Es 2019 y, para muchos, el desastre nuclear de Fukushima Daiichi se ha convertido en un recuerdo lejano. En Occidente, se considera que el suceso ha quedado atrás. Se han auditado las normas de seguridad y se han abordado oficialmente las preocupaciones sobre la seguridad y la viabilidad del sector.
Aun así, la fecha sigue siendo traumática. Nos recuerda nuestra fragilidad ante las fuerzas abrumadoras de la naturaleza y aquellas que nosotros mismos desatamos. Una vasta zona de Japón quedó contaminada, decenas de miles de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares y los negocios cerraron. Las centrales nucleares del país se desconectaron temporalmente y el consumo de combustibles fósiles aumentó drásticamente para compensarlo.
También queda mucho trabajo por hacer. El desmantelamiento y la descontaminación llevarán varias décadas y aún quedan muchos desafíos sin precedentes. Los reactores siguen enfriándose, hay que retirar el combustible gastado y tratar el agua radiactiva. No se pueden ignorar las mediciones de radiactividad en el lugar, que preocupan a las más de 6.000 personas que trabajan allí. Aun así, el riesgo de radiación podría ser secundario ante el riesgo persistente de terremotos y tsunamis.
Sorprendentemente, para muchos japoneses el desastre tiene otra connotación: se considera que dio inicio a un renacimiento.
Reconstruir el mundo
Nuestro equipo de investigación tomó conciencia de la necesidad de reevaluar nuestras ideas sobre el desastre nuclear de Fukushima Daiichi durante una visita en marzo de 2017. Al recorrer el lugar, descubrimos una intensa actividad: un sitio donde se está construyendo una nueva relación entre el ser humano, la naturaleza y la tecnología. El entorno es completamente artificial: se ha erradicado toda la vegetación y las colinas vecinas están cubiertas de hormigón. Sin embargo, en el corazón de este paisaje de otro mundo hay cerezos, y estaban en plena floración. Intrigados, preguntamos al ingeniero que nos acompañaba por qué seguían allí. Su respuesta fue fascinante. No se retirarán los árboles, aunque bloqueen las rutas de acceso para los equipos de descontaminación.
Los cerezos tienen muchos significados para los japoneses. Desde la antigüedad se han asociado con 気 (ki, o fuerza vital) y, en cierto sentido, reflejan la idea japonesa del tiempo como una reinvención interminable. Un ejemplo llamativo es que en Occidente exponemos objetos en museos, excluyéndolos para siempre de la vida cotidiana. En Japón ocurre lo contrario. Por ejemplo, los tesoros que componen la colección Shōsō-in solo se exponen una vez al año y el propósito no es representar el pasado, sino mostrar que estos objetos siguen formando parte del presente. Otro ejemplo es el Museo Meiji-mura, adonde se han trasladado más de 60 edificios de la era Meiji (1868-1912). La idea de una reinvención continua se manifiesta en edificios que han conservado su función original: los visitantes pueden enviar una postal desde una oficina de correos de 1909 o viajar en una locomotora de vapor de 1897.
Podemos comprender mejor la relación entre esta percepción del tiempo y los acontecimientos de Fukushima Daiichi si volvemos a los orígenes de la industria de la energía nuclear del país. La primera instalación fue un reactor Magnox británico, que estuvo en funcionamiento de 1966 a 1998. En 1971, la construcción del primer reactor de agua en ebullición del país estuvo supervisada por la empresa estadounidense General Electric. Estos ejemplos muestran que, para Japón, la energía nuclear es una tecnología que viene de otros lugares.
Cuando el terremoto y el tsunami de Tōhoku azotaron Japón en 2011, la incapacidad del país para hacer frente a los acontecimientos que se desarrollaban en la central nuclear de Fukushima Daiichi dejó al mundo atónito. Ocho años después, para los japoneses lo que debe resucitar es el alma de la nación. No mediante la rehabilitación de un objeto «extranjero» defectuoso, sino creando nuevas tecnologías «fabricadas en Japón». Este simbolismo no solo alude al trabajo que lleva a cabo la operadora de la central, Tokyo Electric Power Company (TEPCO), sino que también refleja la sociedad japonesa.

