¿Se ha preguntado alguna vez por qué el presidente del Banco Mundial siempre parece ser estadounidense? Sorprendentemente, desde su fundación en 1946, todos y cada uno de los presidentes del Banco Mundial han sido ciudadanos estadounidenses. ¿Y qué hay del Fondo Monetario Internacional (FMI)? Desde 1946, sus once directores gerentes han sido europeos; cinco procedían de Francia, incluidos cuatro de los últimos seis.
¿El Programa Mundial de Alimentos? Sus últimos cinco directores ejecutivos han sido estadounidenses. ¿El Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz de la ONU? Sus últimos cinco responsables han sido franceses. ¿Y qué hay del máximo responsable humanitario del mundo, el coordinador del Socorro de Emergencia de la ONU? Sus tres últimos titulares (pronto serán cuatro) han sido británicos. ¿Y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados? Desde la década de 1970, todos han procedido de Europa, Estados Unidos o Japón.
Estas son las instituciones que deben supervisar el enfoque mundial del desarrollo global y la respuesta a las crisis. Muchas de ellas, incluidas las instituciones de «Bretton Woods» —el Banco Mundial y el FMI—, se crearon tras la Segunda Guerra Mundial como fundamento de un nuevo orden mundial estable y próspero. Pero llevanmucho tiempo siendo criticadaspor estar desfasadas y desconectadas de la realidad: una prolongación de la arquitectura política del siglo XX y de la ideología occidental. A la luz de las pruebas que tenemos ante nosotros, es difícil no estar de acuerdo.
Sin duda, los líderes implicados tienen las mejores intenciones y unas credenciales impecables. Y la vida, por supuesto, no es justa: sería poco realista esperar una meritocracia global perfecta. Pero los hechos sobre el liderazgo de estas instituciones son contundentes. Al parecer, los puestos más altos se han repartido entre miembros de las naciones consolidadas, en un reparto que sigue pareciendo neocolonial.
Sin duda, ha llegado la hora de dejar atrás este enfoque anticuado. Las instituciones que siguen siendo distantes, jerárquicas y uniformes están menos preparadas para comprender y atender las necesidades de las personas, así como las soluciones que estas aportan. La falta de diversidad de perspectivas y enfoques frena la flexibilidad y la innovación, dos elementos esenciales en tiempos de cambios acelerados. Si todos los líderes proceden de entornos similares, es menos probable que aporten ideas nuevas o mejoren el orden establecido.
Vivimos en un mundo cada vez más multipolar. Las relaciones geopolíticas están cambiando, surgen nuevas potencias y las antiguas se ven sacudidas por terremotos políticos, como lo han demostrado recientemente en Occidente la elección del presidente Trump, el Brexit y el auge de la política populista y los sentimientos nativistas. Ahora más que nunca, en este periodo de grandes cambios y fluidez, está claro que debemos reformar nuestro sistema mundial para adaptarlo a nuestros tiempos.
Y vaya tiempos que vivimos. El organismo de la ONU para los refugiados acaba de publicar susúltimas cifras sobre los desplazamientos en todo el mundo, que ya superan los 65 millones de personas. La duración media del desplazamiento es de 22 años, el lapso de una generación. Más de 21 millones de estas personas desplazadas son refugiadas, y más del 80 % encuentra refugio en países en desarrollo.
Aunque la reforma integral del sistema internacional de desarrollo y acción humanitaria supone un reto tan enorme que puede parecer abrumador,se necesitan reformas importantes. Debemos empezar por algún lado. ¿Y por qué no por el liderazgo de algunas de las instituciones clave que están en primera línea de la construcción de un mundo más estable y próspero?
China es, con mucha diferencia, el mayorinversor en África, además de su principal socio comercial y el tercer mayor donante bilateral (después de Estados Unidos y los Emiratos Árabes Unidos). China también está poniendo en marcha una serie de enormes proyectos de infraestructura como parte de su iniciativa «Un cinturón, una ruta» que, cuando se despliegue, abarcará 68 países y llegará a más de 4.000 millones de personas, empequeñeciendo el Plan Marshall que reconstruyó Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial. Sin duda, ha llegado la hora de alentar y respaldar el liderazgo chino en estas instituciones internacionales, aprovechando nuevas ideas y conocimientos, junto con perspectivas alternativas a las de Occidente.
En undiscurso recientesobre las «sociedades compartidas», la primera ministra británica, Theresa May, expuso su ambición de combatir la injusticia mediante el apoyo a las comunidades, las redes locales y la cohesión social. También destacó la necesidad de construir una meritocracia en la que el lugar de nacimiento no determine los logros de cada persona.
Mientras busca un papel global para una Gran Bretaña posterior al Brexit —una «Gran Bretaña global»—, la primera ministra haría bien en aplicar estos principios a nuestras acciones internacionales. Esto debería incluir el apoyo a una mayor diversidad en el liderazgo de instituciones mundiales como la ONU, el FMI y el Banco Mundial. Con demasiada frecuencia se tiende a simplificar en exceso mediante relatos de «norte-sur» o «sur-sur», que pasan por alto el mundo complejo e interconectado en el que vivimos.
Tampoco deben pasarse por alto las ONG internacionales. Aunque muchas quizá tengan, efectivamente, un liderazgo más diverso que la mayoría de las instituciones mundiales, seguimos teniendo muy pocos altos cargos procedentes del mundo en desarrollo o de comunidades afectadas por crisis.
Ya hay algunos primeros indicios de mejora. Por ejemplo, a partir del 1 de julio, la Organización Mundial de la Salud estará dirigida por primera vezpor una persona etíope. Esto es un avance, pero queda mucho por hacer. La exclusión de personas ajenas al club establecido de los puestos de liderazgo mundial no es un problema nuevo, pero, si nos tomamos en serio la mejora de la gobernanza mundial y la transparencia —y la lucha contra ladesigualdad de oportunidadesque alimenta tanta turbulencia e inestabilidad en el mundo—, ya no podemos limitarnos a hablar de inclusión. También debemos llevarla a la práctica.



