A mitad de una colina con vistas al Gran Valle del Rift, en el oeste de Kenia, hay dos tumbas. Una de ellas tiene ya unos años, cubierta de arbustos frondosos que extienden hojas verdes brillantes hacia un cielo sin nubes. La otra es una tumba recién excavada de tierra roja y áspera, con una cruz blanca de madera. Son los lugares de descanso final de la madre y el padre de Emily, que murieron con cuatro años de diferencia.
Todavía joven, Emily se ocupa ahora de la granja rural de su familia, cerca de Iten, una localidad famosa por formar corredores de larga distancia y por acoger los campos de entrenamiento de Mo Farah. Llegamos conduciendo a través de la expansión urbana y hacia las colinas, pasando por un flujo aparentemente interminable de atletas increíblemente en forma que golpean los senderos de la carretera.
Emily está ocupada cocinando la comida cuando llegamos. Su cocina es una pequeña choza de barro con tejado de paja, construida al estilo tradicional, similar a los demás edificios que componen la granja, con humo que sale por la puerta de un fuego abierto y gallinas que escarban en la tierra cercana. Parece idílico, pero hay un asesino suelto por aquí, y hemos venido a seguirle la pista.
Ese asesino es el carcinoma escamoso de esófago, una de las dos principales formas de cáncer de esófago, que comienza en las células que recubren el esófago. Los casos empezaron a acumularse hace más de 60 años en Sudáfrica, cuando un médico que trabajaba en los territorios de Transkei observó un número inusualmente alto de personas que morían por la enfermedad, que era casi desconocida antes de la década de 1940.
La situación en África no parece mejor hoy. En todo el mundo, una media de 5,9 de cada 100.000 personas desarrollará cáncer de esófago cada año. En África Oriental, esa cifra asciende a 9,7 de cada 100.000 personas. En Kenia concretamente es de 18 de cada 100.000, mientras que en Malaui es aún mayor: 24 de cada 100.000, lo que convierte al cáncer de esófago en uno de los tres cánceres más comunes en estos países.
Pero incluso tras décadas de investigación, realmente todavía no sabemos qué causa estos focos.
África Oriental no es el único lugar del mundo donde esto ocurre. La región de Golestán, en Irán, tiene una de las tasas más altas de la Tierra, y hay focos de la enfermedad en lugares tan diversos como la provincia de Henan, en el centro-norte de China, y el sur de Brasil, aunque es relativamente raro en la vecina Colombia.
Otras partes del mundo tienen sus propios problemas de cáncer: hay tasas extrañamente altas de cáncer de intestino en Eslovaquia y Dinamarca, aunque tienen tasas bajas de cáncer de hígado. Las personas de la República Checa tienen más probabilidades de sufrir cáncer de riñón o de páncreas que las poblaciones de los vecinos Austria y Polonia.
¿Se deben estas diferencias a variaciones genéticas heredadas o tienen que ver con el estilo de vida? ¿Hay algún carcinógeno desconocido acechando en el medio ambiente? ¿O quizá es un poco de las tres cosas? Las grandes diferencias en las tasas de cáncer en el mundo son un misterio, pero un equipo de detectives muy eficaz se encarga del caso.
Al frente de este equipo está Mike Stratton, director del Instituto Sanger de Wellcome, cerca de Cambridge (Reino Unido), uno de los centros más grandes del mundo dedicados a la secuenciación y el análisis del ADN. Junto con Paul Brennan, de la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC) en Lyon (Francia), el brazo de investigación sobre cáncer de la Organización Mundial de la Salud, y otros equipos del Reino Unido y de Estados Unidos, Stratton ha reunido la fuerza de detectives más impresionante de la investigación sobre el cáncer: un proyecto conocido como Mutographs of Cancer.
Al examinar en profundidad el ADN de las células cancerosas, Stratton y su equipo buscan las firmas mutacionales únicas que han dejado los distintos agentes y procesos que causan cáncer.
