En el suroeste de Francia hay una aldea formada íntegramente por pacientes de Alzheimer.
La aldea ofrece la atención de una residencia de ancianos en un entorno más parecido al mundo exterior.
Esto preserva un cierto grado de autonomía y de rutina diaria.
Los residentes de la aldea construida ex profeso cerca de Dax, en el suroeste de Francia, hacen la compra, acuden a la peluquería y disfrutan de recitales de música como cualquier otra persona.
Pero esta no es una comunidad cerrada corriente: cada uno de sus 105 residentes permanentes padece la enfermedad de Alzheimer.
La aldea ofrece la atención de una residencia de ancianos en un entorno que simula el mundo exterior para suavizar cualquier sensación de dolorosa ruptura con el pasado, preservando un cierto grado de autonomía y de rutina diaria que puede ayudar a frenar el avance de la demencia.
Madeleine Elissalde, de 82 años, fue una de las primeras en instalarse cuando se inauguró la aldea, la primera de Francia y modelada a partir de una de los Países Bajos, en junio. Dice que le gustan los alrededores y la casa compartida en la que vive.
«Es como estar en casa», afirmó Elissalde. «Nos cuidan muy bien.»
Durante un tiempo, tras el diagnóstico, Elissalde vivió con su hija antes de trasladarse a casa de otro de sus hijos. Según su familia, los cambios de residencia parecían agravar su pérdida de memoria.
Pero ahora que sus puntos de referencia diarios son más constantes, su familia afirma que la pérdida de memoria se ha estabilizado y que puede llevar una vida más independiente que en una residencia de ancianos.
¿Ralentiza la enfermedad?
«Su pérdida de memoria es menos grave», afirmó Aurore, nieta de Elissalde, mientras ambas se resguardaban de la lluvia. «Está contenta, ha recuperado el disfrute de la vida.»
Cada residente paga casi 24.000 euros al año en concepto de tasas. Más de la mitad de los 6,7 millones de euros de gastos de funcionamiento están subvencionados por las autoridades públicas.
Los investigadores del Instituto Nacional de Salud e Investigación Médica de Francia siguen de cerca el caso. Quieren saber si el modelo de aldea puede alterar la trayectoria clínica de la enfermedad y si resulta rentable.
La aldea cuenta con una cafetería, una biblioteca y una sala de música. Su tienda ofrece fruta y verdura fresca, así como harina y chocolate para hacer tartas. No hay enfermeras con bata blanca.
«No tenemos caja registradora», afirmó Christine Surelle, voluntaria en la tienda. «Nuestra moneda de cambio son las sonrisas.»
Según explicó, su tienda es tanto un lugar de contacto humano como un lugar donde obtener productos de primera necesidad.
«Se trata de mantener su sociabilidad, de conservar un vínculo con el viejo mundo que conocieron, para asegurar que no haya una ruptura brusca con el pasado.»
