De la peste negra al coronavirus: lo que no hemos aprendido de la historia

People wear protective masks in a subway tunnel during evening rush hour in Beijing as the country is hit by the outbreak of the novel coronavirus in Beijing, China, March 10, 2020. REUTERS/Thomas Peter
Misinformation has always accompanied disease outbreaks.Image: REUTERS/Thomas Peter
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  • A mediados del siglo XIV, la peste negra mató hasta al 50 % de la población de Europa.

  • La cifra actual de muertes por COVID-19 supera las 3.000 en todo el mundo.

  • 700 años después de la peste negra, la propagación de la desinformación y la xenofobia presenta marcadas similitudes.

Aunque algunos medios de comunicación han empezado a referirse al brote del nuevo coronavirus como una «plaga moderna», la amenaza de la COVID-19 sigue siendo insignificante en comparación con los brotes históricos de peste. El último informe de la Organización Mundial de la Salud cifra en poco más de 3.000 las muertes por coronavirus en todo el mundo, mientras que la peste negra causó la muerte de entre el 30 y el 50 % de la población de Europa, según las estimaciones a mediados del siglo XIV. La similitud más inquietante entre ambas no reside en las enfermedades en sí, sino en sus consecuencias sociales. Entonces, como ahora, se culpó a ciertos grupos étnicos de los brotes.

Hasta donde sabemos, la peste negra se originó en China o cerca de China. Luego siguió las rutas de peregrinación por todo Oriente Medio, hasta llegar a Europa por las rutas comerciales procedentes de Italia. Al igual que con el coronavirus, los brotes de peste llevaron a imponer la cuarentena de los hogares infectados y a crear equipos especializados que vigilaban y controlaban los contagios.

La forma en que afrontamos los brotes de enfermedades ha cambiado drásticamente en los últimos cientos de años.Image: Wellcome Collection, CC BY

Pero la similitud más alarmante entre ambos episodios es la reacción de la población. Durante la peste negra del siglo XIV, las comunidades judías parecían morir en menor número que sus vecinos cristianos. Muchos lo vieron como prueba de que los judíos propagaban la enfermedad deliberadamente al envenenar pozos, ríos y manantiales. Como resultado, los judíos de toda Europa fueron torturados y asesinados.

Durante brotes posteriores, entre finales del siglo XVI y principios del XVII, ese temor se dirigió rápidamente contra todos los forasteros. Por ejemplo, una proclama emitida durante el reinado de Isabel I establecía que los forasteros que desearan entrar en la ciudad solo podían hacerlo si tenían un «certificado especial», un documento reservado normalmente a los más ricos.

Hoy, los asiáticos de todo el mundo son blanco de ataques racistas y xenófobos. Los negocios del barrio chino de Londres han informado de una caída del comercio, y atribuyen a la difusión de «noticias falsas» el aumento del temor a comer comida asiática. En Roma, una cafetería cerca de la Fontana di Trevi ha prohibido la entrada a «todas las personas procedentes de China». En Bolivia, tres turistas japoneses fueron puestos en cuarentena en un hospital, pese a no haber viajado nunca a China ni presentar síntomas de la infección.

Desinformación y «noticias falsas»

Ahora sabemos que la peste bubónica —causante de la peste negra en el siglo XIV— se transmitió a los seres humanos a través de pulgas portadoras de la bacteria Yersinia pestis. Una vez que la enfermedad llegaba al sistema respiratorio, podía transmitirse de una persona a otra al toser o estornudar.

Pero las explicaciones populares de la rápida propagación de la peste iban desde el castigo divino por los pecados colectivos hasta la alineación de los astros. Otras interpretaciones se centraban en la propagación de malos olores o «miasmas» como origen de la infección, o en un desequilibrio de los delicados «cuatro humores» del cuerpo.

En realidad, la mayoría de las personas no podía hacer nada para detener el avance de la peste. La única medida eficaz era huir de las zonas infectadas. Esto dejaba atrás a quienes eran demasiado pobres para huir. Su única esperanza era esperar a que hubiera medidas preventivas y tratamientos más accesibles, aunque esos remedios a menudo eran comparables a las «noticias falsas».

Lamentablemente, cientos de años después parece que estamos repitiendo los mismos errores. En el clima actual de ansiedad y miedo, la desinformación se propaga tan rápido como el propio virus. Recientemente se ha informado de que el coronavirus se originó por una filtración accidental de un arma biológica creada por el Gobierno chino. En las redes sociales, se han establecido vínculos entre el virus y las redes 5G, y un popular grupo de Facebook sostiene que el virus es un «encubrimiento» de enfermedades relacionadas con el 5G. Los medios de comunicación también siguen exagerando las tasas de mortalidad: un comentarista de derechas afirmó que la cifra de muertes superaba las 100.000.

Como reflejo de las primeras reacciones ante los brotes de peste, buena parte de lo que la Organización Mundial de la Salud denomina «infodemia» está encontrando terreno fértil entre grupos que ya tenían prejuicios contra las comunidades asiáticas. Por eso, sería un error suponer que los brotes de enfermedades epidémicas generan reacciones racistas y xenófobas. Las tensiones existían entre las comunidades judía y cristiana mucho antes del brote de la peste negra, y el sentimiento antichino existía mucho antes del brote de coronavirus. El coronavirus simplemente ha actuado como catalizador para la propagación de creencias racistas y xenófobas ya existentes.

Pero si la historia de las enfermedades epidémicas nos ha enseñado algo, es que debemos resistir el deseo de interpretar la enfermedad desde un marco moral. Nuestro deseo, aparentemente instintivo, de buscar chivos expiatorios provoca inevitablemente una epidemia de desinformación más potente que el propio virus. Mientras el coronavirus sigue propagándose, las lecciones del pasado siguen siendo una herramienta importante para prevenir nuevos ataques racistas y xenófobos.

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