La pandemia de coronavirus ha trastocado la vida normal.
Una psicóloga explica cómo la COVID-19 está cambiando nuestro comportamiento, especialmente nuestra mayor conexión emocional con los desconocidos y nuestro sentido de comunidad.
Además de atacar los sistemas inmunitarios, la COVID-19 ha alterado gravemente todos los aspectos de la sociedad. Ha modificado la forma en que trabajamos, jugamos, aprendemos, hacemos ejercicio, compramos, practicamos el culto y nos relacionamos socialmente. La respuesta oficial en muchos países ha sido un mensaje urgente: para contribuir al bien social, debemos adaptar nuestra forma de vivir.
¿Cómo está afrontando la gente estos cambios en el estilo de vida? Al fin y al cabo, los seres humanos generalmente no están bien dispuestos a los cambios radicales en sus rutinas. Sin duda, existe un límite para el tiempo que la gente aceptará restricciones de comportamiento sin precedentes en aras del bien de la sociedad por encima de sus necesidades personales. La psicología puede ofrecer algunas claves sobre lo que probablemente está ocurriendo.
Por supuesto, hasta ahora no todo el mundo ha cumplido las instrucciones del gobierno. Quienes toman el sol, los bebedores, los aficionados a la barbacoa y los futbolistas han atraído la atención de la policía y de los medios de comunicación.
Pero estos casos no deberían sorprender. Como dice el refrán, “Dios los cría y ellos se juntan”: las personas tienen un fuerte impulso de pasar tiempo en proximidad física unas con otras.
También son naturalmente reacias a romper los vínculos sociales porque son una motivación humana fundamental, y las investigaciones nos dicen que las personas se aferran desesperadamente a estos vínculos y a los grupos de pertenencia que los sustentan porque benefician nuestra salud psicológica.
Conflicto mental
Por eso, resistirse a la tentación de mantener el contacto social cara a cara no es tan fácil como algunos podrían pensar. Romper los lazos con nuestros grupos sociales puede hacernos sentir soledad, lo que a su vez puede aumentar la probabilidad de depresión, hipertensión y muerte por enfermedad cardiaca.
Como resultado, muchas personas en confinamiento están experimentando lo que los psicólogos denominan “disonancia cognitiva”, que se produce en situaciones en las que las personas experimentan malestar mental por tener pensamientos y sentimientos contrapuestos.
En este momento, nadie desea realmente estar confinado, porque puede hacer que uno se sienta aislado. La disonancia psicológica entre lo que podríamos pensar (que cumplir el confinamiento es una buena idea) y lo que sentimos (soledad) es una realidad flagrante. Sabemos que las personas intentarán de forma natural reducir la disonancia para mantener su bienestar mental.
Por ejemplo, hemos visto a personas que se esfuerzan por hacer frente a la disonancia psicológica de diferentes maneras. Se han producido manifestaciones masivas en Estados Unidos, y en otros lugares negaciones de la pandemia y países que afirman estar libres de virus.
Pero, en su mayoría, la gente ha afrontado la situación adaptándose a nuevas formas de vida, en gran parte con la ayuda de la tecnología moderna. Hemos visto una gran variedad de eventos sociales virtuales, como concursos de preguntas en pubs, clases de baile y grupos de apoyo a la lactancia, así como sesiones de ejercicio compartidas e incluso el uso de robots para ayudar a las personas vulnerables a conectar con los demás.
Cohesión y unión
La historia nos dice que la sociedad puede cohesionarse socialmente en tiempos de crisis, y el coronavirus está presentando a la sociedad un formidable enemigo común que no distingue entre rojos y azules. Y las investigaciones sugieren que, ante una amenaza común, un sentido compartido de unión puede llevar a las personas a dejar de lado sus diferencias y responder colectivamente a los desafíos a los que se enfrentan.
La retórica de algunos líderes políticos ha tratado de aprovechar este poder de la unión, animándonos a pensar menos en nuestros propios intereses y más en los de los demás. El canciller británico Rishi Sunak comentó: “Queremos mirar atrás a este tiempo y recordar cómo, ante un momento que define a una generación, emprendimos un esfuerzo nacional colectivo y nos mantuvimos unidos.”
Del mismo modo, la reina habló de su esperanza de que “en los años venideros todos puedan sentirse orgullosos de cómo respondieron a este desafío”.
Sabemos que los líderes que invocan un sentido de visión compartida y unión son más capaces de unir a las personas en torno a un propósito colectivo, especialmente frente a la adversidad. El discurso de Martin Luther King Jr. “Tengo un sueño” es un ejemplo famoso.
Mi investigación actual explora por qué las personas están motivadas colectivamente para cooperar de forma solidaria. En este momento, la motivación social para ayudar, compartir, donar y hacer voluntariado nunca ha sido tan importante.

En momentos de crisis, los estudios sugieren que un sentido compartido de “sentimiento de nosotros”, es decir, una conexión emocional mutua con los demás, es fundamental para motivar una acción prosocial masiva. Los sentimientos de cercanía pueden dar lugar a una afinidad compartida y a una preocupación por el bienestar de los demás. Así, las personas que se sienten parte de una comunidad cohesionada pueden forjar una poderosa identidad compartida entre sí al atender a quienes lo necesitan.
A pesar de las dificultades, muchos de nosotros hemos encontrado formas de satisfacer (en parte) nuestra necesidad humana de conexión social y emocional. Hemos encontrado formas innovadoras de comunicarnos a distancia con otras personas, y hemos sido testigos de un alentador sentido de comunidad y de un nuevo énfasis en la necesidad colectiva. En nuestros intentos por afrontar una nueva forma de vida, quizá estemos cambiando sin saberlo el modelo de cómo viviremos nuestras vidas en el futuro.
