Durante más de un siglo hemos recurrido a una medida simplista para determinar si una persona tiene un peso «saludable» o no. Se trata del índice de masa corporal (IMC), es decir, la relación entre el peso de una persona y el cuadrado de su estatura. Los límites de esta relación quedan claramente demostrados en los jugadores profesionales de rugby, la mayoría de los cuales se clasificaría como con «sobrepeso», a pesar de tener menos del 10 % de grasa corporal.
Los estudios también han demostrado que no todas las personas con obesidad desarrollan problemas de salud, como diabetes y enfermedades cardíacas. Este grupo de personas «gordas pero en formagordas pero en forma» parece estar protegido de algún modo. Por el contrario, las personas con un IMC «normal» no están exentas de desarrollar diabetes o enfermedades cardíacas.
La mayor parte de la medicina preventiva y de los consejos sanitarios se basa en los umbrales del IMC. Sin embargo, estos umbrales pueden generar una falsa tranquilidad, sobre todo en quienes son TOFI (delgados por fuera, grasos por dentro), es decir, personas que acumulan grandes cantidades de grasa alrededor de sus órganos. Determinar quién, dentro de la población general, es TOFI y quién no lo es resultaría, no obstante, prohibitivamente caro, ya que requiere una resonancia magnética.
Una gota de sangre
Una mejor predicción de la salud futura puede obtenerse a partir de una gota de sangre. Nuestra investigación más reciente, publicada en Cell Metabolism, demuestra que medir los metabolitos (sustancias implicadas en el metabolismo) en una muestra de sangre puede predecir el riesgo de una persona de desarrollar obesidad (y de tener mala salud) con una precisión del 80-90 %. También pueden predecir resultados de salud, como enfermedades cardíacas, diabetes, problemas renales, grasa visceral y edad biológica.
Para nuestro estudio analizamos datos de casi 2000 gemelos británicos de mediana edad procedentes de nuestra cohorte TwinsUK. Estos gemelos han sido seguidos durante una media de 13 años mediante análisis de sangre, mediciones de peso y estatura y secuenciación genética. Replicamos nuestros hallazgos en 427 estadounidenses sometidos a un cribado de salud.
Aunque numerosos estudios han demostrado la importancia de los genes en la influencia sobre la obesidad, y se han identificado más de cien genes específicos, estos explican menos del 2 % de las diferencias de IMC entre las personas, por lo que resultan inútiles para predecir individualmente la obesidad futura. Analizamos alrededor de 1000 metabolitos sanguíneos, medidos a partir de una gota de plasma sanguíneo, y observamos que un tercio estaba asociado con aumentos de peso y obesidad. De ellos, 49 metabolitos también estaban fuertemente asociados con aumentos de peso y obesidad en el grupo estadounidense, lo que demuestra su fiabilidad como indicadores. Utilizamos estos 49 metabolitos para nuestro análisis principal.
Estos metabolitos, en conjunto, nos permitieron predecir bastante bien la obesidad (explicando más del 50 %), y esta clasificación de un IMC metabólico (mBMI) se correlacionó mejor con malos resultados de salud que el IMC por sí solo. Agrupamos a los sujetos en diferentes categorías, según el IMC y un metabolismo sano o no saludable. La mayoría coincidía con lo esperado, con personas con obesidad que presentaban un metabolismo no saludable (mBMI), pero alrededor de una de cada cinco personas fue clasificada erróneamente. Algunas personas con obesidad tenían un perfil metabolítico sano, y algunas con peso normal presentaban un perfil de mBMI no saludable.

Quienes tenían un IMC normal, pero un perfil de metabolitos mBMI no saludable, tuvieron un 50 % más de probabilidades de desarrollar obesidad en los siguientes diez años y un riesgo de enfermedad cardíaca aumentado entre un 200 y un 400 %. También predijo un mayor riesgo de otras muchas afecciones médicas comunes, como hipertensión arterial, alteraciones de los lípidos, resistencia a la insulina y aumento de la grasa abdominal.
Estos metabolitos no estaban asociados con los numerosos genes de la obesidad, lo que sugiere que los genes detectados hasta ahora solo reflejan un aumento del tamaño corporal, y no un metabolismo anómalo.
Todos tenemos miles de metabolitos en la sangre y, además de ser biomarcadores de enfermedades y de riesgo futuro, podrían desempeñar un papel clave en el desencadenamiento de enfermedades. Existe una gran variabilidad individual en los metabolitos entre las personas, tanto en la sangre como en el intestino. Al menos un tercio de los metabolitos presentes en la sangre se producen o están fuertemente influidos por nuestros microbios intestinales, que a su vez están influidos por la dieta y el peso. Por tanto, el peso o el IMC como medida sencilla de la salud es erróneo, y tratar el problema únicamente reduciendo la ingesta de energía es un enfoque equivocado.
La calidad, y no solo la cantidad, de la dieta es importante para reducir el riesgo futuro de obesidad y de sus consecuencias para la salud. Debemos prestar menos atención a las calorías y a la báscula de toda la vida, y más al metabolismo de nuestro organismo y a las dietas y microbios que producen estas sustancias químicas saludables. Este estudio demuestra que es posible.