El cerezo milagroso
Desde 2012, la organización japonesa de medios públicos NHK organiza el concurso fotográfico «Cerezo de Fukushima» para simbolizar la reconstrucción nacional. El «Proyecto Sakura» de Yumiko Nishimoto tiene la misma ambición. Antes del desastre de Fukushima, Nishimoto vivía en la cercana localidad de Naraha. Su familia fue evacuada y ella solo pudo regresar en 2013. Una vez en casa, lanzó una campaña nacional para recaudar donaciones con las que plantar 20.000 cerezos a lo largo de los 200 kilómetros de costa de la prefectura. Según Nishimoto, el objetivo del proyecto de 10 años es simplemente devolver la esperanza a la población y la «determinación de crear una comunidad». La idea cautivó la imaginación del país y alrededor de mil voluntarios acudieron a plantar los primeros árboles.
Más recientemente, el cerezo «Miharu Takizakura» ha acaparado los titulares. Tiene más de 1.000 años y crece en tierras contaminadas por el accidente; su presencia se considera un milagro y atrae a decenas de miles de visitantes. El mismo sentimiento se plasma en el relevo de la antorcha olímpica, que partirá de Fukushima el 26 de marzo de 2020 para recorrer las prefecturas japonesas durante 121 días, en la temporada de floración de los cerezos.
¿Fukushima, la otra cara de Chernóbil?
Esta percepción marcadamente japonesa de Fukushima contrasta con la interpretación occidental y sugiere que debemos volver a examinar los vínculos entre Fukushima y Chernóbil. Muchos vieron el desastre de Fukushima como el gemelo de Chernóbil: otro ejemplo del «mal» radiactivo, producto de la arrogancia industrial que había cavado la tumba de la Unión Soviética.
En 1986, el reactor de Chernóbil, dañado de forma catastrófica, quedó encerrado en un sarcófago y la zona circundante fue declarada zona de exclusión. Concebido como una estructura temporal, el sarcófago quedó a su vez cubierto en 2017 por el «Nuevo Confinamiento Seguro», una estructura monumental diseñada para mantener seguro el emplazamiento durante 100 años. Este ataúd en el desierto sigue aterrorizando a una población a la que se le dice regularmente que marca el amanecer de una nueva era de seguridad.

A nivel institucional, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) respondió a Chernóbil con el concepto de «cultura de la seguridad». La idea era resolver de una vez por todas la cuestión de la seguridad de las centrales nucleares. En este caso, el accidente de Fukushima tuvo poco impacto: se dañaron infraestructuras, las lecciones aprendidas se incorporaron a las normas de seguridad y se aprobaron resoluciones para dar el asunto por zanjado. Al final, el desastre no tuvo nada de extraordinario: no fue más que una desviación de los procedimientos estándar establecidos tras Chernóbil. Para el OIEA, el caso está cerrado. Lo mismo se aplica al sector nuclear en su conjunto, donde la actividad se ha reanudado más o menos como de costumbre.
En cierta medida, Japón se ha alineado con estas ideas. El país está mejorando el cumplimiento de las normas internacionales y aumentó su contribución a la labor del OIEA en materia de respuesta a terremotos. Pero esta idea occidental del tiempo lineal choca con la propia comprensión japonesa del marco del desastre. Para muchos japoneses, los acontecimientos siguen desarrollándose.
Mientras que Chernóbil aceleró el colapso de la Unión Soviética, Fukushima Daiichi se ha convertido en un escaparate para el Gobierno japonés. La idea de una reinvención continua se extiende a toda la región mediante una política de repoblación. Aunque es muy controvertido, este enfoque contrasta claramente con Chernóbil, que sigue aislado y abandonado.
También hay diferencias en las explicaciones de las causas del accidente: el OIEA concluyó que se debió a una falta de cultura de la seguridad; es decir, deficiencias organizativas provocaron una serie de consecuencias inevitables que podrían haberse previsto. En cambio, los científicos japoneses trazaron una analogía con los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial o atribuyeron el accidente a características del pueblo japonés.
Antes de descartar esas conclusiones como irracionales, es esencial volver a pensar en el significado del desastre de Fukushima.


