Por qué la sociedad reacciona con pánico ante el coronavirus

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  • La contención y el tratamiento de las enfermedades infecciosas, como la Covid-19, dependen en gran medida de la toma de decisiones individuales.

  • Los individuos no siempre son racionales y sopesarán los beneficios percibidos de tener contacto frente al coste percibido de la enfermedad.

  • La respuesta más eficaz a los brotes, como el del coronavirus, tendrá en cuenta estos conocimientos sobre el comportamiento, incluido el impacto del pánico en la toma de decisiones individuales.

Las enfermedades infecciosas han dado forma a la economía durante siglos; basta pensar en la Peste Negra, la peste, el cólera, la gripe española y el SARS. Es muy probable que el nuevo coronavirus (Covid-19) se sume a esta lista y pase a formar parte de nuestra memoria colectiva como un acontecimiento que ha moldeado las sociedades y las economías.

Para la mayoría de las personas, expertos y no expertos en la materia, los riesgos y las consecuencias económicas de los brotes, las pandemias y las epidemias son claros y tangibles: el coste para los sistemas sanitarios, las interrupciones y la reducción de la productividad laboral, la disminución del comercio y el descenso de los viajes y el turismo, por citar solo algunos. Sin embargo, si uno observa los titulares y las imágenes que se comparten en todo el mundo, identificaría un factor multiplicador fundamental: el pánico, un nivel de angustia que va más allá de el «pánico al papel higiénico» que se vio en Hong Kong, Singapur o, más recientemente, en Italia.

La gestión del riesgo epidémico es, por sí misma, una tarea sumamente compleja, en la que deben aplicarse y coordinarse conjuntos de medidas a nivel local, nacional e internacional para minimizar las consecuencias sanitarias y económicas. Esta tarea tan compleja y monumental no se beneficia del pánico ni de la preocupación extrema entre los ciudadanos; esto debe controlarse y reducirse en la medida de lo posible. Incluso el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, pidió inicialmente al público que «frenara el pánico», y después que actuara con responsabilidad, cuando surgieron imágenes de cientos de personas huyendo de Milán, una prueba evidente de que hay más por entender y más que se puede hacer para gestionar las crisis sanitarias (y muchas otras)

Un conjunto de herramientas útiles son los «conocimientos sobre el comportamiento», una recopilación de aportaciones de diversas disciplinas de las ciencias del comportamiento (como la economía conductual, la psicología social y cognitiva y la antropología), que pueden utilizarse para fundamentar la política pública.

La salud pública es un bien público y, como diría cualquier economista, esto siempre resulta problemático. Un bien público se define como aquel del que puede beneficiarse todo el mundo, incluidos quienes no han contribuido a su creación (los llamados «polizones»). Normalmente, las decisiones sanitarias relativas a las enfermedades no transmisibles son autónomas y personales (llevar una alimentación sana, hacer ejercicio, dejar de fumar o acudir a un examen de detección para evitar o detectar una enfermedad).

Las enfermedades infecciosas son una excepción notable, ya que la toma de decisiones individuales deja de ser autónoma o personal y se convierte en un asunto comunitario. Si eres contagioso y no proteges a los demás, o estás sano y no te proteges a ti mismo, por ejemplo, podrías ser corresponsable de que un brote se convierta en una pandemia.

En otras palabras, al enfrentarse a intervenciones de control de infecciones, el comportamiento individual es fundamental no solo para uno mismo, sino para la sociedad en su conjunto.

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Si los individuos fueran totalmente racionales, la gestión de cualquier enfermedad transmisible sería fácil y sencilla: la prevención, la protección y la contención se aplicarían sin esfuerzo y de manera eficiente.

Lamentablemente, no somos racionales como solían pensar los expertos, sino que utilizamos atajos mentales que afectan a la forma en que percibimos la mayoría de los aspectos de las enfermedades infecciosas. Los límites de la racionalidad humana se agravan aún más en condiciones de estrés, como el miedo.

Está claro que, cuando las autoridades de salud pública deben hacer frente a los brotes, el talón de Aquiles es una comprensión y una representación adecuadas del comportamiento «real» de las personas en las políticas y las intervenciones. Lograr que la gente coopere en pos del objetivo de la contención (cuarentenas autoimpuestas, lavado de manos, limitación de los viajes y las reuniones), reducir al mínimo el número de polizones (las personas que tosen o estornudan sin cubrirse, los empleados que acuden al trabajo aunque estén enfermos) y evitar percepciones de riesgo extremas (pánico y desdén) es tan importante como cerrar escuelas y aumentar el número de camas en cuidados intensivos.

