Asia envejece rápidamente: para 2040, el 16 % de la población de la región tendrá más de 65 años, más del doble del 7,8 % registrado en 2015. Aunque el aumento de la esperanza de vida saludable es un avance positivo, este cambio demográfico supone una grave amenaza para muchas economías, que ya están perdiendo dinamismo.
El suministro constante de trabajadores jóvenes y cualificados fue un ingrediente esencial del rápido proceso de convergencia económica de Asia durante las últimas tres décadas. Pero ese proceso no ha terminado, y países de ingresos medios como China y Vietnam se enfrentan ahora a un acelerado envejecimiento de la población. En Corea del Sur, la población en edad de trabajar (de 15 a 64 años) se reducirá un 10 % entre 2017 y 2030.
En este contexto, la única forma de mantener la oferta de mano de obra —aparte de la inmigración— es que las personas sigan trabajando después de la edad tradicional de jubilación. La buena noticia es que cada vez más personas mayores de Asia ya están trabajando. Según la OCDE, la proporción de surcoreanos de entre 65 y 69 años que trabajaban llegó al 45 % en 2016; entre quienes tenían de 70 a 74 años, la cifra era del 33 %.
Por desgracia, muchos de los empleos que desempeñan las personas mayores están mal remunerados. Además, como sugiere el aumento del desempleo juvenil en Corea del Sur, las personas mayores podrían estar desplazando a sus homólogos más jóvenes, en lugar de trabajar junto a ellos, lo que frustraría el propósito de incorporar a más surcoreanos mayores a la fuerza laboral.
Un problema es que los trabajadores más jóvenes tienden a ser más productivos que sus homólogos de mayor edad. Los estudios realizados a nivel de empresa indican que, en todas partes, los trabajadores son más productivos entre los 30 y los 45 años. Por tanto, una mayor proporción de personas mayores en la fuerza laboral ha provocado una menor productividad general en los estados de EE. UU. y en distintos países.
Esto tiene sentido: aunque los trabajadores mayores tienen mucho que aportar, incluidas habilidades laborales esenciales como la comunicación y la resolución de problemas, gracias a su amplia experiencia, sus capacidades físicas y cognitivas tienden a disminuir. Sumado a la falta de competencias técnicas, como las habilidades en TIC, esto merma su capacidad para adaptarse a las tecnologías, que cambian rápidamente y son esenciales para las economías actuales.
En este contexto, es fundamental no solo garantizar que haya suficientes empleos de calidad para todos los trabajadores, jóvenes y mayores, sino también aumentar la productividad de los trabajadores de más edad, un objetivo que las nuevas tecnologías pueden ayudar a alcanzar. Por ejemplo, los avances de la ciencia médica y la biotecnología están contribuyendo a frenar el deterioro físico y cognitivo de los trabajadores.
Mientras tanto, tecnologías como los robots están sustituyendo una proporción cada vez mayor del trabajo manual, y dejan para las personas empleos que exigen menos esfuerzo físico. Países como Alemania, Japón y Corea del Sur, donde la fuerza laboral envejece con mayor rapidez, no pasan por alto el potencial de estas tecnologías, y allí la automatización se está adoptando a un ritmo especialmente rápido.
Pero, para que las personas mayores ocupen empleos de calidad en la nueva economía, necesitan acceso a programas de aprendizaje permanente más eficaces, que les permitan actualizar continuamente sus habilidades para responder al cambio tecnológico. Esta formación puede ofrecerse por diversos medios —entre ellos, empresas privadas y sindicatos— con apoyo del gobierno.
Es necesario alentar a las personas mayores a aprovechar estas oportunidades, aunque eso les exija hacer una pausa en su empleo a tiempo completo; la formación en el puesto de trabajo también es una opción conveniente. De hecho, la participación en este tipo de formación de los trabajadores de mediana edad y mayores en Japón y Corea es actualmente menor que en otras economías avanzadas, como Estados Unidos y Finlandia, lo que indica que hay margen de mejora. Para ello, los gobiernos podrían considerar la posibilidad de ofrecer vales que los trabajadores puedan utilizar para pagar una formación que les ayude a avanzar en diversos empleos, en lugar de centrarse en habilidades específicas de un puesto o una empresa.
No solo las personas mayores necesitan acceso a programas mejorados de educación y formación. Los jóvenes también deben estar mejor preparados para un entorno laboral en rápida transformación. Una educación básica de baja calidad impide que los estudiantes aprovechen la educación y la formación en competencias posteriores. En muchos países asiáticos, los sistemas de educación formal suelen no preparar a graduados con las capacidades cognitivas y competencias técnicas adecuadas para satisfacer las necesidades del mercado laboral.
Para atender esas necesidades, todos los niveles de educación y formación deberán proporcionar a los estudiantes las «habilidades del mañana». En la era de la inteligencia artificial, estas deben incluir habilidades cognitivas no rutinarias e interpersonales —resolución de problemas, pensamiento crítico, colaboración y comunicación— que muchos trabajadores mayores y con más experiencia ya poseen.
Sin duda, el rápido envejecimiento de la población supone una grave amenaza para las perspectivas económicas de Asia a largo plazo. Pero también representa una importante oportunidad para ampliar la fuerza laboral y aprovechar las habilidades que ya poseen los trabajadores mayores. Con las políticas adecuadas, los países asiáticos pueden mitigar los riesgos del envejecimiento de la población y aprovechar su «dividendo plateado» para ser más productivos, resilientes y dinámicos que nunca.

