Cómo fomentar la autosuficiencia de las personas refugiadas durante la COVID-19

Syrian refugee students and instructor, Yasine Hariri, use his invention that is a robot prototype that automatically dispenses sanitiser to avoid contact and combat the spread of the coronavirus disease (COVID-19) as a part of the camp's UNHCR-led Innovation Lab program, at the Zaatari refugee camp in the Jordanian city of Mafraq, near the border with Syria, July 14, 2020. Picture taken July 14, 2020
Everyone stands to gain ... new programmes are boosting entrepreneurship among refugees.Image: REUTERS/Muhammad Hamed
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  • La pandemia ha puesto de relieve la urgencia de permitir que las personas refugiadas utilicen sus capacidades para mantenerse.

  • Nuevas coaliciones y una herramienta para medir la eficacia de los programas de autosuficiencia para personas refugiadas contribuirán a impulsar este proceso.

  • El sector privado también tiene un papel fundamental que desempeñar.

La COVID-19 ha dejado al descubierto la vulnerabilidad de las poblaciones refugiadas de todo el mundo. La pandemia ha agravado problemas ya existentes de pobreza, inseguridad alimentaria y marginación de las protecciones legales y sociales, y ha creado una doble emergencia. Pero la crisis también revela algo más: la necesidad crucial de fomentar la autosuficiencia de las personas refugiadas como vía hacia la resiliencia a largo plazo.

Por necesidad, las personas refugiadas se cuentan entre las más ingeniosas y emprendedoras del planeta. Esta pandemia pone de relieve la urgencia de darles la oportunidad de aprovechar sus talentos y capacidades para mantenerse. Al hacerlo y, al mismo tiempo, apoyar a las comunidades que las acogen, todos salen ganando. La alternativa es condenar a decenas de millones de personas a vivir durante décadas en una situación desesperada de incertidumbre.

Hoy, muchas personas refugiadas llevan desplazadas más de 20 años y cada vez tienen menos posibilidades de encontrar una nueva vida. A finales de 2019 se registró una cifra récord de 79,5 millones de personas desplazadas por la fuerza en todo el mundo incluidos 26 millones de refugiados, de los cuales alrededor del 60 % vive en ciudades y no en campamentos. Menos del 2 % de las personas refugiadas de todo el mundo pudo acceder el año pasado a una solución duradera, ya fuera la repatriación, el reasentamiento permanente en un país seguro o la integración legal en el país de primer asilo. La gran mayoría de las personas refugiadas se encuentra en países en desarrollo y vive en un mundo en la sombra, sin derechos oficiales ni red de protección social. Al carecer de permisos de trabajo, muchas trabajan en la economía informal, un sector muy afectado por la pandemia.

Es una vida extremadamente dura. Sin embargo, los centros urbanos también ofrecen oportunidades. Con acceso a un poco de capital y apoyo, las personas refugiadas pueden crear microempresas, encontrar otras actividades que generen ingresos y dar pasos importantes hacia la autosuficiencia. La «crisis» no radica en el número de personas refugiadas, sino en los fallos de la gobernanza internacional y de la respuesta humanitaria. La situación no es, ni mucho menos, desesperada.

Fredric y Dalia muestran lo que es posible. La guerra y la persecución obligaron a esta joven pareja a huir de su hogar en la República Democrática del Congo en 2015 y buscar seguridad en Nairobi, Kenia. La grave enfermedad de su hija agravó sus problemas. Pero, tras recibir apoyo para cubrir sus necesidades básicas, formación empresarial y una subvención inicial de 200 dólares de nuestra organización, RefugePoint, Fredric pudo hacer crecer su pequeño negocio de accesorios y cargadores para teléfonos. La COVID-19 redujo drásticamente sus ventas en Nairobi, pero ha demostrado un verdadero espíritu emprendedor al encontrar un nuevo nicho de mercado para sus productos fuera de la ciudad, en zonas rurales remotas.

En total, RefugePoint ha ayudado a poner en marcha cerca de 1.200 empresas dirigidas por personas refugiadas en Nairobi, y unos 3.000 clientes han logrado dejar de recibir asistencia gracias a sus propios ingresos. Sin embargo, la pandemia ha revertido gran parte de esos avances. Muchas personas refugiadas han perdido los ingresos, ya de por sí escasos, y ahora tienen dificultades para pagar la comida, el alquiler y los medicamentos.

