Osmel Martinez Azcue se sentía mal. Tras regresar recientemente a su casa en Florida desde China y presentar síntomas similares a los de la gripe, acudió a su hospital local para hacerse la prueba del coronavirus. Aunque el resultado fue negativo, a Azcue le han facturado $3,000; según su aseguradora, él deberá pagar $1,400.
Aunque las pruebas de coronavirus dirigidas por el Centro para el Control de Enfermedades en los laboratorios de salud pública no tienen coste en Estados Unidos, los costes adicionales y conexos que afrontan pacientes como Azcue, desde el transporte hasta las pruebas de otras cepas de gripe, sí permanecen. Como muestra la factura de Azcue, eso resulta caro incluso con seguro; para los estimados 27.5 millones de personas en Estados Unidos (el 8.5 % de la población) que se quedaron sin atención sanitaria en 2018, el coste individual de afrontar esta pandemia podría ser devastador.
El brote de coronavirus es un recordatorio contundente de la brecha que existe en los países sin sanidad universal, como Estados Unidos, entre quienes pueden permitirse la atención sanitaria y quienes no, y que pueden verse abocados a la pobreza extrema como consecuencia.
En Estados Unidos, también se han planteado preocupaciones sobre el acceso a una futura vacuna contra el coronavirus tras declarar el secretario de Salud y Servicios Humanos, Alex Azar, que no podía garantizar que fuera asequible para todos cuando estuviera disponible.

El 12 de marzo, África registró su primera muerte por coronavirus. El número de casos en el continente ha “aumentado vertiginosamente en la última semana”, según la BBC y crece la preocupación por las poblaciones de África y de los países más pobres del mundo, donde los sistemas sanitarios son más débiles.
“Nuestro mayor temor son los casos que surjan en barrios pobres y densamente poblados”, declaró el doctor Michel Yao, director del programa de gestión de operaciones de emergencia de la Oficina Regional de la OMS para África, a The Africa Report.
“En este tipo de situaciones, si los centros sanitarios no tienen la capacidad adecuada para tratar a los pacientes, el número de muertes podría ser considerable. Y lo que hace esto aún más crucial es que el coronavirus podría reducir nuestros recursos para tratar otras enfermedades, como la malaria, y para garantizar la atención a la maternidad y a la salud infantil.”
El acceso a la atención sanitaria y la capacidad de los sistemas de salud serán una preocupación aún mayor en este momento para quienes ya viven en la pobreza o sufren desigualdad de ingresos, sobre todo porque la pandemia aporta riesgos económicos adicionales para los trabajadores de bajos ingresos o con empleos más precarios.
Mientras empresas como Twitter, Facebook y Google han pedido a muchos empleados que trabajen de forma remota o desde casa, para millones de trabajadores de todo el mundo esta opción no existe.
“Si no trabajamos, no cobramos”, declaró Fina Kao, trabajadora de una tienda de donuts en San Francisco, a Time. Para Kao y otras personas cuyo trabajo depende del contacto con otras personas, para el 49 % de la población ocupada mundial que trabaja en el sector servicios, el temor a la exposición al virus es real, pero también lo es el temor a perder horas o el salario que tanto necesitan.
“De este modo, la propagación del coronavirus pone de manifiesto una brecha cada vez mayor en la economía estadounidense entre los trabajadores con estudios universitarios, cuyos empleos pueden desempeñarse desde cualquier lugar con un ordenador, y los trabajadores con menor formación, que cada vez encuentran más empleos que requieren contacto humano”, escribe Alana Semuels.
Los trabajadores de la economía de plataformas, como los repartidores de Deliveroo o los conductores de Uber, y los trabajadores autónomos no tienen derecho a la prestación legal por enfermedad. Sin embargo, pueden ser quienes reparten productos de primera necesidad a poblaciones cada vez más aisladas, poniendo en riesgo su propia salud por una remuneración escasa.
“Si me contagio, estoy perdido”, afirmó Shane Stephen, de 23 años, repartidor de Deliveroo, a The Guardian. “Los trabajadores de la economía de plataformas no pueden permitirse ponerse enfermos. Ahora mismo, mi saldo bancario es literalmente de unas 4 libras.”
En Estados Unidos, Lyft ha declarado que “proporcionará fondos a los conductores diagnosticados con COVID-19 o puestos en cuarentena”, según el Los Angeles Times. En el Reino Unido, una de las mayores empresas de reparto, con 15 000 mensajeros, Hermes ha confirmado que pagará a los mensajeros autónomos si se les indica que se aíslen por el coronavirus. Sin embargo, el Gobierno británico aún no ha extendido los cambios en la prestación legal por enfermedad para los trabajadores a los trabajadores autónomos.
El número de personas que trabajan en empleos presenciales con salarios bajos crece rápidamente en Estados Unidos. Entre ellos figuran el personal de restaurantes y comercios y los empleos de preparación de alimentos: puestos en empresas que dependen de que las personas y los clientes salgan de casa y gasten. Es probable que la pandemia de coronavirus golpee duramente a estas empresas; la realidad para sus empleados de bajos ingresos podría ser aún peor.

