La COVID-19 agrava la desigualdad. Hagámosle frente con una visión a largo plazo

Women work in a garment factory, as factories reopened after the government has eased the restrictions amid concerns over the coronavirus disease (COVID-19) outbreak in Dhaka, Bangladesh, May 3, 2020. REUTERS/Mohammad Ponir Hossain - RC2WGG9QY1S6
Workers in the Bangladeshi garment industry face unemployment as foreign firms cut orders.Image: REUTERS/Mohammad Ponir Hossain
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  • Los grupos de bajos ingresos son los más afectados por las consecuencias económicas de la crisis del coronavirus.

  • La COVID-19 está reduciendo la capacidad y la disposición de las empresas para realizar inversiones estratégicas.

  • Las empresas y los gobiernos deben desplegar recursos que protejan a las personas y las economías para un Gran Reinicio por una senda más sostenible.

La pandemia de COVID-19 de 2020 y las respuestas sociales y económicas están agravando las desigualdades sociales y obstaculizando las inversiones estratégicas a largo plazo en sostenibilidad por parte de empresas y gobiernos. El próximo capítulo transdisciplinario de Misum (Mistra Center for Sustainable Markets), «Sostenibilidad, COVID-19 y cómo mantener la atención en el largo plazo», incluido en Sweden through the crisis, se centra en cómo la respuesta mundial a la pandemia ha ralentizado los avances hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible adoptados por las Naciones Unidas en 2015.

La COVID-19 y el aumento de las desigualdades sociales

En apenas unos meses desde el inicio de la crisis, las desigualdades de género y sociales están aumentando de forma visible por varias razones. En un estudio de los datos de consumo del Reino Unido,el economista Paolo Surico, de London Business School, y sus colegas informaron de que los grupos de bajos ingresos fueron los más afectados por las consecuencias económicas de la crisis. Una razón podría ser que las personas con ingresos altos y los empleados altamente cualificados parecen tener más posibilidades de trabajar desde casa que los trabajadores con bajos ingresos y poca cualificación. La pandemia también afecta de manera desproporcionada a las mujeres porque constituyen la mayoría del personal sanitario y de atención asistencial, que trabaja más horas y se enfrenta a un mayor riesgo de infección. La pandemia también está aumentando la desigualdad de oportunidades, ya que han cerrado escuelas y universidades que atienden al menos a 1.500 millones de estudiantes, según los datos más recientes de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Los estudios sobre la reciente epidemia de ébola en África occidental, entre 2014 y 2015, sugieren que los costos sanitarios y sociales de la pandemia de COVID-19 serán aún mayores en los mercados emergentes que en los países desarrollados. Una encuesta en Sierra Leonamostró que, durante la crisis del ébola, el sector informal no agrícola fue el más perjudicado, con una caída del 54 % de los ingresos; las empresarias se vieron especialmente afectadas. De manera similar, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) estimóque 5 millones de niños podrían haber perdido un año de escolarización debido a la crisis del ébola de 2014-2015. Muchos niños nunca vuelven a la escuela. Los hogares retiran a sus hijos de la escuela en respuesta a las crisis de ingresos, a veces para aumentar el nivel de trabajo infantil. Y, lo que es peor, la carga no se reparte por igual dentro de los hogares ni entre ellos.

En muchos contextos, las niñas soportan una parte mayor de los costos: por ejemplo, en Indonesia y Uganda, las crisis de ingresos afectan negativamente los resultados socioeconómicos, incluidos los logros educativos, solo entre las mujeres y las niñas. Las estimaciones de un distrito de Sierra Leona revelaron que el número de muertes durante el brote fue 3,4 veces mayor que el año anterior, y que el 42 % correspondió a niños menores de cinco años. De todas esas muertes, solo el 2 % se atribuyó al ébola.

Ya se observa una tendencia similar en India, donde, tras el brote de COVID-19, se han producido reducciones considerables en el uso de los servicios de salud infantil y materna. Las medidas seguras que alienten y permitan a la ciudadanía mantener las inversiones en salud pública, como la inmunización, la atención prenatal y otras necesidades sanitarias, deben seguir siendo prioritarias para reducir el número de muertes indirectas e innecesarias durante la pandemia. Se necesita un apoyo coordinado de la comunidad internacional para limitar el desarrollo de impactos socioeconómicos negativos como estos en los países de bajos ingresos.

La COVID-19 está asfixiando las inversiones estratégicas a largo plazo

Además del aumento de las desigualdades sociales, la pandemia ha dejado al descubierto las vulnerabilidades interconectadas de nuestro sistema económico. Prevemos que la COVID-19 tendrá efectos negativos en la transición hacia mercados más sostenibles al reducir la capacidad y la disposición de las empresas para realizar inversiones estratégicas.

La primera razón es el marco de la espiral de flujo de caja. Se trata de un mecanismo por el que la pandemia provoca una reducción sustancial de la demanda de los hogares, lo que hace que las empresas pierdan flujo de caja y puedan llegar a incumplir sus obligaciones; como consecuencia, los trabajadores pierden sus empleos, lo que reduce aún más la demanda de los hogares. La crisis de la COVID-19 también ha paralizado la producción (la oferta), lo que refuerza aún más esta espiral negativa de flujo de caja. Esto ya se observa en China —el primer país que ha experimentado el ciclo completo de la pandemia—, donde los fabricantes afrontan el doble impacto de las consecuencias del confinamiento y la posterior caída de la demanda de los clientes.

Un segundo mecanismo que puede reducir la disposición de incluso las empresas con abundante liquidez a invertir a largo plazo es el cortoplacismo. Los responsables de la toma de decisiones empresariales, a veces en respuesta a la presión de los inversores, dan prioridad a la gestión de crisis a corto plazo frente al valor a largo plazo. Pensemos, por ejemplo, en los más de 1 millón de trabajadores de la industria textil de Bangladesh que se enfrentan al desempleo cuando las empresas extranjeras reducen sus pedidos. Algunas de las grandes marcas (como H&M e Inditex, por mencionar algunas) que compran en Bangladesh una parte considerable de sus prendas aceptaron pagar a los proveedores los pedidos actuales, que quizá no puedan vender, para mantener sus estrechas relaciones con proveedores que esperan que sigan a su lado cuando remita la pandemia. En cambio, otros grandes compradores han cancelado pedidos ya terminados o en curso, y han dado prioridad a sus intereses a corto plazo a costa de las relaciones a largo plazo y la sostenibilidad.

La principal conclusión es que la COVID-19 plantea al menos dos desafíos importantes para la transición en curso hacia mercados más sostenibles: el aumento de la desigualdad y el abandono de las inversiones estratégicas en sostenibilidad. Priorizar únicamente los incendios más inmediatos frente a los que avanzan lentamente puede tener consecuencias devastadoras. Mientras las empresas y los gobiernos se apresuran a apagar las numerosas crisis inmediatas relacionadas con la pandemia de COVID-19, también necesitan con urgencia proteger y desplegar recursos que salvaguarden a las personas y las economías para un Gran Reinicio por una senda más sostenible.

Este artículo se basa en el trabajo de Misum (de próxima publicación), Sustainability, COVID-19 and staying focused on the longer term. En M. Carlsson-Wall et al. (eds.), Sweden through the crisis. Estocolmo: SIR, Stockholm School of Economics Institute for Research.

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