El cambio climático hace que las precipitaciones intensas sean cada vez más frecuentes.
Los países y las comunidades tienen dificultades para adaptarse con suficiente rapidez a estas tormentas.
Tras los huracanes Helene y Milton, que azotaron recientemente Florida, es hora de atender la advertencia de los expertos: debemos ampliar drásticamente nuestras medidas de adaptación.
Diez minutos antes de que Helene tocara tierra la noche del 26 de septiembre en la zona de Big Bend, en Florida, como un monstruoso huracán de categoría 4, el Centro Nacional de Huracanes publicó un boletín de alerta.
Los meteorólogos reiteraron una advertencia que habían repetido durante las 24 horas anteriores: Helene sería una tormenta catastrófica no solo para las localidades costeras del golfo, en primera línea, sino también para las comunidades situadas a cientos de millas tierra adentro, en los montes Apalaches, cuyas crestas y estrechos valles también quedarían expuestos a los vientos desgarradores y las lluvias torrenciales de la tormenta.
«Es probable que estas lluvias provoquen inundaciones repentinas y urbanas catastróficas y potencialmente mortales, además de importantes crecidas fluviales», indicaba el boletín. «Se esperan numerosos deslizamientos de tierra importantes en las zonas escarpadas del sur de los Apalaches».
Helene descargó ese golpe y mucho más. Días después, cuando las aguas retrocedieron, quedó al descubierto una devastación generalizada. Barrios enteros de Carolina del Norte habían desaparecido. Arroyos transformados en caudalosos ríos habían arrasado autopistas interestatales. Millones de personas se quedaron sin electricidad. Murieron más de 200 personas.
La tragedia de los montes Apalaches del sur tuvo equivalentes en todo el mundo. Helene culminó un periodo de catástrofes por inundaciones excepcionales a escala mundial. En las últimas seis semanas, tormentas de gran magnitud trastocaron la vida de decenas de millones de personas desde Bangladesh y Nepal hasta Polonia, Nigeria y Carolina del Norte. Dos semanas después de Helene, el huracán Milton volvió a azotar Florida: una tormenta de categoría 3 al tocar tierra, que se intensificó rápidamente sobre las cálidas aguas del golfo de México.
El volumen de lluvia que produjeron estas tormentas —dos pies o más en unos pocos días— fue prodigioso. En Nigeria y Polonia, los aguaceros fueron tan intensos que se rompieron presas, aumentando el peligro para quienes vivían río abajo.
El calentamiento del clima está impulsando estas tormentas y haciendo que sean más intensas. Al mismo tiempo, el riesgo de inundaciones aumenta debido al desarrollo urbanístico en llanuras aluviales y a la sustitución de paisajes que absorben agua por superficies pavimentadas. El aumento del nivel del mar supone una amenaza adicional para las costas. Más personas viven en zonas de riesgo y, a la vez, hay menos lugares adonde pueda fluir el agua sobrante.
En suma, las megatormentas y los patrones de desarrollo están desbordando la capacidad de la sociedad para hacer frente a las inundaciones, sostiene Upmanu Lall, director del Water Institute del Julie Ann Wrigley Global Futures Laboratory de la Universidad Estatal de Arizona.
«Dados los mecanismos que hemos usado históricamente para hacer frente a estas situaciones, a estas alturas no tenemos esperanza», dijo Lall.
Con «mecanismos actuales», Lall se refiere a medidas para hacer frente a la situación, como los seguros, las presas, los sistemas de alerta temprana de inundaciones y las evacuaciones masivas. Todas se han usado con cierto éxito. Los seguros permiten compartir los riesgos financieros de los desastres. Si tienen capacidad suficiente, las presas pueden reducir los caudales máximos río abajo. Los sistemas de alerta temprana, como los boletines del Centro Nacional de Huracanes, avisan del peligro con varios días de antelación. Para quienes pueden hacerlo, huir hacia terrenos más altos y secos es una opción.
Todas estas medidas ayudan hasta cierto punto, dijo Lall. Pero hoy en día, las aseguradoras están retirando la cobertura en zonas de alto riesgo, las presas se están derrumbando ante crecidas sin precedentes y no todo el mundo atiende las advertencias ni tiene medios para evacuar. Resulta que las tormentas más intensas descargan volúmenes de lluvia casi imposibles de contrarrestar. «Estamos en una situación en la que no estamos preparados para hacer frente a estas cosas», afirmó.
