desarrollo de herramientas innovadoras. Las alianzas para el desarrollo de productos, como la iniciativa Medicamentos para Enfermedades Olvidadas (DNDi) y PATH, han trabajado para desarrollar nuevos métodos de diagnóstico de ETD como la filariasis linfática y la oncocercosis, y serán clave para identificar nuevos tratamientos y enfoques en el futuro.
Varias de estas nuevas herramientas están convergiendo para combatir la enfermedad del sueño. En los últimos años, los países han introducido una nueva prueba rápida de diagnóstico que solo requiere una muestra de sangre obtenida con un pinchazo en el dedo, así como trampas de tela baratas pero muy eficaces que han demostrado reducir rápidamente las poblaciones de la mosca que transmite la enfermedad. También esperamos que se introduzca un nuevo tratamiento oral revolucionario, capaz de curar a los pacientes con un breve ciclo de pastillas, en lugar del tratamiento actual, que requiere administrar medicamentos intravenosos muy tóxicos y una larga estancia hospitalaria. La enfermedad del sueño se encuentra ahora en su nivel más bajo en décadas —con menos de 3.000 casos el año pasado— y el nuevo tratamiento oral podría ser la pieza final del rompecabezas para poner fin definitivamente a esta antigua enfermedad.
Además de desarrollar mejores herramientas para detectar, tratar y prevenir las ETD, podemos ayudar a los países a desarrollar su capacidad para medir los progresos hacia la eliminación, apoyando la puesta en marcha de redes de vigilancia de enfermedades de última generación bajo la dirección de los recién creados Centros Africanos para el Control de Enfermedades.
Cuando se trata de las ETD, nuestras inversiones empiezan a dar frutos. En 2016, ocho países certificaron la eliminación de al menos una ETD —con diferencia, la cifra más alta registrada en un año— y las perspectivas de lograr más eliminaciones en los próximos años son prometedoras. Con más inversión en innovación y en sistemas de investigación y desarrollo, confío en que podamos poner fin a las ETD en nuestra vida y allanar el camino hacia nuevos éxitos.

