La respuesta mundial a la COVID-19 priorizó la salud de las personas mayores, poniendo el foco en este grupo demográfico, a menudo desatendido.
A medida que aumenta la esperanza de vida, debemos demostrar el mismo nivel de inversión en atención sanitaria preventiva para garantizar una población que envejezca con salud.
El impacto de la COVID-19 ha sido considerable, trágico y disruptivo. También ha sido revelador. El último año ha sido un recordatorio visceral de que una economía sana requiere una población sana. La disposición de los gobiernos a aplicar políticas que salvan vidas a un coste considerable a corto plazo para el producto interior bruto (PIB) también ha demostrado hasta qué punto la sociedad valora la salud. Dado que el riesgo de mortalidad por COVID-19 aumenta con la edad, ha sido especialmente revelador en lo que respecta al envejecimiento y la salud. Como muchas de las vidas salvadas mediante los confinamientos económicos fueron las de personas mayores, ha quedado patente cuánto valora la sociedad a las personas mayores.
La pandemia también ha puesto de manifiesto con fuerza la importancia de la salud pública y el valor de la medicina preventiva. Ha expuesto de forma drástica los determinantes sociales de la salud y las flagrantes desigualdades que sufren quienes más se ven afectados por la enfermedad, desde las perspectivas sanitaria, social y financiera. Dadas estas amplias revelaciones, se pueden extraer varias lecciones sobre la importancia y la urgencia de invertir en un envejecimiento saludable.
La más evidente es la necesidad de prepararse para futuras pandemias. Como dice el refrán: “Si me engañas una vez, la culpa es tuya. Si me engañas dos veces, la culpa es mía.” El problema, sin embargo, es anticipar qué forma adoptará una pandemia, dada la imprevisibilidad de los virus y las enfermedades. No obstante, existe un conjunto de enfermedades —las enfermedades no transmisibles relacionadas con la edad (es decir, demencia, enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes y trastornos respiratorios crónicos)— cuya llegada podemos predecir y cuya incidencia, según sabemos, va a aumentar drásticamente en todo el mundo.
Las enfermedades no transmisibles (ENT) no son solo una amenaza futura: ya causan alrededor del 70 % de todas las muertes en el mundo. Incluso en mitad de la pandemia, provocarán más muertes que la COVID-19. Debemos prepararnos para esta pandemia mundial de enfermedades relacionadas con la edad, que es aún mayor que la COVID-19 en escala, y que además se ha visto agravada por la pandemia. El énfasis debe desplazarse hacia un sistema sanitario que no solo intervenga cuando surgen las enfermedades, sino que se centre en la salud preventiva y en envejecer bien.
La esperanza de vida mundial ha aumentado más de una década en los últimos 40 años, hasta alcanzar los 73,2 años. Según las Naciones Unidas, también se prevé que aumente en todos los países durante los próximos 40 años, a medida que las mejoras en la mortalidad pasan de la infancia a edades más avanzadas. El resultado, combinado con la caída de la fecundidad, es una proporción cada vez mayor de personas mayores en la población. Por lo tanto, nuestro futuro colectivo depende de forma crítica de la salud de estas personas mayores. El aumento de la esperanza de vida en el mundo conlleva un nuevo imperativo sanitario: centrarse en el envejecimiento saludable.
Invertir pronto en el envejecimiento saludable puede reducir las desigualdades
Es un error pensar que el envejecimiento saludable se refiere únicamente a las necesidades de las personas mayores. En los primeros meses de la pandemia de COVID-19, se habló mucho de ralentizar la tasa de contagios mediante el “aplanamiento de la curva”. El envejecimiento saludable exige aplanar otra curva: ralentizar la velocidad a la que se acumulan la enfermedad y la discapacidad con la edad. Esto implica intervenir a lo largo de todo el curso de la vida, desde la etapa prenatal hasta el final de la vida. Suponer que el envejecimiento saludable consiste en el tratamiento médico de las personas mayores equivale, en cierto modo, a suponer que la mejor forma de afrontar la COVID-19 es intervenir cuando las personas ya están enfermas. Esto tiene una implicación importante: el envejecimiento saludable es un imperativo independientemente de que la población actual de un país sea mayoritariamente joven o mayor. Debemos lograr que los jóvenes y las personas de mediana edad de hoy sean la cohorte de personas mayores más sana de la historia de la humanidad.
Invertir en el envejecimiento saludable requerirá recursos sustanciales, pero la preferencia de los responsables políticos puesta de manifiesto durante la COVID-19 ha demostrado hasta qué punto la salud y las vidas son valiosas. En coherencia con esa preferencia tras la COVID-19, se exigen presupuestos sanitarios mucho mayores para prepararse para la pandemia mundial de enfermedades relacionadas con la edad.
Invertir en el envejecimiento saludable no solo reducirá los costes sanitarios futuros y aumentará el bienestar individual, sino que también tendrá efectos positivos sobre el PIB. En los países de bajos ingresos, por ejemplo, aproximadamente el 50 % de las personas de 65 años o más forman parte de la población activa. En los países del G7, en la década anterior a la COVID-19, las personas de 50 años o más impulsaron el 100 % del crecimiento del empleo. Tras la COVID-19, cuando se necesitará crecimiento, centrarse en el envejecimiento saludable para generar un dividendo de longevidad debe ser una prioridad.
¿Qué hace el Foro Económico Mundial para combatir el Alzheimer?
Es fundamental señalar que el envejecimiento productivo no se refiere únicamente al empleo y al PIB, sino también al valor intrínseco de vivir mucho tiempo y con buena salud. Las personas mayores realizan contribuciones importantes y valiosas a la sociedad a través de diversas actividades sociales —cuidados intergeneracionales, funciones más amplias en la comunidad, etc.—, que el envejecimiento saludable puede potenciar.
Lograr un envejecimiento saludable va más allá del sector sanitario, ya que factores socioeconómicos más amplios determinan gran parte de la forma en que envejecemos. Del mismo modo que las grandes mejoras en la mortalidad infantil requieren iniciativas políticas interdepartamentales o multisectoriales, también las requerirá lograr un envejecimiento saludable. El envejecimiento saludable representa además un componente importante para combatir la creciente desigualdad, que tiende a aumentar con la edad, acumulando desventajas a lo largo de la vida y amplificando el impacto de los shocks sanitarios. Un enfoque centrado en el envejecimiento saludable debe dirigirse a quienes tienen actualmente la salud más débil; hacerlo contribuirá a reducir la desigualdad, especialmente en sociedades que envejecen.
La pandemia de COVID-19 muestra cuánto valoramos la vida y la salud, y revela los recursos que los gobiernos están dispuestos a gastar para protegerlas. Las proyecciones apuntan a un enorme aumento de la incidencia mundial de las enfermedades relacionadas con la edad. Aunque el mundo no estaba preparado para la COVID-19, no tiene por qué estar desprevenido ante una sociedad que envejece. El envejecimiento es tan antiguo como la existencia humana, y podemos “aplanar la curva” de la enfermedad y la discapacidad que se acumulan con la edad. Con tantas personas que hoy llegan a edades avanzadas, existe un nuevo imperativo sanitario: apoyar el envejecimiento saludable.