La evolución del coronavirus no está desvinculada de la actual crisis climática y de biodiversidad.
La deforestación, el consumo y el tráfico de animales exóticos contribuyen a un mayor riesgo de propagación de enfermedades.
La iniciativa «Una salud» de la Organización Mundial de la Salud promueve abordar la salud humana en relación con el medio ambiente y la biodiversidad.
Todo el mundo se ha visto afectado por la pandemia de COVID-19: todos tememos por nuestra propia salud, por la de nuestros seres queridos y también por quienes son más vulnerables. En apenas unas semanas, la COVID-19 pasó de pronto a ser más urgente que las crisis del cambio climático en curso o el peligroso declive de la biodiversidad. Acontecimientos catastróficos que antes acaparaban la atención mundial, como los incendios forestales en Australia, de pronto parecían menos graves que una pandemia que podía afectarnos a todos de inmediato, en nuestros propios hogares.
Sin embargo, al igual que otras grandes epidemias (sida, ébola, SARS, etc.), la aparición del coronavirus no está desvinculada de las crisis climática y de biodiversidad que vivimos. ¿Qué nos dicen estas pandemias sobre el estado de la biodiversidad?
Nuevos patógenos
La humanidad está destruyendo los entornos naturales a un ritmo cada vez más acelerado. Entre 1980 y 2000, se talaron más de 100 millones de hectáreas de bosque tropical, y desde el inicio de la era industrial se ha destruido más del 85 % de los humedales. Al hacerlo, ponemos a las poblaciones humanas, a menudo con una salud precaria, en contacto con nuevos patógenos. Los reservorios de enfermedades son animales salvajes que suelen estar confinados a entornos prácticamente deshabitados por los seres humanos o vivir en poblaciones pequeñas y aisladas.
A causa de la destrucción de los bosques, los aldeanos asentados en los límites de las zonas deforestadas cazaban animales salvajes y enviaban carne infectada a las ciudades: así fue como el ébola llegó a los grandes centros humanos. La llamada carne de caza incluso se exporta a otros países para satisfacer la demanda de expatriados y, de este modo, propaga el riesgo para la salud lejos de las zonas remotas.
Cazamos sin reparos especies exóticas y salvajes por motivos puramente recreativos: el atractivo de las especies raras, las comidas exóticas, la farmacopea ingenua, etc. El comercio de animales raros abastece los mercados y, a su vez, provoca la contaminación de los centros urbanos con nuevas enfermedades. La epidemia del síndrome respiratorio agudo grave (SARS) surgió de la proximidad entre murciélagos, carnívoros y consumidores humanos crédulos. En 2007, un importante artículo científico afirmaba:
«La presencia de un gran reservorio de virus similares al SARS-CoV en murciélagos de herradura, junto con la costumbre de comer mamíferos exóticos en el sur de China, es una bomba de relojería».
Esta bomba de relojería parece haber estallado en noviembre de 2019 con la COVID-19.
El peligro de las zoonosis
El consumo y la importación/exportación de animales exóticos tienen dos grandes consecuencias. En primer lugar, aumentan el riesgo de epidemia al ponernos en contacto con agentes infecciosos poco comunes. Aunque a menudo están especializados en una especie y, por tanto, no pueden vencer nuestro sistema inmunitario ni siquiera penetrar en nuestras células y utilizarlas, el tráfico y el confinamiento conjunto de diversos animales salvajes permiten que los agentes infecciosos se recombinen y crucen la barrera entre especies. Así ocurrió con el SARS y puede que también con la COVID-19. Más allá de la crisis actual, este riesgo no es marginal: cabe recordar que más de dos tercios de las enfermedades emergentes son zoonosis, agentes infecciosos que pueden transmitirse entre animales y seres humanos. La mayoría de ellas procede de animales salvajes.
En segundo lugar, la captura y venta de animales exóticos ejerce una enorme presión sobre las poblaciones salvajes. Es el caso del pangolín, cuya situación ha salido recientemente a la luz a raíz de la pandemia de COVID-19. Las ocho especies de este mamífero, que se encuentra en África y Asia, son objeto de caza furtiva por su carne y sus escamas, pese a estar protegidas. Las aduanas incautan cada año más de 20 toneladas de carne, lo que lleva a estimar que se matan alrededor de 200 000 ejemplares al año para este tráfico.
Así pues, la humanidad se pone en peligro por partida doble: propiciamos la aparición de enfermedades emergentes y también destruimos la frágil biodiversidad que proporciona servicios naturales de los que nos beneficiamos.
Las circunstancias en que aparecen estas nuevas enfermedades pueden ser aún más complejas. Así se transmiten los virus del Zika y del dengue a través de mosquitos exóticos transportados por los seres humanos mediante el comercio internacional. Se critica especialmente el comercio de neumáticos usados, en los que se acumula agua, lo que permite que se desarrollen larvas acuáticas de mosquito y que sean transportadas. En este caso, la enfermedad no se propaga por un primer contacto directo entre la especie humana y los animales reservorios seguido de transmisión entre seres humanos, sino que los mosquitos vectores la transmiten a la especie humana y se desplazan eficazmente gracias a nuestra ayuda.
Gestionar la salud humana y la del medio ambiente
La Organización Mundial de la Salud, mediante su iniciativa «Una salud», promueve abordar la salud humana en relación con el medio ambiente y la biodiversidad. Tiene tres objetivos principales: combatir las zoonosis, garantizar la inocuidad de los alimentos y luchar contra la resistencia a los antibióticos.
Esta iniciativa nos recuerda que no podemos vivir en un capullo artificial, sin entrar nunca en contacto con la biodiversidad, ya sea silvestre, criada o cultivada. Dos de los tres objetivos de la iniciativa —la seguridad alimentaria y las zoonosis— están directamente relacionados con la actual crisis de la COVID-19. No deberíamos crear circuitos alimentarios peligrosamente insostenibles, ya sea importando especies exóticas o alimentando a los animales de granja con productos antinaturales: al fin y al cabo, eso fue lo que provocó la enfermedad de las vacas locas.
Conocemos bien las causas de la crisis de biodiversidad y también sus remedios. Ante todo, hay que detener la destrucción del medio ambiente —la deforestación, el comercio mundial de cualquier mercancía o especie viva y el transporte de animales exóticos— por obtener beneficios a corto plazo, a menudo apenas unos puntos porcentuales más de rentabilidad que la producción local.
El mundo después de la COVID-19
Empiezan a oírse voces que afirman que el «mundo no será el mismo después de la COVID-19». Así que incorporemos a este «mundo que viene» un mayor respeto por la biodiversidad. ¡Es nuestro mayor beneficio inmediato!
El mundo que dejaremos a nuestros hijos y nietos vivirá nuevas pandemias mortales, eso, por desgracia, es seguro. Cuántas habrá dependerá de nuestros esfuerzos por preservar la biodiversidad y los equilibrios naturales en todo el planeta. Más allá de las tragedias humanas actuales, al menos cabe esperar que la COVID-19 haya tenido el efecto positivo de despertar esta conciencia.