“Llevo 20 o 30 años interesado en la idea de que se pueden detectar pruebas de las exposiciones que causan cáncer”, explica Stratton. “Una firma mutacional es simplemente el patrón de mutaciones que deja un proceso mutacional, y un proceso mutacional puede ser cualquier cosa, desde exponer una célula a la luz ultravioleta o al humo del tabaco hasta procesos endógenos.”
El equipo de Mutographs busca reclutar a 5.000 personas en cinco continentes con cinco tipos diferentes de cáncer, extrayendo y analizando el ADN de miles de tumores para construir una enorme base de datos de firmas mutacionales, algo parecido a la base de datos internacional de huellas dactilares de Interpol, para poder intentar relacionar las causas con los cánceres de todo el mundo.
Se trata de un ambicioso proyecto de 20 millones de libras esterlinas, financiado por el Grand Challenge de Cancer Research UK, y solo es posible gracias a las conexiones de investigación internacionales de la IARC y a la enorme escala de la canalización de secuenciación de ADN del Instituto Sanger. Y sus hallazgos tienen el potencial de salvar muchos miles de vidas.
En el fondo, el cáncer es una enfermedad del ADN. El genoma humano contiene unos 20.000 genes –las instrucciones biológicas que indican a nuestras células cuándo crecer y multiplicarse, qué función desempeñar en el organismo e incluso cuándo morir– codificados en largas hebras de ADN conocidas como cromosomas.
El ADN en sí está formado por cuatro bloques químicos básicos, o bases, que se encadenan en combinaciones infinitamente variadas. Es el orden de estas bases –adenina (A), timina (T), guanina (G) y citosina (C)– el que transmite la información contenida en un gen, actuando efectivamente como un alfabeto molecular que deletrea las recetas de la vida. Cualquier cambio en las letras de un gen importante –por ejemplo, uno que impulsa la proliferación celular– podría hacer que una célula empiece a multiplicarse sin control.
Otras alteraciones en otros genes vitales, junto con un entorno celular que permite o incluso fomenta el crecimiento descontrolado, acabarán provocando un tumor. Si se pueden detectar las mutaciones del ADN que han llevado al desarrollo del cáncer de una persona y determinar qué las causó, se debería tener la solución a su enigma biológico. Pero para ello hay que saber leer el ADN.
A finales de la década de 1970, el bioquímico Fred Sanger desarrolló un método fiable para leer la secuencia de letras de un fragmento de ADN, y el instituto de Cambridge lleva su nombre como testimonio de este descubrimiento que cambió las reglas del juego. La técnica de secuenciación original de Sanger era laboriosa y engorrosa, y permitía a los científicos leer un par de cientos de bases como máximo. Así que, en lugar de examinar las seis mil millones de letras del genoma humano en busca de cambios que causan cáncer, los investigadores empezaron centrándose en un solo gen, p53, que es defectuoso en la mayoría de los cánceres humanos.
En la década de 1990, Curtis Harris, del Instituto Nacional del Cáncer de EE. UU., y Bert Vogelstein, del Centro Oncológico Johns Hopkins de Baltimore, lograron demostrar que los distintos tipos de cáncer tenían su propio conjunto único de mutaciones en p53, que probablemente habían sido causadas por diferentes agentes, como las sustancias químicas del humo del tabaco o la luz UV del sol.
Stratton, que entonces era un joven genetista que buscaba mutaciones en cánceres que afectan a los músculos y otros tejidos blandos, se sintió intrigado por los hallazgos.
“Estos fueron artículos muy fundamentales que sugerían que, efectivamente, los mutágenos que causan cáncer dejan su huella en el genoma”, recuerda. “Eso me impresionó mucho como una oportunidad para la genómica, pero era algo que tuvo que guardarse en el cajón durante 15 años a la espera de la tecnología.”
Esa tecnología fue la secuenciación de nueva generación: máquinas lectoras de ADN que permiten a los científicos pasar de leer cientos de bases a la vez a miles o incluso millones. De inmediato, Stratton vio el potencial de la tecnología para revolucionar nuestra comprensión de los cambios genéticos dentro de los tumores individuales, y puso en marcha los enormes bancos de máquinas de secuenciación de ADN del Instituto Sanger para leer cada una de las letras del ADN de un tumor.
