Como dice el refrán: «No todos los héroes llevan capa». La historia de las vacunas está llena de estos héroes: desde las generaciones de padres que han ayudado a proteger a sus hijos vacunándolos, hasta los profesionales sanitarios que administran las vacunas, pasando por los grandes científicos detrás de las vacunas que salvan vidas. Entre ellos se encuentran Edward Jenner (pionero de la vacuna contra la viruela), Albert Sabin y Jonas Salk (polio), Stanley Plotkin (rubéola) y Rappuoli (diversas vacunas, incluida la de meningococo B).
Hoy, sin embargo, quisiera poner el foco en un héroe algo olvidado en la historia de las vacunas: Gaston Ramon (1886-1963), un veterinario francés conocido sobre todo por su trabajo en la vacuna contra la difteria y el tétanos, y poseedor del récord mundial de mayor número de nominaciones al Premio Nobel (155), sin haber ganado nunca ninguno.
¿Por qué he elegido a Ramon? Porque, mientras trabajaba en el Instituto Pasteur de París en la década de 1920, hizo la observación crucial de que los caballos vacunados contra la difteria presentaban una respuesta inmunitaria más intensa si en el punto de inyección se producía una inflamación. Ramon logró demostrar que la inflamación podía provocarse añadiendo diversas sustancias a la vacuna; sustancias que denominó adyuvantes (del latín adiuvare, que significa ayudar o auxiliar). Es difícil exagerar la importancia de este descubrimiento. Sin los adyuvantes, muchas de las vacunas actuales simplemente no existirían.
Los primeros pasos en el desarrollo de los adyuvantes
El descubrimiento de los adyuvantes por parte de Ramon es un gran ejemplo del lento y constante avance de la ciencia, y del hecho de que observaciones sencillas pueden convertirse en descubrimientos magníficos, incluso sin que sus implicaciones sean ampliamente reconocidas al principio. En el momento del descubrimiento, aunque estaba claro que los adyuvantes funcionaban, no se entendía cómo ni por qué. Con los años, esto generó cierta confusión y incluso debate sobre el uso de los adyuvantes, lo que llevó a algunos a calificar a los adyuvantes como el «sucio secreto» de la vacunología. Yo prefiero usar el término arma secreta para referirme a estas sustancias increíblemente útiles. Afortunadamente, la ciencia y la tecnología, así como nuestra comprensión del funcionamiento del sistema inmunitario, han avanzado a pasos agigantados a lo largo de los años, gracias a muchos más héroes sin capa.
El primer gran salto se produjo en la década de 1930, gracias al trabajo de Ramon sobre una serie de sustancias, cuando los científicos descubrieron que las sales de aluminio tenían capacidad adyuvante y podían potenciar una respuesta inmunitaria. El alumbre, como se denomina a este adyuvante, fue el primero en incorporarse a las vacunas humanas. De hecho, todavía se utiliza en varias vacunas actuales. Este fue un paso importante, porque las vacunas anteriores solían contener un patógeno (virus o bacteria) debilitado o inactivado, que a menudo bastaba para inducir una respuesta inmunitaria, pero que también provocaba con frecuencia reacciones locales y sistémicas no deseadas. Por ello, los investigadores se propusieron desarrollar vacunas nuevas, más seguras y fáciles de producir, utilizando solo una parte del patógeno. Esto a veces implica que tenemos que «ayudar» a presentar o destacar esa parte ante el sistema inmunitario, para hacer sonar las alarmas de dicho sistema y permitirle hacer su trabajo. Fue precisamente en este ámbito donde el notable descubrimiento de Ramon resultó providencial.
Una era moderna de las vacunas con adyuvantes
En los últimos 20-30 años se han logrado avances increíbles, y los adyuvantes recién desarrollados están empezando a abrir las puertas a vacunas que antes se consideraban imposibles. A medida que los científicos han avanzado en la comprensión de cómo los sistemas inmunitarios humanos interactúan con las enfermedades que los infectan, incluido el papel que desempeñan los adyuvantes en la generación y el control de una respuesta inmunitaria, las vacunas para grandes problemas de salud mundial, como la malaria y la tuberculosis, están al alcance. Lo mismo ocurre con las vacunas dirigidas a enfermedades que afectan principalmente a los adultos mayores y a sus sistemas inmunitarios notoriamente más débiles. Un ejemplo reciente de vacuna para adultos mayores es la vacuna adyuvada contra el herpes zóster, que ha demostrado inducir una alta eficacia en grupos que incluyen a las personas de edad avanzada.
Este último punto es importante, y no solo porque yo me cuente entre los adultos mayores. Es importante porque las vacunas se asocian sobre todo con la prevención de enfermedades infantiles potencialmente mortales. Pero un gran número de niños que se beneficiaron de las primeras vacunas, incluido yo mismo, han sobrevivido ahora a nuestra infancia… a nuestra adolescencia… y a la mediana edad… gracias en parte a las vacunas. Y la realidad científica, simple y triste, es que, a medida que envejecemos, nuestro sistema inmunitario empieza a perder su capacidad de montar una respuesta eficaz frente a las infecciones. Esto también significa que nuestro sistema inmunitario comienza a perder la capacidad de montar una respuesta eficaz a la mayoría de las vacunas, a menos que intervengan un adyuvante o formulaciones específicas. Por lo tanto, sin la nueva generación de vacunas con adyuvantes, diseñadas para estimular nuestro sistema inmunitario, un amplio grupo demográfico de nuestra sociedad moderna volvería a quedar menos protegido o desprotegido frente a varias enfermedades prevenibles a medida que envejece.
Por ello, con motivo de la Semana Mundial de la Inmunización, es momento de dar a Gaston Ramon el merecido protagonismo y de comunicar de forma más amplia cómo los adyuvantes han contribuido a la salud pública a lo largo de los años. Las vacunas con adyuvantes se utilizan actualmente para abordar necesidades médicas no cubiertas en enfermedades importantes (incluidos grandes problemas de salud mundial y enfermedades que afectan principalmente a los adultos mayores), con el potencial de prevenir sufrimientos innecesarios y ayudar a salvar decenas de miles de vidas adicionales. Muchas gracias, Gaston Ramon.





