Existen paralelismos entre los locos años veinte y la década de 2020, en particular en lo que respecta al aumento de las desigualdades en la distribución de la renta y la riqueza.
Esta situación no puede corregirse mediante una política perpetuada de endeudamiento, escribe Andrea Weidemann, del Museo Suizo de las Finanzas.
Los avances en productividad y una economía social de mercado que funcione pueden transformar nuestra economía y nuestra sociedad.
Ganancias de productividad gracias a los avances tecnológicos. Nuevos modelos económicos. Ciclos económicos suavizados por los bancos centrales. Digitalización, teoría monetaria moderna, política de tipos de interés bajos: lo que parece un plan para la era posterior a la pandemia de coronavirus describe, en realidad, la década de 1920. La población y la economía de entonces sufrían los devastadores efectos de la Primera Guerra Mundial. Para agravar aún más los males, la gripe española causó una cifra estimada de hasta 50 millones de víctimas mortales. Sin embargo, las economías nacionales de Estados Unidos y de Europa occidental comenzaron lentamente a recuperarse a principios de los años veinte. Este breve periodo de prosperidad recibió el nombre de «locos años veinte» en Estados Unidos, de «années folles» en Francia y de «Goldene Zwanziger Jahre» en Alemania. La gente de las metrópolis occidentales volvió a celebrar la vida con euforia. La llegada de la producción en cadena permitió a la industria fabricar una amplia variedad de bienes de consumo para las masas. La renta per cápita real en Estados Unidos aumentó más de un 4 % anual en la década de 1920. La negociación bursátil apalancada alimentó un auge bursátil sin precedentes hasta entonces, pero este terminó abruptamente con un desplome en octubre de 1929. La fiesta había terminado. La resaca duró 25 años. Al Promedio Industrial Dow Jones le llevó hasta 1954 recuperarse y volver a su antiguo máximo histórico.
Los perdedores son la clase media
¿Se repite la historia? No necesariamente: el estado de bienestar del mundo occidental, por ejemplo, está hoy mucho mejor dotado que en los locos años veinte. Esto ha resultado beneficioso en la crisis de la COVID-19, ya que es probable que amortigüe los posibles efectos adversos a pesar del aumento de la deuda pública. Además, los banqueros centrales ya aplicaron las lecciones aprendidas de 1929 a la gran crisis financiera de 2008-2009, reduciendo los tipos de interés o manteniéndolos bajos, en lugar de subirlos en el peor momento posible, como se hizo en 1929. Por último, el sector financiero, vital, está hoy regulado de forma más estricta, y los balances de los bancos son mucho más resistentes que tras la Primera Guerra Mundial. Y, sin embargo, existen paralelismos entre los locos años veinte y la actualidad o, en palabras de Mark Twain, «la historia no se repite, pero a menudo rima».
Entonces, ¿qué rima hoy en día? Para mí, con bastante claridad, son los crecientes desequilibrios. Cabe destacar aquí los crecientes desequilibrios en la distribución de la renta y la riqueza dentro de los países industrializados occidentales y entre los países desarrollados y los países de mercados emergentes. La represión financiera provocada por los tipos de interés negativos sostenidos está erosionando constantemente a la clase media, columna vertebral de toda sociedad. Una situación similar se observaba en los locos años veinte, que fueron «locos» en realidad solo para una pequeña minoría. Entonces también hubo muchos más perdedores que ganadores. Es cierto que la economía digitalizada está generando muchos empleos interesantes en la actualidad, pero estos quedan eclipsados por los nuevos empleos mal pagados, por ejemplo, en la logística del comercio electrónico. Podría surgir una nueva clase baja, esta vez en el sector servicios y no en la cadena de montaje. Además, la estructura de las cadenas globales de valor está siendo cada vez más criticada. Un posible proceso de desglobalización agravaría aún más las disparidades económicas a escala mundial. Y, por último, resulta dudoso que la «Generación COVID», es decir, los jóvenes que actualmente cursan estudios o formación, tengan buenas perspectivas en el mercado laboral del futuro.
Descarbonización socialmente responsable de la economía
¿Qué puede hacerse ahora para evitar que el próximo auge termine en una nueva crisis? Un factor crucial será la forma en que abordemos las desigualdades descritas anteriormente. La recuperación prevista de la actividad económica debería impulsarse mediante avances genuinos en productividad y no mediante un gasto deficitario perpetuo. La economía debe liberarse de la dependencia del Estado lo antes posible. Debe facilitarse la transformación estructural, pero deben mitigarse sus efectos adversos. Los locos años veinte marcaron el inicio de la era del petróleo. Los años veinte de 2020 anuncian su fin. Este proceso de transformación sin precedentes es comparable a una cirugía a corazón abierto. Debe abordarse con determinación y ambición, pero también, de forma imperativa, de manera socialmente responsable. Por último, no hay forma de eludir la reducción del apalancamiento de los balances de los bancos centrales y de los presupuestos públicos, pero esto también debe producirse gradualmente a lo largo del tiempo, de forma planificada.
Mirar atrás a la época de hace 100 años no ofrece un plan maestro infalible para el éxito. Pero quien piense que las leyes de la economía y la naturaleza humana han dejado de aplicarse de repente en la era posterior a la COVID comete un error fatal.

