Se conoce como la «paradoja de la privacidad»: la gente dice que quiere proteger la privacidad de sus datos en línea, pero a menudo hace poco para mantenerlos a salvo.
¿Por qué?
Nosotros proponemos que se debe a que a la gente le resulta difícil sentir que los datos le pertenecen; y tendemos a no proteger aquello que no sentimos nuestro. Se trata de una cuestión de propiedad psicológica, no legal, que explica mejor por qué cuidamos las cosas que llamamos «mías».
Ser dueño de los datos no es como ser dueño de un coche. Si alguien usara tu coche, se lo alquilara a otras personas o lo robara, te darías cuenta. Y te importaría. Pero nuestros datos pueden usarse, revenderse o robarse sin nuestro permiso, sin que apenas nos demos cuenta ni nos preocupemos demasiado por ello.
Nos resulta difícil reivindicar la propiedad de los datos y atribuirles valor. Nos cuesta sentir que nos pertenecen porque ejercemos menos control sobre ellos, los conocemos menos íntimamente y hemos invertido menos en ellos, dado que son intangibles, invisibles y complejos.
Difíciles de reivindicar
La intangibilidad de los datos hace que nos resulte difícil reivindicar su propiedad.
A diferencia de los objetos, los datos pueden ser utilizados por más de una persona a la vez. Es difícil saber si somos los únicos que reivindicamos su propiedad y también impedir que otros lo hagan. Además, a diferencia de los objetos, el uso repetido no deteriora ni deja huella en los datos. Como se pueden copiar fácilmente, no nos quitan nada físicamente. Ni siquiera podemos sentir si están recopilando nuestros datos. Esto menoscaba nuestra capacidad para reivindicar su propiedad e impedir que nos los arrebaten.
Difíciles de valorar
Por lo general, solo poseemos y protegemos las cosas que tienen valor o significado. Sin embargo, los consumidores no saben cuánto valen realmente sus datos personales. En parte, se debe a que aquello que se obtiene en grandes volúmenes suele considerarse de poco valor. Y, salvo excepciones como el nombre o la fecha de nacimiento, los datos tienen poco valor por sí solos. Solo adquieren valor cuando se combinan con otros datos, propios o ajenos. Esto puede ocurrir mediante la elaboración de perfiles.
Este enmascaramiento del valor se acentúa porque los permisos de las aplicaciones suelen solicitar conjuntos de datos, como «todos los contactos», en vez de contactos concretos y significativos, como «el número de teléfono de tu madre». Como los consumidores suelen atribuir a los datos concretos un valor similar al de los conjuntos de datos, no ven el valor que tiene ceder los datos de cientos de contactos.
Difícil atribuir la propiedad
La atribución es fundamental en los procesos de propiedad. Cuanto más consideramos que alguien es quien creó los datos mediante su trabajo, más le atribuimos su propiedad.
Incluso cuando la información está bien especificada, los consumidores no saben con certeza hasta qué punto los datos son realmente suyos. Pero la mayoría de los datos no están bien especificados. Como cualquier materia prima, los datos en bruto —por ejemplo, la edad— son intrínsecamente maleables. Sin que lo sepamos, otra persona puede transformarlos, combinarlos y manipularlos para crear elementos valiosos mediante su trabajo. Por eso resulta difícil determinar de quién son realmente los datos.
Además, algunos datos personales son de propiedad compartida. Por ejemplo, los datos de las compras en línea pertenecen tanto a quien compra como al comercio minorista.
Las características de los datos también socavan los procesos por los que debemos pasar para sentir que algo nos pertenece, a saber: el control, el conocimiento íntimo y la inversión personal.
Falta de control
Nos resulta difícil controlar nuestros datos porque son invisibles, intangibles y cada vez más diversos. Por ejemplo, los parámetros corporales, la información sobre nuestra ubicación, las fotos y los contactos son datos que se generan como subproducto de nuestra vida. No podemos controlarlos sin cambiar nuestra forma de vivir.
Los datos personales son tan complejos y abarcan tanto que escapan a nuestra capacidad de comprenderlos. Esto supone otra barrera fundamental para la experiencia de control.
Falta de conocimiento íntimo
Como los datos personales nos conciernen, parece obvio que deberíamos conocerlos bien. Pero no es así. Los datos personales proceden de muchas fuentes poco perceptibles, como los dispositivos conectados, que los recopilan de forma pasiva. En gran medida, los datos son invisibles y no nos recuerdan insistentemente que existen. Esto nos impide conocerlos íntimamente. Y, lo que es peor, más del 90 % de nosotros no entiende del todo los permisos diseñados para explicar la recopilación de datos y ampliar nuestro conocimiento.
Falta de inversión personal
Otra consecuencia de que los datos sean un subproducto de nuestra existencia es que apenas tenemos que esforzarnos para generarlos. Por ejemplo, producimos datos de ubicación tanto si queremos como si no. Puede que las fotos requieran cierto esfuerzo por nuestra parte, pero representan una pequeña proporción de nuestros datos.
La paradoja de la privacidad existe porque los datos personales son posesiones difíciles de considerar propias y de proteger.
Facilitar la reivindicación de la propiedad de los datos mediante descargas, como Facebook ha empezado a permitir recientemente, o darles valor y atribuir su propiedad mediante el pago por los datos puede darnos más control, conocimiento e incentivo para invertir en ellos.