No obstante, esta no es una tarea trivial, y los expertos en comportamiento pueden explicar por qué. Por ejemplo, la probabilidad de contagios y de los riesgos sanitarios asociados puede sobreestimarse o subestimarse. A las personas les resulta muy difícil procesar las representaciones del riesgo, especialmente si se expresan en términos de posibilidades, porcentajes y probabilidades, pero también cuando se representan con adjetivos (como «raro», «común» o «leve»), debido a la ambigüedad inherente a estas palabras. Esto da lugar a interpretaciones divergentes, a menudo muy alejadas de la intención de quienes comunican.

Además, las personas están sujetas a la heurística de disponibilidad (la tendencia a basarse en ejemplos inmediatos), un atajo mental inconsciente que puede resultar muy engañoso al estimar la probabilidad de un suceso. En otras palabras, si te has visto bombardeado por titulares sensacionalistas e imágenes impactantes del coronavirus y después debes enfrentarte a su amenaza, estas imágenes acudirán primero a tu mente y servirán como atajo inconsciente para tu toma de decisiones.

¿En qué se diferencia el coronavirus de otras enfermedades?

Los italianos, como muchas otras personas en todo el mundo, han estado expuestos desde principios de enero a imágenes de mercados de animales salvajes antihigiénicos, sopa de murciélago, mascarillas, trajes de protección química, barcos en cuarentena y otras escenas apocalípticas. No es de extrañar que, cuando un pequeño pueblo de Lombardía fue señalado por un brote de coronavirus, la mayoría de los italianos del norte sintieran una oleada de pánico y la repentina necesidad de acaparar pasta y salsa de tomate. Nuestro subconsciente se ha alimentado de advertencias de peligro durante semanas, y nuestros atajos mentales, tan importantes para la supervivencia del más apto en el pasado, han funcionado exactamente como estaba previsto, pero no de las formas necesarias para el bien común.

El problema no es solo el contenido del mensaje que comunica un riesgo (consejo: la información gráfica suele ser la más eficaz), sino que también influyen el momento, el medio y el emisor. Por ejemplo, si la confianza en el gobierno es baja, también lo será la confianza en la información transmitida por expertos médicos gubernamentales.

Cuando se sobreestima el riesgo, la situación puede percibirse como extrema y puede desencadenarse el pánico. Esto puede llevar a casos en los que las personas ignoren las convenciones sociales y tiendan a actuar de forma extremadamente egoísta, como saqueando. Por otro lado, en condiciones extremas, las personas también tienden a actuar de forma extremadamente altruista, ayudando a otros de manera caballerosa o castigando a quienes se aprovechan egoístamente de la situación, por ejemplo, denunciando ante las autoridades la subida abusiva de precios.

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Sin embargo, el pánico no surge solo por las percepciones (erróneas) del riesgo, sino también porque los individuos perciben una falta de vías de escape. Los confinamientos y las cuarentenas representan exactamente eso: el cierre de una vía de escape. Las personas que huyeron de Wuhan antes de que se decretara el confinamiento, pero también quienes escaparon de la cuarentena forzando cerraduras o huyendo en mitad de la noche de zonas rojas en Italia, no consideraron las medidas como un instrumento fundamental para eliminar su capacidad de portar y transmitir la enfermedad (un bien público), sino como una limitación costosa de su libertad. El coste individual del comportamiento antisocial (cuarentenas, mantener la distancia con los demás) suele considerarse demasiado alto, especialmente si implica separarse de los seres queridos.

En lo que respecta a la economía, en casos como los brotes de coronavirus, los individuos sopesan los beneficios percibidos de tener contacto frente al coste percibido de la enfermedad, y esto afecta a las tasas de transmisión. El comportamiento de algunos puede acelerar la propagación de la enfermedad, mientras que las acciones de otros pueden frenar las epidemias. Una vez que reconocemos el poder del comportamiento individual en las epidemias, tener en cuenta los conocimientos sobre el comportamiento no será una opción, sino una necesidad.

Para seguir leyendo:

Weston, D., Hauck, K., & Amlôt, R. (2018). Infection prevention behaviour and infectious disease modelling: a review of the literature and recommendations for the future. BMC public health, 18(1), 336.

Perrings, C., Castillo-Chavez, C., Chowell, G. et al. Merging Economics and Epidemiology to Improve the Prediction and Management of Infectious Disease. EcoHealth11, 464–475 (2014). https://doi.org/10.1007/s10393-014-0963-6

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