Pero hay señales alentadoras que muestran lo que es posible cuando se permite a las personas refugiadas tomar las riendas de sus finanzas y de su futuro. Otras personas, al igual que Fredric y Dalia, han logrado adaptarse. Entre ellas hay sastres que han pasado a confeccionar mascarillas, y pequeñas empresas que han diversificado su actividad para fabricar y vender jabón y desinfectantes de manos. Estas historias muestran lo que ocurre cuando las personas pueden aprovechar sus capacidades para encontrar nuevas formas de seguir ganándose la vida: toda la comunidad se beneficia.

En este momento de crisis, es evidente que los grupos humanitarios de todo el mundo deben ayudar a las personas a sobrevivir atendiendo sus necesidades básicas de alimentación, vivienda y salud. Pero también es fundamental ayudar a las personas refugiadas a continuar su camino hacia la autosuficiencia, para garantizar que tanto ellas como sus comunidades desarrollen resiliencia ante futuras crisis. Esto incluye recabar el apoyo de empresas del sector privado, que pueden contribuir contratando a personas refugiadas, incorporando empresas dirigidas por ellas a sus cadenas de suministro o recurriendo a la inversión de impacto como forma de apoyar a las personas refugiadas y a las comunidades que las acogen.

Los responsables de la formulación de políticas empiezan a replantearse el enfoque tradicional, jerárquico y a corto plazo de la asistencia a las personas refugiadas. El mundo gasta un promedio de 29.000 millones de dólares al año en ayuda de emergencia. Sin embargo, esta estrategia de «parche» reparte los presupuestos humanitarios hasta dejarlos irremediablemente exiguos y mantiene a las personas refugiadas dependientes de ayudas irregulares y, a menudo, escasas. Debemos apoyar a las personas refugiadas para que mejoren su calidad de vida mediante sus talentos y capacidades. Eso es lo que nos dice la mayoría que desea.

Afortunadamente, no se trata de una utopía. Están surgiendo varios modelos prometedores: la Coalición para la Reducción de la Pobreza del ACNUR y el Banco Mundial, que promueve el enfoque de graduación; el enfoque Self-Reliance Runway de RefugePoint; y las transferencias monetarias incondicionales o los modelos de «dinero más», entre otros.

Hasta hace poco, sin embargo, no existía una forma sistemática de medir el avance de los hogares refugiados hacia la autosuficiencia y evaluar qué programas funcionaban mejor. Encontrar una manera de medir el impacto de distintos programas y en distintas regiones sería, como dijo un trabajador humanitario, el «santo grial» de la respuesta humanitaria.

En respuesta a esta necesidad, una nueva coalición mundial, la Iniciativa para la Autosuficiencia de las Personas Refugiadas, se unió para compartir conocimientos y promover la adopción de enfoques de autosuficiencia, con el objetivo de llegar en cinco años a 5 millones de personas refugiadas con programas que las encaminen hacia la autosuficiencia. La Iniciativa reunió las mejores ideas y recomendaciones de todo el sector humanitario y de las propias personas refugiadas para crear el Índice de Autosuficiencia, una herramienta para medir el avance de un hogar refugiado hacia la autosuficiencia. Organizaciones de base dirigidas por personas refugiadas, así como muchas de las mayores organizaciones no gubernamentales internacionales del mundo y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, han manifestado interés en utilizar esta herramienta o promoverla entre sus socios para crear una base empírica que permita orientar las prioridades de financiación y ampliar las oportunidades de alcanzar la autosuficiencia.

Al mismo tiempo, debemos seguir ampliando las oportunidades de reasentamiento y aprovechar las vías de visado existentes, como la reunificación familiar y los visados de trabajo y de estudios, para ayudar a las personas refugiadas a encontrar un nuevo hogar. Es una tarea cuesta arriba debido a las interrupciones de los viajes y del asilo causadas por la COVID-19, pero aún quedan oportunidades. Canadá, por ejemplo, se ha comprometido recientemente a acoger a cientos de personas refugiadas mediante un programa de movilidad laboral.

Sin embargo, en última instancia, la mayoría de las personas refugiadas no tendrá la oportunidad de trasladarse legalmente a un tercer país ni de regresar a su hogar de origen. Para ellas, la mejor esperanza es encontrar en los países de acogida una vía hacia la autosuficiencia que les permita cubrir las necesidades esenciales del hogar y mejorar su calidad de vida. Puede que la COVID-19 haya dificultado la tarea, pero también demuestra por qué debemos redoblar nuestros esfuerzos en esta iniciativa.

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