En la intersección entre el envejecimiento de la población, el cambio climático y la degradación ambiental se encuentra la bioeconomía, cada vez más sustentada en los avances de la biología sintética.
Las innovaciones biológicas tienen el potencial de abordar el 45 % de la carga actual de enfermedades en el mundo y de producir el 60 % de los insumos físicos de la economía mundial en los próximos 10-20 años.
Dra. Jenny Molloy explica cómo podría ser una agenda política ideal para la bioeconomía.
La bioeconomía abarca todos los sectores y sistemas que dependen de los recursos biológicos (animales, plantas, microorganismos y biomasa derivada, incluidos los residuos orgánicos), así como de sus funciones y principios. Incluye y conecta sectores económicos e industriales como la alimentación, la salud, los productos químicos, los materiales, la energía y los servicios que utilizan recursos y procesos biológicos.
Se prevé que el mundo afrontará una competencia creciente por unos recursos naturales limitados y finitos, debido al aumento de la población, la presión cada vez mayor sobre nuestros sistemas alimentarios y de salud, y el cambio climático y la degradación ambiental asociada, que están devastando nuestros sistemas de producción primaria.
La biología sintética es un campo emergente que aplica principios de ingeniería al diseño y la modificación de sistemas vivos, y que, por tanto, sustenta y acelera avances tecnológicos con un claro potencial de generar un impacto a gran escala en la economía mundial. Los fabricantes recurren a este método para producir de manera eficiente productos sostenibles de alto rendimiento.
Un reciente informe de McKinsey prevé que las aplicaciones derivadas de esta revolución biológica podrían tener un impacto mundial directo de hasta 4 billones de dólares al año durante los próximos 10-20 años, permitir la producción del 60 % de los insumos físicos de la economía mundial y abordar el 45 % de la carga actual de enfermedades en el mundo. Sin embargo, para que las aplicaciones de la biología sintética alcancen todo su potencial, es fundamental garantizar que el acceso y el desarrollo del conocimiento en este sector, junto con las herramientas de investigación pertinentes, se distribuyan en contextos con pocos recursos. Esto puede ayudar a evitar que la tecnología se concentre exclusivamente en economías avanzadas y ricas en recursos, y que aumenten las desigualdades en la bioeconomía mundial.
La Dra. Jenny Molloy, investigadora asociada sénior del Departamento de Ingeniería Química y Biotecnología de la Universidad de Cambridge, estudia el papel y el impacto de los enfoques abiertos de propiedad intelectual en una bioeconomía sostenible y equitativa.
Su trabajo se centra en comprender mejor los problemas que afrontan los investigadores al acceder a herramientas de investigación biológica en contextos con pocos recursos, particularmente en América Latina y África. Su equipo desarrolla tecnologías innovadoras para la fabricación local y distribuida de enzimas, con el fin de mejorar el acceso y desarrollar capacidades para la investigación biológica. El objetivo más amplio de su investigación es contextualizar los enfoques de «código abierto» en biotecnología dentro de los discursos actuales sobre innovación y la agenda política de la bioeconomía. También es miembro del Consejo del Futuro Global sobre Biología Sintética del Foro Económico Mundial Consejo del Futuro Global sobre Biología Sintética.
Hablamos sobre nuevos avances, desafíos y su escenario ideal para la agenda política de la bioeconomía en los próximos 10 años. Esto es lo que dijo:
«Darse cuenta de que el sistema actual —la forma en que financiamos, recompensamos, publicamos y difundimos la ciencia, y equilibramos los intereses públicos y privados en la tecnología— es bastante reciente y podría cambiarse».
Jenny Molloy
¿Qué te llevó a explorar y trabajar en biología sintética?
Al principio trabajé en la promoción de los datos abiertos y la ciencia abierta (que, por suerte, ahora están mucho más extendidos en la cultura de la investigación). Mi introducción específica a las políticas de bioeconomía llegó cuando trabajé en la modificación genética de mosquitos transmisores del dengue para mi doctorado. Esto me situó justo en la intersección de la salud mundial, la biología sintética y la bioeconomía, en un campo inmerso en una compleja maraña de ética, regulación, innovación responsable y opinión pública.
Al mismo tiempo, colaboraba en proyectos de ciencia abierta para el desarrollo y cada vez me interesaba más cómo lograr que el acceso a la ciencia, la innovación y sus beneficios fuera verdaderamente mundial. Todo empezó a apuntar a la necesidad imperiosa de trabajar para construir colectivamente una bioeconomía mundial que sea equitativa y sostenible desde el punto de vista económico y ambiental.
¿Cuál es el nuevo avance más emocionante en biología sintética? ¿Qué desafío mundial aborda?
Diría que es la capacidad de sintetizar ADN de novo a gran escala y editarlo con precisión. Cuando intentaba modificar genéticamente mosquitos, construir módulos de ADN era laborioso y, en realidad, era como tirar los dados para saber en qué lugar del genoma acabaría ese ADN. Disponer de formas más asequibles de escribir y leer ADN, junto con la edición precisa y cada vez más sofisticada de CRISPR ha permitido avances apasionantes para abordar tantos desafíos mundiales: desde el descubrimiento de fármacos hasta la mejora de cultivos.
Por eso me entusiasman tanto las herramientas y tecnologías habilitadoras: sustentan la innovación, y quienes las utilizan desarrollarán aplicaciones que sus creadores originales ni siquiera imaginaron. Gran parte de mi trabajo se centra en cómo garantizar que estos avances lleguen a todos los científicos, y no solo a quienes viven en países de ingresos altos.
¿Qué es lo que más se malinterpreta sobre la biología sintética? ¿Qué te gustaría que la gente supiera?
Diría que es la percepción y el discurso, muy arraigados en todos los niveles de la biotecnología, de que «código abierto» significa «imposible de comercializar».
