A medida que se relajan las medidas de confinamiento, crece el nivel de preocupación por una posible “segunda ola” de infecciones.
Jeremy Rossman, experto en virología de la Universidad de Kent, explica que, a diferencia de la gripe, no existe evidencia de un efecto de estacionalidad en la COVID-19.
Todavía no estamos entre oleadas, ya que el virus sigue transmitiéndose, pero nuestras acciones pueden ayudarnos a mantenerlo a raya.
El confinamiento se está relajando. La gente vuelve al trabajo y las tiendas levantan sus persianas. Pero no disponemos de vacuna y estamos lejos de conseguir la inmunidad colectiva – por lo que esta nueva libertad está teñida de miedo: miedo a una segunda oleada de infecciones.
Efectivamente, la gente ya habla de una “segunda ola” que azota a China e Irán. Pero el concepto de segunda ola es erróneo y crea peligrosas ideas equivocadas sobre la pandemia.
La idea de una segunda ola surge de la errónea comparación con la estacionalidad del virus de la gripe.
Al inicio de la pandemia, muchos expertos analizaron las similitudes entre el SARS-CoV-2 y el virus de la gripe. Ambos son virus que causan infecciones respiratorias, en su mayoría leves. La gripe también es la causa de la mayoría de las pandemias recientes anteriores. Por estas similitudes, era tentador suponer que la COVID-19 se comportaría de forma similar a una pandemia de gripe. Sin embargo, se trata de virus muy distintos, con comportamientos muy diferentes.
La COVID-19 tiene una tasa de letalidad mucho mayor en comparación con la gripe, junto con una tasa mucho más alta de hospitalizaciones e infecciones graves. Además, la gripe es un virus estacional. Cada año observamos casos de gripe que comienzan a inicios del otoño, aumentan durante el invierno y luego disminuyen al acercarse el verano. Esto se repite cada año, de modo que, si surge una nueva cepa de gripe, probablemente tendríamos una primera oleada de infecciones durante el invierno y la primavera, y luego el virus volvería en una segunda oleada en el otoño e invierno del año siguiente.
La pandemia más grave jamás registrada fue la llamada gripe española. Durante esta pandemia, el virus infectó el hemisferio norte durante la primavera de 1918, disminuyó algo durante el verano de 1918 y luego regresó con mayor fuerza en el otoño de 1918. Es tentador especular que la COVID-19 disminuirá o desaparecerá durante el verano, solo para reaparecer cuando hace más frío. Pero no sabemos si la COVID-19 es un virus estacional.

La gripe tiene una menor transmisión en verano debido a la combinación de mayor humedad, más radiación ultravioleta y a que las personas pasan menos tiempo en interiores, cerca unas de otras. Algunos de estos factores también podrían afectar a la COVID-19, pero realmente no sabemos en qué medida.
Incluso si los factores estacionales afectan a la transmisión de la COVID-19, la propagación de un nuevo virus en una población sin inmunidad anulará cualquier influencia de los factores estacionales. El virus de la pandemia de gripe porcina de 2009 y el virus de la pandemia de 1918 eran virus nuevos frente a los que las personas no tenían inmunidad. Como resultado, el virus no desapareció en verano, aunque la transmisión se redujo algo. Por lo tanto, no podemos esperar que la COVID-19 se comporte como un virus estacional que disminuya durante el verano solo para regresar con una segunda oleada en otoño.
La primera oleada no ha terminado
Aparte de la estacionalidad, hay otra razón por la que la idea de una segunda ola es errónea. El concepto de segunda ola implica que es algo inevitable, algo intrínseco a la forma en que se comporta el virus. Desaparece por un tiempo y luego regresa con más fuerza. Pero esta idea no tiene en cuenta la importancia de las acciones preventivas continuas y nos presenta como indefensos y a merced de este patógeno.
Nos encontramos no entre oleadas. Tenemos nuevos casos en el Reino Unido cada día. Estamos en un vaivén de transmisión de la COVID-19 que se ve afectado continuamente por nuestras medidas preventivas.
Relajar las precauciones provocará un aumento de casos. Esta es la nueva normalidad y lo que cabe esperar hasta que dispongamos de una vacuna eficaz con una adopción significativa por parte de la población. Hasta entonces, debemos depender de nuestras acciones para mantener los casos bajos, tanto ahora como en otoño.
El concepto de segunda ola presenta la pandemia como una fuerza de la naturaleza que está fuera de nuestro control. Pero tenemos pruebas de muchos países de que un sólido sistema de salud pública (que incluya pruebas generalizadas, rastreo de contactos, aislamiento y apoyo sanitario), combinado con la participación pública en comportamientos seguros (uso de mascarillas, mantenimiento de la distancia física y lavado de manos), es altamente eficaz para reducir al mínimo la transmisión de la COVID-19.
No estamos a merced del virus, ahora ni en el futuro. Es una noticia esperanzadora, pero pone la responsabilidad en todos nosotros. Debemos seguir luchando, pero al hacerlo no deberíamos temer una segunda oleada inevitable.