Veamos lo ocurrido en las últimas semanas:
A finales de agosto, un sistema de baja presión en el océano Índico provocó una emergencia por inundaciones en el este de Bangladesh. La tormenta se sumó a los 14,6 millones de personas que, según las estimaciones, se vieron afectadas por las inundaciones de este verano en el país.
A principios de septiembre, el supertifón Yagi atravesó el Sudeste Asiático, y causó la muerte de más de 500 personas por inundaciones y deslizamientos de tierra.
A mediados de septiembre, una lluvia de cuatro días inundó Europa central. Fue la tormenta de este tipo más intensa registrada en la zona y provocó la rotura de presas en Chequia y Polonia. World Weather Attribution, un grupo que investiga la huella del cambio climático en los fenómenos meteorológicos extremos, determinó que el calentamiento del planeta provocado por la actividad humana hizo que el fenómeno fuera dos veces más probable y un 7 % más intenso.
Un verano de lluvias intensas en el norte de Nigeria provocó el colapso de la presa de Alau, cerca de la ciudad de Maiduguri. Más de 640.000 personas han sido desplazadas en la región y dos puentes de Maiduguri quedaron destruidos. Según las autoridades nigerianas, al menos 285 personas murieron en las inundaciones.
A finales de septiembre, algunas zonas de Katmandú quedaron bajo el agua después de que cayeran más de un pie de lluvia en menos de tres días, en una zona ya empapada por las tormentas monzónicas anteriores. La capital de Nepal quedó aislada después de que los deslizamientos de tierra bloquearan sus tres principales autopistas, informó AP. Según el grupo de investigación ICIMOD, el río Bagmati alcanzó un nivel 7 pies por encima de su «nivel de peligro».
En las inundaciones de los alrededores de Katmandú, las tormentas no son el único factor.
«Es importante subrayar que las lluvias por sí solas no fueron las únicas responsables de la magnitud de los daños», dijo Arun Bhakta Shrestha, responsable de riesgos climáticos y ambientales del ICIMOD.
«El desarrollo urbano sin control ha dejado pocas zonas sin urbanizar que puedan absorber el agua, mientras que los sistemas naturales de drenaje se han modificado o invadido», escribió Shrestha en un correo electrónico. «Se ha construido en las llanuras aluviales de los ríos y los deficientes sistemas de drenaje no pueden hacer frente a fenómenos extremos. La extracción ilegal de piedra ha desestabilizado aún más las laderas, lo que hace que grandes cantidades de escombros y lodo lleguen a los ríos y agraven los daños causados por las inundaciones».
Estas decisiones sobre el uso del suelo se ven agravadas por la física que explica las lluvias extremas. Una atmósfera más cálida retiene más vapor de agua: un aumento del 7 % por cada incremento de 1 °C en la temperatura global. Las aguas más cálidas del Caribe, que ahora alcanzan niveles récord, aportan más energía a huracanes como Helene.
La temperatura media mundial actual es aproximadamente 1,3 °C superior a la de hace 200 años. El IPCC, el grupo de expertos de la ONU sobre ciencia climática, concluyó que las precipitaciones intensas serán «más frecuentes y más intensas» a medida que aumente el calentamiento, debido a la acumulación de gases que retienen el calor, como el dióxido de carbono.
Tom Knutson, científico sénior del Laboratorio de Dinámica de Fluidos Geofísicos de la NOAA, compara los huracanes con «un gran motor» que absorbe aire y el vapor de agua que este contiene.
«Cuando todo el sistema contiene más vapor de agua, se intensifica todo este proceso de convergencia del aire y de la humedad hacia el centro de la tormenta», dijo Knutson al pódcast Sustain What en junio.
Las cifras de Helene cuentan la historia de un exceso hidrológico extremo. El río French Broad, que atraviesa Asheville, cerca del epicentro del diluvio provocado por la tormenta, alcanzó una crecida récord de 24,6 pies, unos 15 pies por encima del nivel a partir del cual el río empieza a desbordarse. En zonas justo al este de Asheville, se midieron más de dos pies de lluvia.
Para Lall, estas cifras reflejan las limitaciones de las medidas tradicionales de adaptación ante las megatormentas.
«Aunque se hubiera avisado con tres días, cinco días o incluso una semana de antelación, casi no se puede hacer nada, porque lo que hemos hecho en el pasado, aun con una buena advertencia, es colocar sacos de arena», dijo Lall. «Ante un fenómeno del tipo que acaba de describir, los sacos de arena no bastan».

