Mientras no exista una vacunación universal contra el coronavirus, las restricciones más estrictas a la movilidad humana seguirán vigentes, quizá durante mucho tiempo, escriben los economistas Simon Johnson y Peter Boone.
Han quedado atrás los días de los viajes internacionales cortos o de los viajes largos que recorren varios países.
A primera vista, la COVID-19 parecía una experiencia global compartida, tanto en cuanto a la incidencia de la enfermedad como a la respuesta de los países. Pero ahora ha quedado claro que los países divergen significativamente en cuanto a estrategia y resultados. Esto significa que, a medida que el mundo sale de los confinamientos, entrará en otra fase difícil: los cierres que limitan severamente los viajes internacionales.
El turismo, el comercio y los viajes en general nunca volverán a ser los mismos. La pauta completa sigue sin estar clara, pero es probable que los cierres frenen la recuperación económica mundial y provoquen otra ronda de crisis, al menos en las pequeñas economías insulares que dependen de visitantes internacionales de estancia corta.
Hoy en día, las estrategias nacionales frente a la COVID-19 pueden agruparse, en líneas generales, en tres categorías: erradicación, inmunidad de rebaño y supresión del coronavirus hasta que se descubra una vacuna o cura.
La erradicación es lo más difícil de lograr. Nueva Zelanda afirma haberlo conseguido; y Australia aspira a hacer lo mismo. Este enfoque es más probable que tenga éxito en zonas prístinas y relativamente remotas, como el territorio canadiense septentrional de Nunavut, que actualmente no registra casos notificados.
En cambio, algunos países acabarán –por diversos motivos– con lo que los epidemiólogos llaman “inmunidad de rebaño.” En estos lugares, un número suficiente de personas se infectará y sobrevivirá –y, se espera, adquirirá cierto grado de inmunidad– de modo que la enfermedad ya no podrá propagarse como un reguero de pólvora.
Los tecnócratas suecos parecen haber optado por buscar la inmunidad de rebaño para su país. Las comunicaciones oficiales de Japón han sido menos claras, pero el confinamiento limitado –y el fracaso del rastreo de contactos en algunos contextos – sugiere que la inmunidad de rebaño se producirá. El presidente de Brasil denomina este mismo enfoque “aislamiento vertical.” India, gran parte de África, Asia, Oriente Medio y América Latina parecen seguir un camino similar. Si la tasa básica de reproducción (el ahora omnipresente R0, que mide la capacidad de contagio) es 2,5, entonces probablemente el 60 % de la población de estos países deberá contraer la enfermedad antes de que se establezca la inmunidad de rebaño. Si R0 es mayor, más personas deberán infectarse y sobrevivir para que se produzca la inmunidad de rebaño. En cualquier caso, presumiblemente todavía quedan por llegar miles de millones de nuevas infecciones.
La tercera categoría comprende los países que, aunque no pueden erradicar la enfermedad, se esfuerzan por suprimir los brotes durante el mayor tiempo posible. Estos países, que incluyen Estados Unidos, la mayor parte de Canadá y Europa (salvo Suecia), se encuentran en una situación difícil. Aunque han reducido el número de nuevos casos mediante confinamientos indiscriminados, ya han reducido la actividad económica entre un 10 % y un 25 %, y ahora se enfrentan a una larga lucha para suprimir R0.
Corea del Sur y China demuestran que, con cooperación social y celo autoritario, los países pueden identificar con rapidez a los recién infectados, rastrear a todos sus contactos y poner en cuarentena a los expuestos hasta que el peligro de la enfermedad haya pasado. Estos métodos se están intentando, pero es mucho menos probable que tengan éxito de forma exhaustiva en Estados Unidos y otros países desarrollados, debido a la desigualdad en el acceso a la atención sanitaria, la confianza dispar en las autoridades y las amplias diferencias de renta. Algunos residentes se mostrarán reacios a notificar síntomas por temor a perder ingresos, a que se les separe de sus hijos o a tener que pagar costes sanitarios elevados. Los focos de la enfermedad subirán y bajarán.
¿Cómo afecta esto a la movilidad mundial y a las economías nacionales?
Consideremos la mítica isla de New Cookland. Tras haber erradicado la COVID-19, los residentes de la isla ven ahora –con razón– a los “forasteros” como un posible caballo de Troya. Quienes lleguen en avión serán probablemente recibidos por agentes con trajes de materiales peligrosos, que los conducirán a zonas de cuarentena especiales, donde todos los recién llegados deberán esperar a que transcurra el periodo de incubación del virus y, después, ser sometidos a una prueba. Se requiere un resultado negativo para entrar en el país, y quienes den positivo permanecerán en cuarentena durante otros 15 días. Estas restricciones e incertidumbres harán que viajar hacia y desde New Cookland resulte poco atractivo.
En el mundo real, todos los países que intentan suprimir R0 impondrán restricciones similares a las llegadas internacionales. Sus normas de cuarentena, autoaislamiento y pruebas serán igual de onerosas que las de New Cookland.
En cambio, los países que buscan establecer la inmunidad de rebaño no temerán a los visitantes extranjeros. Los suecos estarán encantados de invitarnos a entrar, incluso para estancias cortas. Pero si se invitan a sí mismos a otros países, eso no complacerá a los erradicadores y supresores, que temerán a las personas con “inmunidad de rebaño”. Después de todo, la inmunidad de rebaño no erradica la enfermedad, simplemente implica que habrá menos casos y poco riesgo de epidemia, pero solo en lugares donde se haya establecido una inmunidad suficiente.
Han quedado atrás los días de los viajes internacionales cortos o de los viajes largos que recorren varios países. Todos temeremos que un resultado positivo falso en una prueba nos lleve a una cuarentena innecesaria de 15 días. La esterilización de la carga y otros envíos será igualmente difícil, sobre todo para la mercancía que llegue a países erradicadores como New Cookland.
Las pruebas que establezcan la presencia de anticuerpos podrían acabar permitiendo cierta relajación de las restricciones de viaje, según el grado de inmunidad que se determine que confiere la infección previa. Pero, en ausencia de vacunación universal, presumiblemente las restricciones más estrictas a la movilidad humana seguirán vigentes, quizá durante mucho tiempo.