Por desgracia, esto genera reticencia a explorar creativamente la apertura como una posibilidad dentro de toda una gama de estrategias de propiedad intelectual (PI). Me gustaría que la gente supiera que debe preguntarse: «¿Qué impacto quiero lograr en el mundo y hasta qué punto proteger esta tecnología o compartirla abiertamente puede ayudarme a conseguirlo?». A veces, la respuesta será patentar todo, porque la promesa de un monopolio es necesaria para atraer inversiones con suficiente tolerancia al riesgo. ¡Y eso está bien!
Sin embargo, la respuesta probablemente sea más matizada cuando también se busca un impacto ambiental o social, cuando hay una comunidad de usuarios que podría aportar innovaciones importantes o por muchas otras razones. Es probable que el compromiso de Tesla de 2014 de compartir sus patentes se debiera en parte a que su éxito depende de la inversión pública y privada en infraestructuras como las estaciones de carga. Así, aunque compartir su tecnología podría permitir que la competencia llegara al mercado más rápido, también podría aumentar el número de coches eléctricos en circulación y beneficiar a sus conductores y a la industria. Se pierde toda esta sutileza si no se plantea la pregunta.
¿Cómo crees que los enfoques de «código abierto» en biotecnología y propiedad intelectual pueden ayudar a los países en desarrollo a desarrollar capacidades e impulsar la innovación en biología sintética?
Quizá una de las mejores fuentes de conocimiento en biotecnología sean, irónicamente, las patentes publicadas. Las economías en desarrollo y emergentes tienen una enorme libertad para aplicar comercialmente ese conocimiento, ya que se han presentado muy pocas patentes biotecnológicas en el Sur Global, mientras que muchas otras han caducado y han pasado al dominio público.
Sin embargo, existen grandes desafíos para que ese conocimiento se use y resulte útil, entre ellos contar con suficientes personas «versadas en la materia» y crear un entorno propicio: laboratorios bien equipados, cadenas de suministro fiables, una regulación receptiva y financiación. Los enfoques de código abierto desempeñan un papel importante porque, además de permitir licencias abiertas, también fomentan el desarrollo colaborativo y el intercambio de conocimientos prácticos, algo esencial para superar las barreras al desarrollo de capacidades y la innovación.
¿Cómo está haciendo realidad el Foro Económico Mundial la atención sanitaria basada en datos?
¿Podrías dar algún ejemplo de situaciones en las que esto haya tenido un impacto directo en el avance científico?
Por ejemplo, los equipos básicos de laboratorio, como las incubadoras, por lo general ya no están protegidos por la PI, pero rara vez se encuentran en internet instrucciones completas de montaje y reparación. Los proyectos de hardware abierto las ofrecen y reúnen a comunidades de desarrolladores y fabricantes para posibilitar la producción local. El acceso a las enzimas es un desafío casi omnipresente en el Sur Global y, aunque muchas enzimas útiles ya son de dominio público, encontrar el ADN y los protocolos para expresarlas puede llevar mucho tiempo.
Los kits de herramientas abiertos, como la Colección de ADN para investigación en diagnóstico diseñada por mi laboratorio y numerosos colaboradores, y distribuida a través del proyecto Free Genes de Stanford, ofrecen una solución «lista para usar» que, con las prácticas de fabricación, los sistemas de gestión de calidad y las autorizaciones reglamentarias adecuados, también podría utilizarse para kits de diagnóstico. Estamos explorando la posibilidad de fabricar diagnósticos moleculares a nivel local con colaboradores de Camerún y Ghana, por ejemplo, a través del proyecto AfriDx financiado por EDCTP.
Un gran ejemplo de un proyecto abierto que ya ha tenido un impacto directo en el avance científico es el Consorcio de Genómica Estructural, una asociación público-privada que durante unos 20 años ha publicado abiertamente datos, materiales y herramientas de investigación para descubrir fármacos dirigidos a estructuras de proteínas humanas de relevancia médica, a disposición del mundo académico y la industria. Esto ha dado lugar a miles de colaboraciones y artículos científicos, y a que más de 1500 estructuras proteicas pasen al dominio público. Los líderes del consorcio siguen ampliando este modelo; por ejemplo, han creado empresas farmacéuticas que buscan aplicar un enfoque abierto al descubrimiento de fármacos para cánceres infantiles poco frecuentes.
¿Cuál sería tu escenario ideal para la agenda política mundial de la bioeconomía en los próximos 10 años?
Darse cuenta de que el sistema actual —la forma en que financiamos, recompensamos, publicamos y difundimos la ciencia, y equilibramos los intereses públicos y privados en la tecnología— es bastante reciente y podría cambiarse.
Mi escenario ideal es que la agenda política mundial de la bioeconomía sea verdaderamente mundial, de modo que, durante los próximos 10 años, los países del Sur Global, que albergan gran parte de la biodiversidad que impulsa la bioeconomía, puedan dar forma a esa agenda, fortalecer sus capacidades de innovación y beneficiarse de la bioeconomía en sus propios términos.
Mi consejo para los líderes mundiales y responsables de formular políticas es garantizar que todos los países tengan un lugar en la mesa y centrarse en desarrollar no solo políticas locales o regionales, sino también sistemas de gobernanza internacional capaces de adaptarse al extraordinario ritmo del cambio técnico y social en la bioeconomía.
El Consejo del Futuro Global sobre Biología Sintética ha dedicado gran parte de su atención a incorporar los valores de sostenibilidad, equidad, humildad y solidaridad en la futura agenda política de la bioeconomía, ofreciendo una brújula en lugar de un mapa, porque creemos que esto es importante para garantizar que la biología sintética se utilice para crear un mundo en el que queramos vivir.

