Las economías de América Latina se han visto muy afectadas por la pandemia y es probable que 15 millones más de sus habitantes caigan en la pobreza como consecuencia.
Expuso dos debilidades estructurales crónicas: las deficiencias de la capacidad estatal y el mercado laboral dual de empleos formales e informales.
Si América Latina quiere recuperarse, abordar estas cuestiones debe ser una prioridad, escriben Mauricio Cárdenas, Eduardo Levy Yeyati y Andrés Velasco.
La recesión a la que se enfrenta actualmente América Latina como consecuencia de la pandemia de COVID-19 no es una típica crisis económica. Este año, la producción en toda la región será un 10% inferior a lo previsto a finales de 2019, el desempleo se sitúa en dos dígitos y casi 15 millones más personas tendrán que soportar ahora la pobreza extrema. Dos décadas de progreso en la reducción de la pobreza y la desigualdad están en riesgo. Con el colapso de los niveles de vida, es probable que vuelva la ola de agitación social experimentada antes de la pandemia.
Durante la fase inicial de la crisis de la COVID-19, la mayoría de los gobiernos de la región dieron prioridad principal a la preservación de vidas y medios de subsistencia. Destinaron recursos al sector sanitario, concedieron subsidios a las empresas y proporcionaron a los hogares transferencias monetarias de emergencia. Este fue el enfoque correcto, pero, a medida que las economías comenzaron a reabrir gradualmente, se hizo necesario un cambio de políticas. Pasar de la preservación económica a la recuperación traerá consigo nuevos desafíos.
La pandemia ha puesto de relieve dos debilidades estructurales de larga data en América Latina. La primera son las deficiencias generalizadas y crónicas de la capacidad estatal. No fue solo la falta de recursos fiscales, sino también la falta de eficacia en la prestación de apoyo gubernamental, lo que provocó el fuerte aumento del número de muertes por COVID-19 en toda la región. Incluso hoy, las clases y las actividades escolares siguen suspendidas en muchos países debido a problemas logísticos sin resolver. Es fácil imaginar lo que ocurrirá una vez que haya una vacuna: América Latina irá a la zaga en el desafío de vacunar a la población a un ritmo adecuado.
La segunda debilidad estructural es el mercado laboral dual típico de la región: una minoría de trabajadores internos que desempeñan empleos asalariados estables con acceso a prestaciones tradicionales (permiso remunerado, seguro de desempleo, indemnización por despido), y una mayoría de trabajadores externos que desempeñan empleos precarios, de bajos salarios y alta rotación. Durante los confinamientos, los trabajadores internos disfrutaron de apoyo al empleo y de esquemas de suspensión temporal de empleo, mientras que los externos dependieron por completo de transferencias monetarias de los gobiernos, que les compensaban solo una pequeña fracción de sus ingresos perdidos.
Esta crisis es la mayor oportunidad de la región en décadas para fortalecer la capacidad estatal y corregir la disfunción del mercado laboral. Pero los cambios necesarios son políticamente difíciles. El riesgo es que la región avance en la dirección contraria, con una crisis fiscal inminente, una recuperación lenta y la destrucción permanente de empleos «buenos», lo que profundizaría el dualismo del mercado laboral.
América Latina ha afrontado el shock macrofinanciero de la pandemia razonablemente bien. A pesar de la fuga temprana de capitales que debilitó las monedas locales, la región ha evitado el colapso financiero y la mayoría de los países han conservado el acceso a los mercados financieros internacionales. Incluso aquellos en situación de impago soberano, como Argentina y Ecuador, lograron negociar canjes de deuda con una rapidez inesperada.
Pero la pandemia ha sido devastadora para la economía real: innumerables empresas, grandes y pequeñas, se han quedado sin liquidez y se han visto obligadas a cerrar de forma permanente. A medida que las empresas quiebran y sectores enteros necesitan reestructurarse, el crecimiento del producto potencial se resentirá. Esto dificultará revertir el aumento del desempleo, la pobreza y la desigualdad, y hará inviable la tarea de equilibrar las cuentas fiscales y estabilizar la deuda pública.
La política monetaria no convencional es útil, pero será insuficiente para garantizar la recuperación. Los países de la región requieren planes de una precisión quirúrgica que no solo impulsen la demanda, sino que también ayuden a aliviar las principales restricciones de oferta y a mitigar la presión financiera de las empresas. Al mismo tiempo, el apoyo a los trabajadores debe diseñarse para fomentar el empleo formal, y los gobiernos deben invertir en salud, educación e infraestructura para ayudar a las empresas y los hogares a adaptarse a la nueva normalidad. La colaboración público-privada y unas relaciones laborales estables serán esenciales: una recuperación sana es un juego cooperativo.
El desafío definitivo, como siempre, es político. Varios países latinoamericanos han pagado un alto precio por la postura populista que desestimó la evidencia científica y minimizó la amenaza que representa el virus. Son tiempos graves; requieren líderes serios.
Sin embargo, el liderazgo nacional y regional escasea en una América Latina fragmentada. Para tomar prestada una descripción del filósofo español José Ortega y Gasset, la región es «invertebrada», con países que avanzan en sus propias direcciones sin demasiada consideración por los demás.
La pandemia ha recordado duramente a los latinoamericanos el coste de permitir que los Estados sean ineficaces y que los mercados laborales sigan segmentados injustamente. Ha profundizado viejas desigualdades y ha creado otras nuevas. La inversión en infraestructuras sigue siendo débil, y la diversificación de las exportaciones, insuficiente.
En estos frentes y en otros, la inacción no es una opción. América Latina no puede permitirse otra década perdida. Al iniciar la región un nuevo ciclo electoral –y tras escuchar a los votantes en lugar de sermonearlos–, los candidatos políticos deberían acordar algunos principios básicos de reforma. Esta es una crisis que la región no debe desaprovechar.