Tras la COVID-19, debemos replantearnos cómo descubrimos y producimos nuevos medicamentos

A researcher works inside a laboratory of Chulalongkorn University during the development of an mRNA type vaccine candidate for the coronavirus disease (COVID-19) in Bangkok, Thailand, May 25, 2020
What can the race for a treatment today teach us about preparing for tomorrow?Image: REUTERS/Athit Perawongmetha
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  • Debemos abordar cómo producimos y distribuimos cualquier vacuna.

  • La naturaleza del proceso de fabricación de vacunas fomenta la desigualdad en cuanto a quién se beneficia y cuándo.

  • Ahora debemos ser creativos y experimentar para asegurarnos de estar preparados para las pandemias del futuro.

Mientras continúa la carrera por una vacuna contra la COVID-19, el Gran Desafío Mundial «Mil millones de moléculas contra la COVID-19» — organizado por la Iniciativa Europea Conjunta para la Innovación Disruptiva (JEDI) — arrancó el 4 de mayo. Al mismo tiempo, la Unión Europea —en cooperación con Francia, Alemania, el Reino Unido, Noruega y Arabia Saudí— puso en marcha una maratón masiva de recaudación de fondos. Su objetivo es doble: primero, acelerar el desarrollo y la implementación de pruebas, tratamientos y vacunas; y segundo, garantizar que el mayor número posible de actores se comprometa a hacerlos accesibles a todos los países. Y la UE, como siempre, piensa a lo grande en términos de financiación: ha recaudado nada menos que 7.500 millones de euros (8.300 millones de dólares) en financiación inicial.

Aunque la ambición de esta campaña de recaudación de fondos de la UE es encomiable, aún es necesario abordar la distribución mundial de la vacuna. Son pocos los actores farmacéuticos capaces de producir cantidades masivas de dosis. En las últimas semanas se han multiplicado las alianzas entre grandes laboratorios para aumentar su capacidad de producción: Moderna y Lonza Group aspiran a producir mil millones de dosis al año, mientras que AstraZeneca y la Universidad de Oxford esperan poder suministrar 100 millones de dosis antes de que termine el año. La estadounidense Inovio Pharmaceuticals y la alemana Richter-Helm Biologics se han unido con el mismo propósito, al igual que las acérrimas rivales Sanofi (francesa) y GlaxoSmithKline (inglesa).

Más allá de cuándo se descubrirá una vacuna —y el ministro de Salud alemán enfrió las esperanzas de que esto ocurra pronto—, la cuestión de qué laboratorio la descubrirá, cuántas dosis se podrán producir y quiénes podrán acceder a ellas es de importancia estratégica y constituye un gran desafío para la humanidad. El reto de la vacunación tiene dos facetas: además de proteger a la ciudadanía, también ofrece la esperanza de que las economías vuelvan a la normalidad sin temor a una «segunda ola».

Sin embargo, si las pruebas realizadas por laboratorios estadounidenses dan resultados concluyentes, es probable que se dé una clara prioridad a la población estadounidense. Y lo que ya es problemático para Europa podría resultar desastroso para los países que carecen de la infraestructura, los recursos financieros y el personal de los países occidentales. El proceso de fabricación de vacunas es lento y costoso, por lo que promueve automáticamente la desigualdad.

Afrontar este reto exige una acción colectiva que garantice una producción masiva y una distribución equitativa. Además de la financiación, en la que trabajan activamente la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI) y el Banco Mundial, también es crucial transformar los procesos de producción para hacerlos más eficientes. La intensificación de procesos es una posible vía: su objetivo sería reducir al mínimo los equipos y el espacio utilizados, disminuyendo así tanto los costes como los riesgos y permitiendo potencialmente producir vacunas en cualquier lugar del mundo mediante una producción distribuida.

Varios actores ya han optado por intensificar los procesos, como la empresa belga Univercells y la firma neerlandesa Batavia. También lo han hecho compañías farmacéuticas como Janssen y Merck, así como Cytiva, proveedora de tecnología y servicios. Sin embargo, siguen existiendo numerosos obstáculos, y debemos abordar esta frontera científica e industrial con energía y determinación.

Si la Unión Europea quiere estar a la altura del reto que ha planteado, no bastará con financiar el diseño y la producción de vacunas y tratamientos. Aprovechemos esta crisis histórica y planetaria para imaginar soluciones científicamente sólidas y radicalmente nuevas. Podemos desarrollar y producir soluciones mediante la producción distribuida y la impresión 3D. Debemos reunir disciplinas y nuevas capacidades que aportan la computación de alto rendimiento, el aprendizaje automático y la biología molecular para analizar miles de millones de moléculas, como en el Gran Desafío JEDI contra la COVID-19. Debemos acelerar el descubrimiento de medicamentos haciendo que compuestos aún mejor cualificados lleguen a los ensayos clínicos; equipos de todo el mundo podrían correlacionar esos compuestos. Debemos aprovechar la inteligencia colectiva, ser creativos, experimentar y estar dispuestos a ampliar los límites de la ciencia y la tecnología, porque están en juego tanto la soberanía de cada nación como la igualdad de acceso a la atención sanitaria en todo el mundo.

En efecto, con el coronavirus acaparando nuestra atención, sería absurdo no prepararnos hoy para las epidemias del mañana. Hay muchos patógenos con potencial pandémico, y algunos tienen tasas de mortalidad mucho más altas que el coronavirus. Para salir de la tragedia actual y evitar que todo vuelva a ser igual cuando llegue la próxima gran enfermedad, debemos atender al llamamiento a los europeos del poeta y filósofo francés Paul Valéry: «Bueno, ¿qué van a hacer? ¿Qué van a hacer hoy?»

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