Mientras la economía mundial entra en una crisis sin precedentes provocada por la pandemia de COVID-19, y los responsables políticos de Washington y de otras capitales mundiales preparan planes de estímulo fiscal récord, las partes interesadas deberían tener en cuenta una lección importante de la última crisis financiera, la de 2008: la recuperación solo es posible mediante una acción mundial coordinada.
Hace poco más de 10 años, cuando el mundo entraba en la Gran Recesión, las partes interesadas tuvieron que mirar muy atrás, hasta la Gran Depresión, en busca de orientación en materia de políticas. Si bien las medidas de la década de 1930 ofrecieron lecciones importantes para 2008, en particular la necesidad de ampliar la oferta monetaria, la economía de los años treinta era fundamentalmente distinta de la economía mundial de principios de este siglo.
Una lección de la Gran Recesión
Entre 1932 y 2008, el S&P 500 había crecido aproximadamente diez veces, el mercado laboral mundial había pasado de estar basado en gran medida en la agricultura a estar firmemente asentado en los sectores industrial y digital, y el sistema comercial mundial se había convertido en el fundamento de las economías nacionales. En comparación con los años treinta, las partes interesadas de 2008 operaban en un mundo interconectado con un sistema financiero global, por lo que se adentraban en gran medida en aguas inexploradas.
Si hay un aspecto positivo en la parte económica de la crisis que estamos viviendo hoy, es que el plazo relativamente corto entre 2008 y la actualidad hace que una de las medidas más trascendentales que adoptaron entonces los responsables políticos tenga gran relevancia. En particular, la lección de 2008 es que una economía globalizada requiere una solución global.
Hoy en día, las perspectivas económicas mundiales son sombrías, ya que la crisis del coronavirus ya está provocando una de las sacudidas más graves para el crecimiento mundial en un siglo. Las proyecciones indican que el segundo trimestre de 2020 será el peor trimestre en generaciones.
Aunque la magnitud de la crisis actual puede ser mayor y sus contornos, sin duda, diferentes de los de 2008 —en particular, nos enfrentamos a un choque de oferta, ya que los líderes, con razón, están adoptando medidas para impedir físicamente que las industrias funcionen—, lo cierto es que, por sus interconexiones, la economía actual es estructuralmente similar a la que existía hace algo más de una década.
Dado que la economía del periodo 2008 estaba tan interconectada, los analistas se referían a los préstamos subprime que desencadenaron la crisis como «contagios». Ese junio, tres meses antes del colapso de Lehman Brothers, dos economistas del Fondo Monetario Internacional compararon estas sacudidas con una «epidemia en la que un virus invisible infecta a muchas personas y comunidades». Estas palabras son dolorosamente acertadas para hoy.
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Conscientes de que las economías del mundo estaban entrelazadas, los responsables políticos adoptaron medidas sin precedentes. Cabe destacar que, en octubre de 2008, los principales bancos centrales de todo el mundo recortaron simultáneamente los tipos de interés. Y ante la amenaza de otra Gran Depresión, el Grupo de los 20 países más importantes se convirtió en un organismo poderoso y orientado a la acción, al reunir a jefes de Estado y de gobierno para coordinar una respuesta mundial a la crisis. Estas medidas fueron clave para evitar lo peor y reorientar la economía mundial hacia el crecimiento.
El comercio no debe ser un arma
A diferencia de hace una década, esta vez nos enfrentamos a un contagio real. Y a diferencia de hace una década, nos encontramos ante un mundo mucho más polarizado y con un «sistema inmunitario» económico más débil. La pandemia llega en un entorno mundial inestable, en el que las principales potencias económicas han utilizado el comercio como arma en lugar de como medio para la prosperidad compartida.
Las uniones de mercado que antes eran sólidas han sufrido fracturas. Y muchos países han abordado desafíos compartidos, como el cambio climático, desde la perspectiva de la competencia en lugar de la coordinación. Al mismo tiempo, la deuda mundial total ha alcanzado un máximo de 184 billones de dólares, más de 11 puntos porcentuales del PIB por encima de 2009. Esto ocurre antes de que se haya gastado el estímulo necesario.
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Pero, como hace una década, sería un error que los líderes creyeran que pueden responder solos a la crisis. Si bien el coronavirus exige el distanciamiento de las personas enfermas y, en algunos casos, el cierre de fronteras, estas medidas no pueden convertirse en recetas para nuestro bienestar económico a largo plazo. El comercio representa casi el 60 % del producto interior bruto mundial, y las economías nacionales no pueden prosperar en aislamiento.
A medida que el virus remita, los países deberán fortalecer juntos el comercio mundial y garantizar que aquellos países con menos reservas disponibles tengan los medios para recuperarse. Ojalá los líderes miren hacia atrás y aborden la recuperación con una actitud de coordinación.
Este artículo se publicó originalmente en USA Today.