En 2009, él y su equipo habían producido las primeras secuencias completas de genomas de cáncer. Eran mapas detallados que mostraban todos los cambios genéticos y mutaciones que se habían producido en dos cánceres individuales: un melanoma de piel y un tumor de pulmón.
La elección de estos tipos de cáncer no fue en absoluto aleatoria: décadas de epidemiología y estudios de laboratorio habían demostrado que la exposición a la luz UV es probablemente la causa única más fuerte del melanoma, mientras que el conocimiento del vínculo entre el tabaco y el cáncer de pulmón se remonta a la década de 1950. Con sospechosos principales tan sólidos, Stratton y su equipo tenían las mejores probabilidades de encontrar huellas mutacionales claras en el genoma. Pero aunque esperaban ver los mismos tipos de mutaciones en los genomas que Harris y Vogelstein ya habían detectado en sus estudios de un solo gen, no estaban preparados para la enorme escala del vandalismo genómico que descubrieron.
“El melanoma tenía unas 25.000 mutaciones, lo que es más de lo que el mundo jamás había visto en un solo genoma”, dice Stratton. “Realmente pudimos ver las firmas de las exposiciones que habían tenido lugar con una resolución increíblemente detallada, y pudimos ver todo tipo de características y matices que no habíamos notado antes.”
Del mismo modo que una huella dactilar humana es una mezcla de diferentes patrones de crestas, las huellas mutacionales están formadas por patrones característicos de cambios en el ADN.
Las sustancias químicas cancerígenas provocan mutaciones al unirse físicamente a bases específicas y afectar a su forma. Estas alteraciones introducen un obstáculo molecular en el engranaje de procesos fundamentales, como la copia del ADN o la lectura de los genes, por lo que deben repararse para que la célula se mantenga sana y funcione correctamente. Por ejemplo, el benzo(a)pireno (uno de los principales carcinógenos del humo del tabaco) tiende a unirse a las bases G, al igual que la aflatoxina, una sustancia química cancerígena producida por ciertos mohos. Pero cada uno de estos tipos de daño se repara de una manera específica, dejando un cambio característico en la secuencia del ADN.
En cambio, la luz UV provoca mutaciones al hacer que las C vecinas se peguen entre sí. Cuando la maquinaria de copia del ADN encuentra estos pares fusionados, interpreta la forma inusual como si fuera un par de T, lo que provoca un cambio permanente en la secuencia del ADN en esa posición.
“Para analizar y distinguir entre estas causas, tenemos que disponer de una forma de clasificar los patrones de mutaciones, algo similar a identificar un conjunto específico de huellas dactilares según los patrones particulares de bucles y remolinos”, explica Stratton.
Inicialmente, Stratton y su equipo se centraron en seis firmas mutacionales básicas: de C a A, de C a G, de C a T, de T a A, de T a C y de T a G. Pero hay varios procesos mutacionales distintos que pueden convertir, por ejemplo, una C en una T, lo que dificulta determinar cuál podría haber sido la causa subyacente. Los investigadores se dieron cuenta entonces de que ciertas mutaciones tienden a aparecer en el contexto de determinadas secuencias de ADN, como resultado de las interacciones químicas específicas o de la maquinaria biológica en funcionamiento.
Al ampliar el análisis para observar las dos bases a cada lado de la mutación –ACA cambiado a AAA, ACC a AAC, ACG a AAG, etc.–, Stratton y su equipo acabaron con 96 subtipos diferentes de mutación. Los distintos procesos mutacionales dan lugar a patrones específicos en estos 96, que se distinguen en una representación gráfica casi tan nítidamente como las crestas y líneas de una huella dactilar humana.
