Sin refugio: el impacto del coronavirus en las personas más vulnerables del mundo

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  • La COVID-19 supone una amenaza devastadora para muchos de los países más pobres del mundo.

  • Muchos países en desarrollo tienen condiciones de vida hacinadas y una capacidad sanitaria insuficiente.

  • Se necesitan medidas urgentes para evitar que la enfermedad se propague sin control.

El impacto sanitario y económico de la pandemia de COVID-19 se ha sentido en todo el mundo, pero el virus podría tener un efecto devastador en los países en desarrollo, donde viven algunas de las comunidades más vulnerables del planeta.

Como invitado en el World vs Virus pódcast del Foro Económico Mundial, David Miliband, exsecretario de Asuntos Exteriores británico y actual director del International Rescue Committee —una organización mundial de ayuda a las personas desplazadas por conflictos, persecución y desastres naturales— expone sus temores por las personas más pobres del mundo ante la llegada del virus.

«Si les aterra de verdad la perspectiva de la COVID-19 en un país industrializado avanzado, si les preocupan los respiradores en Nueva York o el sistema sanitario en Italia, imaginen cómo es enfrentarse a la posibilidad de un virus en un lugar donde no hay agua corriente ni un sistema sanitario adecuado», dice Miliband.

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Esa es la situación de quienes viven en Cox’s Bazar, Bangladés. Allí está el mayor campo de refugiados del mundo, donde alrededor de 1 millón de refugiados de Myanmar viven en condiciones de hacinamiento extremo, con apenas más de 10 metros cuadrados por persona.

Habrá muertes «a una escala espantosa» si no se toman medidas urgentes para limitar el impacto del virus en lugares así, advierte Miliband.

Cox’s Bazar, en Bangladés, es el mayor campo de refugiados del mundo.Image: REUTERS/Rafiqur Rahman

Sin refugio para los refugiados

Asif Saleh, director de la organización de desarrollo BRAC en Bangladés y uno de los Jóvenes Líderes Mundiales del Foro Económico Mundial, conoce muy bien las dificultades que afrontan los refugiados y otras personas vulnerables. Aunque en muchos países imponer restricciones de confinamiento puede ayudar a frenar la propagación de la COVID-19, en los países más pobres esas medidas pueden tener menos efecto.

En la capital, Daca, millones de personas viven en barrios marginales; muchas subsisten día a día trabajando en la economía informal del país. Al igual que los campos de refugiados, estos barrios están densamente poblados, lo que expone a sus habitantes a una rápida propagación de enfermedades.

Alrededor del 90 % de los trabajadores, como los conductores de rickshaw o de furgonetas, dependen de la economía local para sobrevivir. Si no trabajan, no reciben ingresos, por lo que apenas tienen otra opción que salir a buscar el sustento e ignorar el confinamiento nacional.

Sin seguro médico ni protección social, las personas vulnerables no tienen una red de seguridad a la que recurrir. Para la gente de Bangladés, trabajar desde casa o solicitar prestaciones por desempleo, como ocurre en algunas economías desarrolladas, no son opciones reales.

«Así que, muchas veces, en países como el nuestro, donde no existen este tipo de protecciones sociales, si no se combina el confinamiento con apoyo o asistencia económica, no va a funcionar», explica Saleh.

«Tenemos que pensar en algo que funcione de verdad a nivel local», continúa, «para encontrar la mejor solución más allá de paralizar por completo la economía».

Hombres llevan bolsas de ayuda alimentaria en el campo de refugiados de Kakuma, en el norte de Kenia.Image: REUTERS/Baz Ratner

Es imposible mantener la distancia

Lejos de Bangladés, Mohammed Mahmoud también está preocupado por la amenaza que representa la pandemia de coronavirus. En busca de trabajo, dejó el campo de refugiados de Kakuma, en Kenia, y se trasladó a Nairobi, la capital del país. Aunque ha pasado toda su vida en Kenia, su condición de refugiado lo deja en una situación legal incierta.

Para Mohammed y sus vecinos, mantenerse a salvo en el abarrotado edificio donde viven es todo un reto. Como solo tienen acceso al agua una vez por semana, les resulta difícil seguir las recomendaciones sanitarias de lavarse las manos para frenar la propagación de la pandemia de coronavirus.

«La gente usa un solo baño. En una planta entera, hay 100 personas que utilizan ese único baño. ¿Cómo se puede mantener la higiene? La gente no tiene guantes. La gente no tiene jabón», dice.

Buscar trabajo implica evitar a las autoridades. Mohammed no tiene acceso a personal sanitario, así que enfermar y comunicarlo podría hacer que lo deportaran o encarcelaran. Vivir en condiciones de tanto hacinamiento también hace prácticamente imposible la cuarentena o el distanciamiento social, lo que agrava los peligros de la COVID-19 para el conjunto de la comunidad.

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Se agota el tiempo

El mensaje está claro, según David Miliband: se agota el tiempo para evitar una crisis humanitaria. Se han registrado casos de la enfermedad en algunos de los países más pobres del mundo, incluidos focos de conflicto como Siria y Afganistán, donde los sistemas sanitarios, en su mayoría, podrían verse desbordados rápidamente.

«Así que hablamos de cuestión de semanas antes de que esta enfermedad, si no se contiene, se vuelva realmente rampante», dice Miliband.

En un momento en que los gobiernos de todo el mundo están poniendo a disposición enormes paquetes de estímulo para apoyar a economías debilitadas, se está gastando dinero, dice, pero no en los países donde la enfermedad podría propagarse sin control.

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