¿Qué pruebas hay sobre el uso de mascarillas para frenar la COVID-19?

A couple wearing masks to protect against contracting the coronavirus disease (COVID-19) walk along a street in Seoul, South Korea, April 3, 2020. REUTERS/Heo Ran - RC2YWF9Q93ZD
South Korea had a culture of wearing masks prior to the coronavirus outbreak.Image: REUTERS/Heo Ran
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  • Los países orientales han defendido el uso de mascarillas y han comenzado a contener el virus.

  • El personal sanitario debe recibir mascarillas primero. Eso no significa que sean ineficaces para la población general.

  • Las investigaciones demuestran que las mascarillas son eficaces para detener la propagación de enfermedades respiratorias.

Las mascarillas son el nuevo oro. Hay recomendaciones diversas en torno al uso de mascarillas N95 – el producto más popular que ha surgido en el contexto de esta pandemia. Aunque todas las regiones coinciden plenamente en la necesidad de mitigar los riesgos, las diferencias entre las recomendaciones sobre el uso de mascarillas N95 son sutiles, pero perceptibles.

Mientras que instituciones occidentales clave – los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) y el director general de Salud Pública de Estados Unidos, así como varios organismos de salud pública de Occidente – desaconsejan que la población general use mascarillas quirúrgicas o N95, los países orientales han defendido firmemente su uso y, de algún modo, han comenzado a contener el virus con éxito. ¿Se nos escapa algo?

¿Por qué no usamos mascarillas?

A diferencia del Lejano Oriente, nuestra sociedad nunca ha tenido una cultura de uso de mascarillas entre la población general y, en consonancia con ello, varios organismos influyentes han declarado que no se recomienda el uso de mascarillas para proteger a la población general de la COVID-19. Algunos han reforzado su postura y afirman que las mascarillas tampoco son eficaces cuando las usa la población general. Conviene reflexionar sobre el origen de estas recomendaciones.

Un argumento válido contra el uso masivo de mascarillas es que agotaría los recursos disponibles para el personal sanitario. Muchos profesionales de la salud que necesitan mascarillas para contar con una protección personal adecuada no pueden acceder a ellas, mientras consumidores temerosos y comerciantes oportunistas las han acaparado y, en la práctica, convertido en armas.

Las mascarillas deben destinarse primero a quienes están en primera línea. Sin embargo, esto no significa necesariamente que sean ineficaces para proteger a la población general. Por desgracia, estos dos puntos se han confundido en la opinión pública. ¿Deberíamos procurar asignar de la mejor manera posible las existencias actuales de mascarillas al personal sanitario, o deberíamos procurar asignarlas de la mejor manera posible al personal sanitario y abastecer también a la población general? La diferencia entre esos dos objetivos es sutil, pero sustancial.

Otro argumento habitual contra el uso generalizado de mascarillas parte de reconocer que suministrar mascarillas desechables a varios miles de millones de personas resulta costoso. Es evidente que el acceso masivo a las mascarillas tendrá un precio; sin embargo, primero hay que considerar que la alternativa – una posible catástrofe económica – es mucho más costosa. Además, aunque el uso de mascarillas de un solo uso está justificado para el personal sanitario, no está claro que una persona sana no pueda reutilizarlas. Incluso si esa persona estuviera infectada sin presentar síntomas, las mascarillas podrían contribuir enormemente a reducir la propagación de la enfermedad por parte de quienes no tienen síntomas.

Hong Kong y Singapur han limitado la propagación del coronavirus.Image: Financial Times

Los argumentos a favor de las mascarillas

Muchas regiones que han controlado con éxito la tasa de incidencia de las infecciones por COVID tienen una arraigada cultura del uso de mascarillas, quizá con la excepción de Alemania, que había implantado protocolos de pruebas tempranos y meticulosos para romper rápidamente las cadenas de contagio.

China, Japón, Hong Kong y Corea del Sur aplicaron distintos grados de rigor para promover el uso generalizado de mascarillas, sobre todo entre las personas que probablemente entraran en contacto con otras. Además de aplicar otras estrategias – pruebas exhaustivas, rastreo eficaz de contactos y distanciamiento social obligatorio –, todos estos países gestionaron eficazmente los riesgos.

En zonas que no han gestionado eficazmente los riesgos, como Nueva York y Milán, no se ha impuesto el uso generalizado de mascarillas. Aunque por ahora es imposible atribuir de manera concluyente esta diferencia en los resultados al uso generalizado de mascarillas, esto nos lleva a reconsiderar su eficacia como medida de intervención.

Además de las observaciones anecdóticas, varios estudios científicos demuestran que las mascarillas reducen el riesgo de infección respiratoria entre el personal sanitario. Los metaanálisis concluyeron que «las mascarillas quirúrgicas o los respiradores N95eran las medidas de protección más sistemáticas e integrales» para reducir el riesgo de infección entre el personal sanitario. Muchos de estos estudios son de carácter observacional y, naturalmente, se pediría que un ensayo controlado aleatorizado (ECA) fuera el árbitro definitivo de este debate. Afortunadamente, existen ECA sobre el uso de mascarillas, y en 2008 se realizó uno para examinar el uso de mascarillas en los hogares con el fin de prevenir la transmisión de virus respiratorios. Se observó una reducción del 80 % en el contagio de enfermedades respiratoriasentre los pacientes que las usaron según las indicaciones. Cuando se usan, las mascarillas son sumamente eficaces.

¿Qué pretendemos conseguir?

En última instancia, debemos reflexionar sobre el principal resultado mundial que se persigue. Si nuestro objetivo es que la pandemia pierda fuerza, la meta central de cualquier intervención debería ser reducir R0 (el número medio de personas que infecta una persona infectada) por debajo de 1, lo que implica que la tasa de infección dejaría de crecer exponencialmente.

Las mascarillas tienen un efecto acumulativo, ya que protegen tanto de transmitir la infección como de exponerse a ella. Esto podría, concebiblemente, reducir drásticamente R0. Si suponemos que las mascarillas son eficaces en un 80 % para prevenir la propagación por persona, la reducción total del riesgo en una interacción entre dos personas debería ser del 96 %. Si adoptamos una postura prudente y suponemos que el bajo cumplimiento y la calidad de las mascarillas reducen el riesgo individual en un 50 % en lugar de un 80 %, la reducción total del riesgo en una interacción entre dos personas es del 75 %.

Si R0 es aproximadamente 4 y aplicamos estrategias existentes para mitigar los riesgos, como la higiene de manos y el distanciamiento social, además del uso de mascarillas, es muy probable que R0 se reduzca por debajo de 1. Cualquier conjunto de intervenciones que reduzca R0 por debajo de 1 marca la diferencia entre un crecimiento sin límites y el eventual fin de la propagación de la infección. Esto debe considerarse detenidamente.

Reconocemos y apoyamos al CDC, la OMS y a otros líderes institucionales clave que encabezan heroicamente la lucha contra la COVID-19, e invitamos a todas las partes interesadas a reconocer que, si el uso generalizado de mascarillas ofrece incluso un beneficio dudoso, merece la pena considerarlo. Además del bajo riesgo general de esta intervención, las pruebas anecdóticas y científicas que rodean su uso generalizado son motivo de reflexión, y la utilidad que les atribuimos en esta lucha debe someterse a un examen objetivo y sereno. Bien podría ser la proverbial pequeña bisagra que abre la gran puerta en esta lucha por la humanidad.

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