Al crecer en Belo Horizonte, Brasil, vi de primera mano que el lugar donde uno vive suele ser el principal factor determinante de la salud y la esperanza de vida. En Brasil, el 75% de la población no tiene seguro médico privado. Las largas filas en centros de salud públicos obsoletos para recibir los servicios más básicos son parte normal de la vida cotidiana.
Tras la universidad y los estudios de posgrado, y con una década de experiencia profesional a mis espaldas, mi carrera me llevó a Estados Unidos. En 2001, mi esposa y yo tuvimos la dicha de tener gemelas, que nacieron prematuramente. Por suerte, entonces vivíamos en Erie, Pensilvania, y no en Belo Horizonte. Nuestras hijas recibieron la mejor atención posible que cualquier padre podría pedir, en el Centro Médico Hamot de la Universidad de Pensilvania.
El marcado contraste con la atención que podrían haber recibido en mi ciudad natal está grabado en mi corazón y en mi memoria. Como padre, estoy profundamente agradecido. Como profesional que ha dedicado su carrera a la atención sanitaria, me sorprende cuánto queda por hacer en materia de acceso e inclusión. No solo en Brasil, sino también en Estados Unidos.
A pesar de estar a la vanguardia de la medicina y destinar el 18% del PIB a la atención sanitaria—casi el doble que otros países desarrollados—, la mayoría de los estadounidenses no goza de mejor salud a cambio de esa inversión. El acceso a la atención sigue siendo un privilegio. En general, según la edición más reciente del Philips Future Health Index, los indicadores de valor y eficiencia de la atención sanitaria estadounidense están por debajo del promedio de los 16 países incluidos en el índice. En ese sentido, Estados Unidos tiene mucho en común con Brasil y con otros mercados de gran población, como India y China.

Nos encontramos ante una dicotomía que marca una época: aunque la medicina avanza, la esperanza de vida en Estados Unidos está disminuyendo. La realidad es que el código postal sigue siendo un factor determinante importante de la atención sanitaria: basta vivir a un código postal de distancia para tener oportunidades de longevidad muy distintas, como demuestra un análisis de 2017 sobre distintas zonas de Estados Unidos.
Por lo general, en las zonas urbanas, la atención sanitaria cuenta con algunas de las aplicaciones tecnológicas más innovadoras del mundo, ofrece servicios de los profesionales clínicos más especializados y lidera investigaciones avanzadas que podrían repercutir en miles de millones de vidas. En otros códigos postales, la población sufre problemas de infraestructura y falta de acceso a tratamientos y productos médicos. Esto es especialmente cierto en las zonas marcadas por la distancia, los ingresos y las oportunidades.
Mientras las Naciones Unidas reclaman atención sanitaria universal para 2030, el desafío por sí solo en Estados Unidos puede parecer insuperable. La extensa geografía, el clima templado y la topografía del país han permitido que la población se distribuya por todo tipo de llanuras, rincones y recovecos, en lugar de concentrarse en unos pocos enclaves habitables. Esa distribución, que ha favorecido la diversidad agrícola, industrial y cultural, ha planteado un desafío particular para la atención sanitaria, agravado por la transición actual de un modelo basado en el pago por servicio a otro basado en el valor. ¿Cómo podemos ofrecer atención de alta calidad de forma fluida a más personas y en más lugares, y hacerlo a menor costo?
Así como el ferrocarril transcontinental «resolvió» hace generaciones el desafío geográfico de Estados Unidos, la telemedicina busca resolver ahora el problema del acceso a la atención sanitaria condicionado por el código postal. Con el enfoque más conectado y basado en datos que prometen las tecnologías de telesalud, la prestación de atención sanitaria dejará de estar vinculada a lugares o estructuras específicos.
La telesalud —la prestación remota de servicios de atención sanitaria a través de redes de telecomunicaciones— puede ampliar el alcance de la atención hasta lugares como el hogar, así como a zonas remotas o que antes recibían servicios insuficientes. También puede conectar a los médicos entre sí, facilitar diagnósticos más rápidos y liberar los conocimientos especializados de las limitaciones organizativas o geográficas. En otras palabras, el tren ya llegó: solo tenemos que subirnos todos.
Los primeros resultados indican que el motor empieza a ponerse en marcha. El Future Health Index de Philips también muestra que la adopción de los servicios de «monitorización remota de pacientes» es mucho mayor en Estados Unidos que en otros países occidentales con sistemas de atención sanitaria de sofisticación comparable. La monitorización remota de pacientes es un campo emergente que combina equipos interconectados y aplicaciones de análisis de datos para ofrecer atención de alta calidad a pacientes fuera de los entornos clínicos habituales.
Una importante institución sanitaria que ha aprovechado la oportunidad que ofrece la telesalud es el Departamento de Asuntos de Veteranos de Estados Unidos (VA), que ahora opera el mayor programa de telesalud del país. El año pasado, más de 700.000 veteranos participaron en servicios de telesalud a través del VA.
