La globalización ha sido una característica definitoria del mundo moderno.
Existe un debate sobre si la pandemia de COVID-19 la fortalecerá o la debilitará.
Richard Haass sostiene que los gobiernos y las administraciones deberían actuar con cautela al seguir una estrategia de aislacionismo, y que la desglobalización podría resultar un grave error.
El aumento de la interconexión mundial —el crecimiento de los flujos transfronterizos de personas, bienes, energía, correos electrónicos, señales de televisión y radio, datos, drogas, terroristas, armas, dióxido de carbono, alimentos, dólares y, por supuesto, virus (tanto biológicos como informáticos)— ha sido una característica definitoria del mundo moderno. La pregunta, sin embargo, es si la globalización ha alcanzado su apogeo y, de ser así, si lo que viene después debe celebrarse o resistirse.
Sin duda, las personas y los bienes siempre se han desplazado por el mundo, ya fuera por alta mar o por la antigua Ruta de la Seda. Lo que ha cambiado hoy es la escala, la velocidad y la variedad de esos flujos. Sus consecuencias ya son importantes y cada vez lo son más. Si las rivalidades entre las grandes potencias y la forma, acertada o no, en que se gestionaron marcaron buena parte de la historia de los últimos siglos, es más probable que la época actual quede definida por los desafíos mundiales y por la manera, acertada o no, en que el mundo los afronte.
La globalización ha sido impulsada por la tecnología moderna, desde los aviones a reacción y los satélites hasta Internet, así como por políticas que abrieron los mercados al comercio y la inversión. Tanto la estabilidad como la inestabilidad la han promovido: la primera al facilitar los negocios y el turismo, y la segunda al alimentar los flujos de migrantes y refugiados. En general, los gobiernos consideraban que la globalización aportaba un beneficio neto y, por lo común, estaban conformes con dejar que siguiera su curso.
Pero la globalización, como dejan claro sus diversas formas, puede ser tanto destructiva como constructiva, y en los últimos años un número cada vez mayor de gobiernos y personas de todo el mundo ha llegado a considerarla un riesgo neto. En lo que respecta al cambio climático, las pandemias y el terrorismo —fenómenos que la globalización ha agravado—, no es difícil entender por qué. En otros ámbitos, sin embargo, la creciente oposición a la globalización es más compleja.
Pensemos en el comercio, que puede ofrecer empleos mejor remunerados en fábricas orientadas a la exportación o en la agricultura, además de bienes de consumo que suelen ser de mayor calidad, menos costosos o ambas cosas. Pero las exportaciones de un país son las importaciones de otro, y las importaciones pueden desplazar a los productores nacionales y causar desempleo. Como resultado, ha crecido la oposición al libre comercio, lo que ha dado lugar a llamamientos a un comercio «justo» o «gestionado», en el que el gobierno desempeñe un papel más importante para limitar las importaciones, promover las exportaciones o ambas cosas.
Se observa una tendencia similar en lo que respecta a la información. El libre flujo de ideas podría parecer positivo, pero resulta que los gobiernos autoritarios lo consideran una amenaza para su control político. Internet se está fragmentando en una «splinternet». El «Gran Cortafuegos» de China marcó el camino: bloqueó el acceso a noticias en línea y otros sitios web sospechosos, y garantizó que los usuarios chinos no pudieran acceder a contenido considerado políticamente delicado.
Tradicionalmente, se aceptaba e incluso se acogía con agrado que grandes cantidades de personas cruzaran las fronteras. Los inmigrantes han sido la base del éxito económico, político, científico y cultural de Estados Unidos. Pero ahora muchos estadounidenses miran con recelo a los inmigrantes y los consideran una amenaza para los empleos, la salud pública, la seguridad o la cultura. En gran parte de Europa se ha producido un cambio similar.
Todo esto apunta a un giro hacia la desglobalización, un proceso que tiene costos y límites. Bloquear las importaciones puede provocar inflación, reducir las opciones de los consumidores, ralentizar el ritmo de la innovación y llevar a otros a tomar represalias imponiendo sus propias restricciones a las importaciones. Bloquear las ideas puede sofocar la creatividad y dificultar la corrección de errores en las políticas. Y bloquear a las personas en la frontera puede privar a una sociedad de talento y de trabajadores necesarios, además de contribuir al sufrimiento de quienes se ven obligados a huir por persecución política o religiosa, guerras, pandillas o hambre.
La desglobalización también está condenada a fracasar en ciertos ámbitos de las políticas públicas. Las fronteras no detienen el cambio climático. Cerrarlas no protege a un país de los riesgos de las enfermedades, ya que sus ciudadanos pueden regresar fácilmente a casa con una infección. La soberanía no garantiza ni la seguridad ni la prosperidad.
Hay una forma mejor de responder a los desafíos y las amenazas de la globalización. Una acción colectiva eficaz puede hacer frente a los riesgos de las enfermedades, el cambio climático, los ciberataques, la proliferación nuclear y el terrorismo. Ningún país puede garantizar su propia seguridad por sí solo; el unilateralismo no es una opción política seria.
De eso se trata la gobernanza mundial (no el gobierno mundial). La forma de los acuerdos puede y debe adaptarse a la amenaza y a quienes estén dispuestos y sean capaces de cooperar, pero no hay una alternativa viable al multilateralismo.
El aislacionismo no es una estrategia. La negación tampoco. Podemos esconder la cabeza bajo la arena como el proverbial avestruz, pero la marea subirá y nos ahogará. La globalización es una realidad que no se puede ignorar ni hacer desaparecer con un deseo. La única opción es cómo responder de la mejor manera.
Los críticos tienen razón en un sentido: la globalización trae problemas además de beneficios. Las sociedades deben volverse más resilientes. Los trabajadores necesitan acceso a la educación y la formación a lo largo de toda la vida, para estar preparados para los empleos que surjan cuando las nuevas tecnologías o la competencia extranjera eliminen sus trabajos actuales. Las sociedades deben estar mejor preparadas para afrontar las inevitables pandemias o los fenómenos meteorológicos extremos causados por el cambio climático.
La globalización no es un problema que los gobiernos deban resolver; es una realidad que hay que gestionar. Adoptar una desglobalización total equivale a elegir una cura falsa, y mucho peor que la enfermedad.