También existen otros cambios distintivos en los genomas de las células cancerosas, como deleciones o inserciones de pequeñas secciones de ADN, cambios característicos en pares de bases consecutivos y alteraciones y reordenamientos más grandes, que pueden ayudar a refinar aún más la huella característica de un proceso mutacional particular.
Los genomas del melanoma y del cáncer de pulmón fueron una prueba contundente de que las huellas de culpables específicos podían observarse en cánceres con una causa principal. Sin embargo, estos tumores aún contenían muchas mutaciones que no podían explicarse por los rayos UV ni por el tabaco, entonces ¿qué las causaba? ¿Y qué ocurre con los cánceres sin una causa única tan evidente? Con miles y miles de mutaciones en un tumor típico, la labor de investigación se complica mucho en los cánceres con orígenes complejos, múltiples o incluso completamente desconocidos.
A modo de analogía, imagine que es un científico forense que busca huellas dactilares en la escena de un asesinato. Puede que tenga suerte y encuentre un juego de huellas perfectas en un cristal de ventana o en un pomo de puerta que coincidan con las de un asesino conocido en su base de datos. Pero es mucho más probable que descubra una mezcolanza de huellas que pertenecen a toda una serie de personas –desde la víctima y posibles sospechosos hasta inocentes e investigadores policiales– superpuestas sobre todo tipo de superficies.
Afortunadamente, Ludmil Alexandrov, estudiante de doctorado de Stratton (ahora profesor adjunto en la Universidad de California en San Diego), ideó una forma de resolver el problema. Se dio cuenta de que las firmas mutacionales individuales de un tumor pueden distinguirse entre sí mediante un método matemático llamado separación ciega de fuentes, utilizado anteriormente para separar datos de múltiples fuentes; por ejemplo, para separar las pistas vocales e instrumentales individuales de un único archivo de audio.
En 2013, el equipo del Sanger había utilizado una versión de esta técnica para extraer 20 huellas mutacionales distintas de casi 5 millones de mutaciones en más de 7.000 tumores, que abarcaban 30 de las formas más comunes de cáncer. Algunas huellas aparecían en todos los tumores, mientras que otras eran específicas de solo unos pocos tipos de cáncer. Todos los cánceres tenían al menos dos huellas diferentes, y algunos tenían al menos seis.
Esa cifra aumentó en 2015 a al menos 30 huellas mutacionales únicas, cada una causada por un agente distinto. Luego, en 2018, un análisis aún más amplio de casi 85 millones de mutaciones en unos 25.000 cánceres elevó el número de huellas a unas 65, aunque probablemente solo unas 50 de ellas sean realmente únicas.
Algunas de ellas proceden de factores que ya sabemos que pueden aumentar significativamente el riesgo de cáncer: los sospechosos habituales, como el tabaco o los HAP (hidrocarburos aromáticos policíclicos, liberados cuando se queman ciertos materiales). Algunos carcinógenos sospechados previamente también se han confirmado como peligrosos, como el ácido aristolóquico, una sustancia química producida por plantas que se usaban habitualmente en suplementos herbales en Taiwán y otros lugares. Otras huellas son señales de un trabajo desde dentro, resultado de los procesos fundamentales de la vida en nuestras células, incluida la copia y reparación del ADN.
Pero las causas de alrededor de la mitad de estas huellas siguen siendo un misterio, dejadas en los genomas de las células cancerosas por culpables que aún están en libertad.
La sala de endoscopias del Hospital Universitario de Referencia Moi en Eldoret, en el oeste de Kenia, es un lugar muy concurrido. El cáncer de esófago es uno de los tumores más comunes en la zona, y cada día llega una aparentemente interminable fila de pacientes en busca de alivio para las obstrucciones abultadas de sus gargantas. La mayoría no ha comido bien durante semanas, lo que los deja increíblemente delgados y frágiles. Algunos han venido desde cientos de kilómetros de las zonas rurales periféricas, gastando dinero valioso en un transporte alquilado costoso. Todos ellos desesperan por ayuda, y la mayoría va a morir en el próximo año.