Hombres y mujeres, desde el Houston urbano hasta el Idaho rural, recibieron revisiones médicas y asesoramiento mediante computadoras de escritorio, tabletas y teléfonos inteligentes; los datos de diagnóstico se transmitieron por internet seguro de alta velocidad; y 300 profesionales sanitarios se conectaron a través de 67 hospitales y clínicas del VA, que ofrecían 50 especialidades clínicas, desde dermatología hasta cuidados intensivos. En lugar de viajar tres horas para ver a sus profesionales sanitarios, estos veteranos recorren ahora un promedio de 15 minutos y la atención recibe excelentes calificaciones. Los veteranos otorgaron a estos servicios de telesalud puntuaciones de satisfacción de entre el 88% y el 93%.
Es posible que esas cifras pronto aumenten. Los veteranos de todo el país podrían empezar pronto a realizar sus consultas médicas de forma virtual con tecnologías de telesalud, en lugares que les resultan casi tan familiares como el propio hogar: las sedes locales de Veterans of Foreign Wars y de American Legion.
Entre los otros sistemas de atención sanitaria que se han subido al Expreso de la Telesalud está Westchester Medical Center Health, en el valle del Hudson de Nueva York, que utiliza la telepsiquiatría para reducir en un 30% las citas médicas a las que los pacientes no acuden, además de brindar acceso a servicios de salud conductual para estudiantes del condado rural de Delaware a través del Hospital Margaretville. Emory Healthcare, en Atlanta, ha ahorrado más de 4,6 millones de dólares al reducir las estancias y los reingresos de pacientes de cuidados intensivos de zonas rurales de Georgia.
Avera eCARE, el hospital virtual de llega a 16 estados y casi 400 comunidades, presta servicio al 13% de los hospitales del país que atienden a poblaciones con acceso crítico y colabora con hospitales, clínicas, escuelas, centros de cuidados de larga duración e instituciones penitenciarias. Por último, Northwell Health utiliza la telesalud para la salud conductual y la atención de accidentes cerebrovasculares. Hace poco amplió el programa al asociarse con LiveOnNY para utilizar su unidad de cuidados intensivos de telemedicina en apoyo de las donaciones de órganos, lo que aumentó las derivaciones de órganos en aproximadamente un 121%, la puntualidad en un 9,5% y las donaciones en un 33,9%. Cada una de estas organizaciones ha implementado estrategias de telesalud que redujeron los costos y, a la vez, aumentaron la eficacia y la eficiencia.
Si la telesalud es una solución tan evidente al problema del acceso a la atención sanitaria, ¿por qué no se ha adoptado con la misma rapidez que los ferrocarriles en el siglo XIX? Siguen existiendo varias barreras.
En primer lugar, está el argumento financiero. Los modelos de reembolso de los seguros se basan en consultas presenciales. La adopción aumentará cuando las políticas de reembolso empiecen a considerar las consultas de telesalud como citas médicas «reales». Este incentivo financiero es crucial. Después de todo, el motor que impulsó la finalización del ferrocarril transcontinental fue el descubrimiento de oro en el oeste de Estados Unidos.
En segundo lugar, no existe en todas partes la sólida infraestructura de banda ancha necesaria para transmitir grandes volúmenes de datos. Algunas regiones de Estados Unidos tienen una conectividad mucho mejor que otras, una disparidad que favorece a las ciudades frente a las zonas rurales.
En tercer lugar, parte del ahorro inherente a las tecnologías de telesalud debe beneficiar a los pacientes —y no solo a los profesionales sanitarios y los hospitales— para incentivar su preferencia.
En cuarto lugar, es necesario estandarizar los formatos de información para que los datos recopilados por un sistema de telesalud en San Diego puedan compararse o integrarse con los recopilados por otro en Charleston.
Por último, esperamos que la regulación sanitaria, que se gestiona estado por estado, se ponga al día con la tecnología de telesalud, que no depende de las fronteras geográficas. No hay razón para que la reciente norma del VA sobre telesalud interestatal no pueda extenderse más allá del sector público.
Tenemos la tecnología, los datos y las herramientas de inteligencia adaptativa para interpretar esos datos, ayudar a reducir costos y mejorar los resultados de los pacientes. Con las estadísticas y las pruebas de que la telesalud funciona, ¿qué nos frena? ¿Qué se puede o se debe hacer para impulsarla? Aunque la telesalud quizá no sea la respuesta completa al desafío del acceso, ayudará a tender las vías.
En última instancia, hará falta que pacientes, profesionales sanitarios, pagadores, gobiernos y organizaciones sin fines de lucro coincidan en que la atención sanitaria debe ser más fluida, más preventiva y, en este caso, más virtual. Todos tenemos un papel que desempeñar para que este tren llegue a su destino. El motor está listo. Es hora de subir a bordo.

