La educación en casa se ha convertido en la norma para muchos durante la pandemia de COVID-19, pero para muchos no es nada nuevo.
Solo en Inglaterra, se preveía que más de 60 000 escolares recibirían educación en casa en 2019.
La pandemia ha puesto de manifiesto desigualdades preexistentes relacionadas con la raza y los ingresos del hogar en el caso del alumnado que recibe educación en casa.
En 2020, la pandemia ha convertido la educación en casa en una realidad cotidiana. Aun así, antes de esto, lo que en su día era la opción poco conocida de unas pocas familias ha ganado popularidad a lo largo de la última década. En 2019, el Comisionado Infantil de Inglaterra estimó que unos 60 000 niños recibían educación en casa.
Una preocupación persistente en torno a la educación en casa como consecuencia de la COVID-19 es que está generando nuevas desigualdades en la educación infantil. El cierre de los centros escolares ha hecho que el aprendizaje de los niños dependa cada vez más de las circunstancias sociales y domésticas de sus familias. La pandemia ha demostrado que las familias más pobres del Reino Unido no tienen acceso a los recursos necesarios para educar a sus hijos en casa.
Sin embargo, centrarse en los efectos de la pandemia pasa por alto dos puntos importantes e interrelacionados. El primero es que las desigualdades educativas persistentes también son una característica de los centros escolares. El segundo es que los centros escolares y la educación en casa funcionan en estrecha relación entre sí. Mi investigación ha descubierto que la desigualdad lleva mucho tiempo siendo una característica de la educación en casa, y que esta a menudo se origina en las desigualdades de los centros escolares.
Fuera de las aulas
Uno de los ejemplos más claros de los vínculos entre las desigualdades en la escuela y la educación en casa es el «off-rolling» (retirada informal del registro de matrícula), cuando los centros escolares persuaden de forma informal a los padres para que eduquen a sus hijos en casa. El off-rolling puede resultar atractivo para los centros porque, en principio, implica que los recursos limitados, como el tiempo del profesorado, no se malgastan en alumnos «difíciles» de forma individual.
Es difícil determinar el número de alumnos que han sido objeto de off-rolling, pero las investigaciones del organismo de inspección educativa Ofsted sugieren que esta práctica está en aumento. Las conclusiones de Ofsted también indican que el off-rolling fue iniciado principalmente por los equipos directivos de los centros de secundaria para apartar a los niños con problemas de conducta, registros de asistencia deficientes o necesidades educativas especiales.
Mi investigación ha descubierto que los niños con más probabilidades de ser objeto de off-rolling procedían de minorías étnicas y de entornos más pobres. Son el reflejo inverso de los niños que siempre parecen quedar desatendidos en los centros escolares.
Los estereotipos racistas sobre los niños gitanos y viajeros, por ejemplo, a menudo los identifican como alumnos difíciles y problemáticos, con pocas probabilidades de tener éxito académico. Como son los niños con más probabilidades de ser expulsados de los centros escolares, sus resultados educativos son muy deficientes. Las pruebas de los malos resultados se utilizan a su vez para justificar creencias racistas. Surgen patrones similares en torno a otros grupos étnicos y alumnado de clase trabajadora. Estos prejuicios, sostenidos por los equipos directivos de los centros, sustentan las decisiones de excluir a algunos alumnos para proteger el rendimiento académico de todo el centro.
El off-rolling es un ejemplo de cómo las desigualdades educativas dentro de los centros escolares conducen a que algunos alumnos de minorías étnicas y de entornos más pobres acaben recibiendo educación en casa. Su acceso limitado al dinero y a otros recursos compromete su educación tanto dentro como fuera de los centros escolares.
Decisiones difíciles
Antes de la pandemia, los relatos de los medios sobre padres que optaban por la educación en casa solían destacar historias positivas. Por lo general, estos relatos presentaban a familias acomodadas que emprendían una aventura emocionante y recuperaban el control de la educación de sus hijos. A diferencia de las familias de los niños objeto de off-rolling, estas familias disponen de mayor seguridad económica y de otros recursos que hacen posibles decisiones tan trascendentales.
Para muchas familias, sin embargo, la decisión de sacar a sus hijos del centro escolar no es una elección en absoluto. Por el contrario, es una respuesta a problemas sobre los que no tienen ningún control. Ejemplos habituales incluyen las familias de niños que sufren racismo en los centros escolares que se niegan a reconocer que existe racismo en sus aulas, y las de niños con necesidades educativas especiales que no reciben el apoyo adecuado del centro.
Estas familias describen la educación en casa como una mejor opción para sus hijos, pero no como la mejor. A menudo tienen dificultades por el acceso limitado a los recursos y consideran que la mejor opción es la educación ordinaria en un centro que pueda atender las necesidades educativas de sus hijos. Esto nos lleva al núcleo de los problemas a los que se enfrentan las familias durante el confinamiento: muchas familias disponen de recursos limitados.
En 2020, durante el primer confinamiento y tras el cierre de los centros escolares y la cancelación de los exámenes, participé en una investigación realizada por las universidades de Nottingham y Birmingham para llevar a cabo una encuesta a más de 500 estudiantes de A-level que estudiaban en casa. También entrevistamos a 53 estudiantes sobre sus experiencias.
Nuestro análisis preliminar (una nueva investigación que aún no se ha publicado en una revista revisada por pares) sugiere que el alumnado de minorías étnicas, de entornos más pobres y de centros públicos fue el que más temió que la cancelación de los exámenes afectara negativamente a sus calificaciones. Señalaron que las desigualdades asociadas a la raza y la etnia, así como a los ingresos familiares, afectaron a su experiencia escolar en el pasado y a la educación en casa en el presente.
Esta investigación es anterior al escándalo de la moderación de calificaciones de los A-level, en el que el alumnado de entornos desfavorecidos y de minorías étnicas tendió a obtener peores resultados, mientras que el alumnado de centros privados se benefició del proceso de moderación. Resultó llamativo que los estudiantes de nuestra investigación anticiparan y previeran la injusticia de este proceso.
En cualquier caso, la COVID-19 ha demostrado que la educación en casa no existe de forma aislada. Está integrada en una práctica educativa más amplia, en la vida social y en todas sus desigualdades asociadas. Es demasiado fácil considerar que las desigualdades que han surgido ahora para el alumnado que recibe educación en casa son una consecuencia desafortunada e imprevista de la pandemia.