Observo cómo pequeñas bolitas rosadas de tejido canceroso se introducen con cuidado en recipientes de plástico y se envían a un congelador en un edificio al otro lado del hospital, a la espera de ser enviadas a la IARC. El equipo de allí purificará el preciado ADN de cada muestra y luego lo enviará al Instituto Sanger para su secuenciación y análisis en busca de firmas mutacionales reveladoras que puedan explicar qué causa todos estos cánceres.
Estoy aquí en Eldoret para conocer a Diana Menya, una epidemióloga keniana que ha trabajado en el Moi durante muchos años. Es generosa y de buen humor, con una energía contagiosa. Nos sentimos como viejos amigos tras viajar a sacudidas en un microbús durante solo dos días –incluida una excursión improvisada para ver a adolescentes lanzarse desde un acantilado a una poza infestada de cocodrilos– y ella está llena de risas e historias sobre la región y sus habitantes. Fue esta curiosidad y pasión por su zona local lo que la alertó por primera vez de las inusualmente altas tasas de cáncer en la región.
“Hace unos años noté que había bastantes pacientes con dificultades para tragar, y cuando por fin se hizo el diagnóstico resultó ser un cáncer de esófago de células escamosas”, explica Menya. “Cada vez veíamos llegar más pacientes al hospital, y me preguntaba: ¿qué es esto? ¿Qué está pasando aquí? Algo hay que hacer.”
Su solución, en colaboración con investigadores de la IARC, fue crear ESCCAPE (Oesophageal Squamous Cell Carcinoma African Prevention Research), un estudio de casos y controles que recluta a personas con cáncer de esófago y a personas que no lo padecen, para comparar sus entornos y estilos de vida. Al trabajar con Menya, el equipo de Mutographs of Cancer ha podido obtener muestras de tumores y de sangre para el análisis de ADN y luego cotejarlas con la información recopilada por el equipo de ESCCAPE sobre los factores ambientales o de estilo de vida que podrían estar actuando en la región.
El estudio de Menya ya ha descubierto que el tabaco y el alcohol son dos de los factores probablemente responsables del exceso de cánceres de esófago en el oeste de Kenia, algo nada sorprendente, dado que estudios epidemiológicos anteriores los han relacionado con el carcinoma de células escamosas. Pero aunque estos dos culpables pueden explicar muchos casos, sin duda no pueden explicarlos todos.
Adentrarse en la comunidad rural de los alrededores de Iten da la sensación de entrar en un mundo de carcinógenos. Las tierras de cultivo pueden ser aquí exuberantes y fértiles, pero también están inundadas de pesticidas y fertilizantes que pueden filtrarse en el suministro de agua (que normalmente no está filtrada). Hay campos en brote de col rizada que se cocina en un plato conocido localmente como sukuma wiki (‘dura una semana’), que es especialmente rico en nitratos, los cuales pueden convertirse después en el organismo en nitrosaminas cancerígenas.
Visitamos a Emily en su cocina, una única habitación sin ventilación cubierta por una gruesa capa de hollín que cuelga en algunos puntos como estalactitas. El humo del fuego abierto es abrumador, y es imposible permanecer allí más de unos segundos sin salir corriendo a respirar aire. Y donde hay humo, hay HAP, liberados por la combustión de combustibles como la leña, las mazorcas de maíz y el estiércol de vaca. Las mujeres, las niñas pequeñas y los niños están especialmente expuestos, ya que pasan mucho tiempo en la cocina, a menudo durmiendo allí por la noche para mantenerse calientes y a salvo.
El maíz es un alimento y una fuente de combustible comunes en esta zona, y las mazorcas y los granos suelen tratarse con fungicida para evitar el crecimiento del moho rosa tóxico (que a su vez podría causar cáncer). Quemar estos productos químicos junto con las mazorcas puede liberar más carcinógenos en la atmósfera no ventilada.
Luego están los hábitos personales. En África Oriental es común beber té muy caliente, que se sorbe a temperaturas que queman la boca de hasta 70 °C (algo que descubrí por las malas). Las bebidas muy calientes ya se han vinculado con el cáncer de esófago en Irán y en partes de Sudamérica.
