Cómo la globalización sin control perjudica a las comunidades

Disused advertising boards for news papers are left against the shutters of a closed down news agent's shop in London, Britain, August 29, 2016. REUTERS/Russell Boyce - D1BETYFMXHAB
Outsourcing can have a detrimental knock-on effect for local communities.Image: REUTERS/Russell Boyce
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«Familias estables, buenos empleos, escuelas sólidas, espacios públicos seguros y abundantes, y orgullo por las culturas y la historia locales: estos son los elementos esenciales de las sociedades prósperas. Ni los mercados globales ni el Estado nación pueden proporcionarlos adecuadamente, y a veces los mercados y los Estados los socavan».

La economía enseña que el bienestar de una persona se mide por la cantidad y variedad de bienes que puede consumir. A su vez, las posibilidades de consumo se maximizan dando a las empresas la libertad que necesitan para aprovechar las nuevas tecnologías, la división del trabajo, las economías de escala y la movilidad. El consumo es el objetivo; la producción, el medio para alcanzarlo. Los mercados, y no las comunidades, son la unidad y el objeto de análisis.

Nadie puede negar que esta visión de la economía centrada en el consumidor y el mercado ha dado muchos frutos. La deslumbrante variedad de bienes de consumo disponible en las grandes superficies o las tiendas Apple de cualquier gran ciudad del mundo habría sido inimaginable hace apenas una generación.

Pero está claro que, entretanto, algo ha salido mal. Las divisiones económicas y sociales dentro de nuestras sociedades han provocado una reacción generalizada en una amplia variedad de contextos: desde Estados Unidos, Italia y Alemania, en el mundo desarrollado, hasta países en desarrollo como Filipinas y Brasil. Esta agitación política sugiere que las prioridades de los economistas quizá no hayan sido del todo acertadas.

Dos libros, uno de próxima publicación de Raghuram Rajan y otro publicado este mes por Oren Cass, revisan nuestra visión economista del mundo y sostienen que, en cambio, deberíamos poner en primer plano la salud de nuestras comunidades locales. Familias estables, buenos empleos, escuelas sólidas, espacios públicos seguros y abundantes, y orgullo por las culturas y la historia locales: estos son los elementos esenciales de las sociedades prósperas. Ni los mercados globales ni el Estado nación pueden proporcionarlos adecuadamente, y a veces los mercados y los Estados los socavan.

Los autores parten de perspectivas distintas. Rajan es economista de la Universidad de Chicago y exgobernador del Banco de la Reserva de la India. Cass trabaja en el Manhattan Institute for Policy Research, de tendencia centro-derechista, y fue director de política interna de la campaña presidencial del republicano Mitt Romney. No necesariamente cabría esperar que un economista de Chicago o un republicano moderado mirara con escepticismo los mercados y la hiperglobalización. Sin embargo, a ambos les preocupan los efectos que observan en las comunidades.

Rajan considera que la comunidad es el «tercer pilar» de la prosperidad, tan importante como los otros dos: el Estado y el mercado. Escribe que, al igual que un poder estatal excesivamente centralizado, la globalización sin control puede desgarrar el tejido de las comunidades locales. Cass afirma claramente que la política comercial y migratoria de Estados Unidos debería centrarse, ante todo, en los trabajadores estadounidenses. Esto significa garantizar que los mercados laborales locales sean sólidos y que haya muchos empleos buenos con salarios dignos. Ambos autores destacan los beneficios del comercio y rechazan el proteccionismo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Pero coinciden en que quizá hayamos ido demasiado lejos con la hiperglobalización y prestado muy poca atención a sus costes para las comunidades.

Cuando cierra una fábrica local porque una empresa ha decidido subcontratar a un proveedor al otro lado de la frontera, se pierde mucho más que los cientos (o miles) de empleos que se trasladan al extranjero. El impacto se multiplica al reducirse el gasto en bienes y servicios locales, lo que hace que trabajadores y empleadores de toda la economía local sufran las consecuencias. También disminuyen los ingresos fiscales del gobierno local, por lo que hay menos dinero para educación y otros servicios públicos. A menudo vienen después la anomia, la desintegración familiar, la adicción a los opioides y otros males sociales.

La respuesta habitual de los economistas es pedir «mayor flexibilidad del mercado laboral»: los trabajadores simplemente deberían abandonar las zonas deprimidas y buscar empleo en otro lugar. Pero, como nos recuerda Cass, la movilidad geográfica debe ir acompañada de «la oportunidad de quedarse». Incluso en épocas de migración considerable, la mayoría de la población local se quedó y necesitaba buenos empleos y comunidades sólidas.

Como alternativa, los economistas podrían recomendar compensar a quienes salen perdiendo con el cambio económico mediante transferencias sociales y otras prestaciones. Dejando de lado la viabilidad de esas transferencias, es dudoso que sean la solución. El desempleo socavará el bienestar individual y comunitario aunque se sostengan los niveles de consumo mediante ayudas en efectivo.

En última instancia, las comunidades locales solo pueden revitalizarse creando y ampliando empleos bien remunerados. La propuesta de Cass consiste en fomentar el empleo mediante subsidios salariales. Rajan destaca el papel de los líderes locales, capaces de movilizar los recursos de la comunidad, promover la participación social de los residentes y crear una nueva imagen, todo ello en el contexto de políticas estatales más favorables y una globalización gestionada.

Otros economistas han propugnado programas de apoyo a la industria manufacturera dirigidos a regiones específicas, que fomentan las alianzas entre empleadores locales y universidades. Otros recomiendan el gasto público local, por ejemplo en programas de formación laboral para pequeñas y medianas empresas.

No sabemos con certeza qué funciona mejor, y será necesario experimentar bastante con las políticas para avanzar. La urgencia de actuar aumenta porque las tendencias tecnológicas actuales amenazan con agravar los problemas que ya afrontan las comunidades. Las nuevas tecnologías digitales suelen presentar economías de escala y efectos de red, que concentran la producción en lugar de localizarla. En vez de distribuir los beneficios, crean mercados en los que el ganador se lo lleva todo. La globalización de las redes de producción amplifica aún más estos efectos.

La forma en que equilibremos estas fuerzas con las necesidades de las comunidades determinará no solo nuestra prosperidad económica, sino también nuestro entorno social y político. Como muestran Cass y Rajan, es un problema que los economistas ya no deberían ignorar.

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