El cerebro y el cuerpo envejecen. Cinco mitos desmentidos

A resident holds the hand of a nurse at the SenVital elderly home in Kleinmachnow outside Berlin May 28, 2013. Facing an acute shortage of skilled applicants among its own workforce, German institutions in the care sector increasingly turn to southern European countries to hire trained nursing staff who are willing to work abroad despite the language barrier in order to escape unemployment at home. The SenVital home for the elderly outside Berlin has accepted five qualified nurses from Spain as their staff, providing eight months of language training and additional care schooling needed to attain the German nursing concession. Some 100 Spaniards applied for the ten vacancies SenVital had advertised across its various houses. REUTERS/Thomas Peter (GERMANY - Tags: HEALTH BUSINESS EMPLOYMENT) - RTX103ZD
This article dispels some common myths about ageing.Image: REUTERS/Thomas Peter
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La población mundial, incluida la de Australia, está envejeciendo. El número de adultos de 65 años o más está aumentando, al igual que la proporción de la población que representan. Sin embargo, hay varios mitos relacionados con lo que les sucede a nuestro cerebro y nuestro cuerpo a medida que envejecemos.

1. La demencia es una consecuencia inevitable del envejecimiento

La prevalencia de la demencia aumenta con la edad. Es decir, cuanto mayor eres, más probabilidades tienes de recibir un diagnóstico de demencia. Pero, si tienes la suerte de llegar a una edad avanzada, no necesariamente tendrás demencia. La demencia es un diagnóstico clínico que se caracteriza por deficiencias en la cognición (la forma en que pensamos) y en las capacidades funcionales (que nos permiten vivir de manera independiente).

El tipo principal de demencia es la enfermedad de Alzheimer, aunque hay muchos otros tipos, como la demencia vascular (relacionada con cambios vasculares en el cerebro, como un accidente cerebrovascular), la demencia frontotemporal (atrofia cerebral más pronunciada en las regiones corticales temporal y frontal del cerebro), la demencia con cuerpos de Lewy (relacionada con un depósito de una proteína particular llamado cuerpo de Lewy) y la demencia mixta, en la que se presentan distintos tipos al mismo tiempo.

Sin embargo, menos del 2 % de los adultos de entre 65 y 69 años tienen un diagnóstico de demencia, y esta cifra aumenta a más del 30 % entre quienes tienen 90 años o más. Por otro lado, casi el 70 % de las personas de 90 años o más no tiene demencia. En Australia, en 2014, la mediana de edad al morir fue de 79 años para los hombres y de 85 para las mujeres; por tanto, la mayoría no moriremos con un diagnóstico de demencia.

2. La cognición disminuye a partir de los 20 años

La cognición se refiere a la forma en que pensamos, pero existen muchos tipos de habilidades de pensamiento. Por ejemplo, la velocidad con la que podemos responder (velocidad de procesamiento), nuestra capacidad para recordar objetos (memoria general) y nuestro conocimiento de las palabras y sus significados (conocimiento del vocabulario). Estos dominios cognitivos muestran distintos patrones de cambio a lo largo de la edad adulta.

La velocidad de procesamiento y la memoria general sí parecen disminuir a partir de los 20 años, lo que significa que tardamos más en responder a señales pertinentes y nos volvemos un poco más olvidadizos al envejecer. Pero esto no ocurre con el conocimiento del vocabulario. En promedio, alcanzaremos nuestro máximo conocimiento de palabras a los 60 años, y nuestro rendimiento no disminuirá de manera notable después de eso. De hecho, varios estudios muestran que cuanto mayor eres, mejor te va en el crucigrama de The New York Times.

3. No puedo cambiar mi riesgo de demencia

Se estima que hasta el 30 % de los casos de demencia en el mundo se pueden prevenir mediante decisiones sobre el estilo de vida. Las pruebas muestran que los factores de riesgo cardíaco en la mediana edad, en especial la diabetes, la presión arterial alta, la obesidad y la inactividad física, aumentan el riesgo de desarrollar demencia en la vejez; lo mismo ocurre con la depresión, el tabaquismo y un nivel educativo bajo.

Por tanto, una manera de reducir el riesgo de demencia es disminuir los factores de riesgo cardíaco; por ejemplo, hacer más ejercicio y bajar de peso si tienes obesidad. Se ha demostrado que participar en actividades estimulantes desde el punto de vista cognitivo, como la educación formal (por ejemplo, en la universidad) e informal (por ejemplo, cursos breves), y las reuniones sociales, reduce el riesgo de demencia.

Estas pruebas encajan bien con estudios recientes de Europa y Estados Unidos, que han demostrado que el riesgo individual de demencia ha disminuido en realidad durante las últimas dos décadas. ¿Por qué? Al parecer, las personas mayores gozan ahora de mejor salud física y cognitiva que sus predecesoras.

Image: Organización Mundial de la Salud

4. Tendré demencia si mis padres la tuvieron

La demencia de aparición tardía, que se diagnostica a partir de los 65 años, solo se ve ligeramente influida por la genética que heredamos de nuestros padres. Se han identificado nueve genes que aumentan o disminuyen el riesgo de demencia. Uno de ellos tiene cierta influencia: la apolipoproteína E. Si tienes una combinación (alelos E4E4), tienes 15 veces más probabilidades de desarrollar demencia que alguien con la combinación más habitual (E3E3). Sin embargo, todos los demás genes identificados tienen un efecto pequeño; cada uno supone un aumento o una disminución del riesgo del 20 % de desarrollar la enfermedad.

Para poner estos riesgos genéticos en perspectiva, son menores que los de cada uno de los factores de estilo de vida mencionados anteriormente. Es decir, es más probable que la demencia se deba a la obesidad (un 60 % más de probabilidades) o a la inactividad (un 80 % más de probabilidades). Estas comparaciones no son perfectas, ya que es posible que los genes relacionados con la demencia también estén relacionados con estos factores de estilo de vida, pero sí muestran el gran impacto de dichos factores.

5. Mi peso se mantendrá igual

Las sencillas leyes de la física sobre la energía indican que, si las calorías que consumimos igualan la energía que gastamos, nuestro peso se mantendrá esencialmente estable. La mayoría de las personas cree en este sencillo y veraz principio nutricional, pero no tiene en cuenta los efectos importantes del envejecimiento en el metabolismo energético.

A medida que envejecemos, cambia la composición de nuestro cuerpo. En particular, tendemos a experimentar cambios opuestos en la grasa (aumenta) y el músculo (disminuye), y estos cambios parecen diferir entre hombres y mujeres. En los hombres parece producirse una disminución más pronunciada del tejido muscular, lo que explica una reducción del gasto energético total de alrededor del 3 % por década.

En las mujeres, la tasa es ligeramente más lenta que en los hombres (alrededor del 2 % por década). Esto simplemente significa que, si sigues comiendo y haciendo ejercicio al mismo nivel a medida que envejeces, probablemente aumentarás de peso, y este aumento consistirá sobre todo en grasa corporal.

El envejecimiento no es un proceso biológico pasivo. Debemos comprender mejor nuestro cuerpo y sus cambios si queremos mantener la salud y prevenir la aparición de enfermedades como la demencia.

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