La mala higiene dental podría ser otro factor. Un estudio realizado en China ha demostrado que cuantos menos dientes tiene una persona, mayor es su riesgo de cáncer de esófago, quizá como resultado de sustancias químicas bacterianas tóxicas que se filtran en la saliva desde encías infectadas.
Aunque es fácil sospechar de todas estas cosas (y de otras más) como causa de las altas tasas de cáncer de esófago en Kenia, todavía no tenemos datos suficientes para vincular la mayoría de estos factores de riesgo con las huellas dejadas en el genoma del cáncer. Eso significa que todavía no sabemos cuáles son los más peligrosos, ni cómo podrían actuar juntos para causar la enfermedad. En el futuro, deberíamos poder asociar más carcinógenos con sus huellas combinando el enfoque de Mutographs con estudios epidemiológicos rigurosos como ESCCAPE. Pero esta no es la única vía.
En lugar de estudiar el ADN extraído de tumores para buscar firmas mutacionales, David Phillips, catedrático de carcinogénesis ambiental en el King’s College de Londres, aborda el problema desde la dirección opuesta. Como parte del proyecto Mutographs, él y su equipo están tratando células cultivadas en laboratorio con agentes que dañan el ADN, y luego secuenciando su ADN para ver qué firmas mutacionales han quedado.
“Al observar de forma sistemática los tumores humanos y compararlos con las firmas mutacionales de sistemas experimentales causadas por cosas que pensamos o sabemos que son cancerígenas para los humanos, podemos cotejar ambos y decir: ‘¡Ajá! Aquí hay pruebas de que esta sustancia química está implicada’”, explica Phillips. “Estamos avanzando de forma independiente por aquello que sospechamos o sabemos que causa cánceres humanos, y viendo qué firmas podemos generar a partir de ello.”
Hasta ahora, Phillips y su equipo han probado 80 causas sospechosas de daño al ADN, de las cuales alrededor de la mitad produce huellas distintivas en el genoma. Algunas son carcinógenos humanos conocidos, como la luz UV y el ácido aristolóquico, que producen patrones de daño que cabría esperar según sus propiedades. Siempre que aparecen en las muestras de tumores de Mutographs, es bastante seguro suponer que el agente correspondiente está implicado de algún modo.
Pero ha encontrado otras sustancias químicas que dejan firmas mutacionales en células cultivadas en laboratorio y que aún no se han detectado en tumores humanos. Quizá estas moléculas sean genuinamente cancerígenas pero es raro que las personas se expongan lo suficiente como para que aparezcan en sus células cancerosas, o quizá sean realmente inocentes y puedan descartarse de las investigaciones de Stratton.
Es un poco como pillar a alguien conduciendo a exceso de velocidad, tomarle las huellas dactilares y archivarlas en una base de datos: quizá nunca cometa un delito más grave, pero si lo hace, la policía tendrá muchas más probabilidades de atraparlo.
Ahora mismo, seguimos en las primeras páginas de esta historia de detectives. Un año después de que comenzara el proyecto Mutographs, ya se ha formado un equipo completo, las herramientas están en marcha y los investigadores empiezan a reunir y analizar huellas de cánceres de todo el mundo. La enorme escala del proyecto es asombrosa.
«A medida que hemos ido refinando la sofisticación del enfoque y la clasificación de las mutaciones, los algoritmos y la secuenciación, ha quedado claro que se trataba de un gran desafío que requeriría una inversión y una organización coordinadas», afirma Stratton. «Tenemos que recopilar entre cinco y diez mil muestras tumorales y de sangre normal, tenemos que controlar la calidad de la secuenciación del ADN y encargarnos de la gestión de datos y la estadística; es una combinación de epidemiología a gran escala y genómica a gran escala que nunca antes se había unido de esta manera».
Esta lista de lecturas acompaña nuestro reportaje sobre la identificación de las causas del cáncer según la manera en que dañan nuestro ADN.
En junio de 2018, investigadores del equipo de Mutographs se reunieron en el Instituto Sanger para compartir datos preliminares de los primeros casos de genomas cancerosos que superaron el proceso del proyecto. Curiosamente, los primeros tumores de esófago procedentes de Kenia no parecen presentar ninguna firma de HAP, lo que podría descartar a las cocinas rurales llenas de humo como la de Emily, aunque es importante subrayar que, hasta ahora, solo se ha analizado una pequeña fracción de los casos.
Curiosamente, todos los cánceres de esófago presentan signos de daño causado por APOBEC, proteínas que alteran el ADN en nuestras células y que se cree que se activan en respuesta a infecciones virales. Existe mucha especulación científica sobre el papel que estos mutadores internos podrían desempeñar en el cáncer, y se sabe aún menos sobre qué desencadena su actividad en ausencia de virus, pero el hallazgo de sus huellas en la escena biológica del crimen resulta intrigante.
Aunque es demasiado pronto para señalar a ningún sospechoso con certeza, en un giro argumental digno de «Asesinato en el Orient Express», de Agatha Christie, Asesinato en el Orient Express –ALERTA DE SPOILER– está quedando claro, a partir de los genomas del cáncer, que no nos enfrentamos a villanos individuales, sino a una banda de delincuentes, cada uno de los cuales asesta un golpe potencialmente mortal al genoma. Cada uno causa estragos a su manera, pero pueden combinarse para provocar una catástrofe.
La otra cara de la moneda es que resulta casi imposible precisar una causa concreta de un tumor determinado o decir exactamente qué lo provocó. Una célula puede estar plagada de mutaciones, acumuladas a lo largo de la vida por todo tipo de procesos, pero si ninguna de ellas afecta a los genes vitales ni a los interruptores de control responsables del crecimiento o de la muerte, esa célula seguirá sana. Y, como cada genoma canceroso está atravesado por muchos miles de mutaciones, es imposible determinar cuál de los culpables asestó el golpe de gracia. Pero deberíamos poder construir una imagen mucho más precisa de las contribuciones de los distintos factores, ya sean biológicos o ambientales, a la enfermedad de cada persona.
Esta investigación llega demasiado tarde para ayudar a los padres de Emily, que yacen en sus tumbas en la ladera de la colina. Pero Diana Menya confía en que su trabajo salvará vidas en el futuro.
«Creo que es una combinación de factores ambientales y factores conductuales. Algo relacionado con lo que hace la gente, lo que come, cómo vive y sus hábitos, como el consumo de tabaco y de alcohol. También podría ser algo como la contaminación del aire en interiores», afirma, recordando a mujeres como Emily y su cocina llena de humo. También confía en que el proyecto desentrañe las funciones de la herencia genética y del entorno en la causa de la epidemia de cáncer de esófago en Kenia. «Tenemos información anecdótica de que se transmite en familias de nuestra zona de estudio, pero ¿se debe a la genética o a un entorno compartido? Espero que el estudio Mutographs responda a esa pregunta».
Esta es una investigación real de prevención: averiguar qué aumenta el riesgo de cáncer a un nivel fundamental y, a partir de ahí, utilizar ese conocimiento para introducir cambios duraderos que salven vidas en la salud pública. Pero esto requiere tiempo y voluntad política. Menya ya ha visto cómo este enfoque da frutos en su propio trabajo, dirigiendo una campaña para apoyar la erradicación de la dracunculiasis en todo el país.
«Para prevenir una enfermedad, debemos actuar. Hemos erradicado muchas afecciones, especialmente las enfermedades infecciosas, ¿por qué no podemos erradicar las enfermedades no transmisibles como el cáncer?», afirma Menya. «Esto puede sonar muy ambicioso, pero, para mí, el mejor desenlace sería un Kenia libre de cáncer, evitando que los cánceres aparezcan en primer lugar: detectarlo antes de que él detecte a los pacientes».





