El economista John Williamson, que acuñó el término «Consenso de Washington», falleció en abril de 2021 a los 83 años.
Los debates económicos en la Sudáfrica posterior al apartheid estuvieron marcados por las ideas de Williamson.
Mientras la desigualdad sigue aumentando y nos enfrentamos al desafío de reconstruir mejor tras la pandemia, podemos mirar a Sudáfrica en busca de un nuevo consenso mundial basado en la justicia económica y la prosperidad compartida.
Dos años antes de asumir el cargo como primer presidente de una Sudáfrica democrática, al intervenir en la Reunión Anual de 1992 del Foro Económico Mundial en Davos, Nelson Mandela pidió “una ofensiva mundial en favor del desarrollo, la prosperidad y la supervivencia humana”. Al exponer su visión de una economía posapartheid inminente, habló en términos que habrían resultado atractivos para la ortodoxia de la época. El nuevo régimen daría paso a una economía mixta con la ambición de elevar los niveles de inversión y productividad.
Al conmemorar el fallecimiento del economista John Williamson, quien acuñó el término «Consenso de Washington», merece la pena reflexionar sobre una nueva sociedad que surgió en una época moldeada por las nociones populares de lo que Williamson quiso decir. Los debates económicos sudafricanos estuvieron marcados por ese conjunto de ideas y siguen haciendo referencia a él.

¿Qué es el Consenso de Washington?
En su artículo fundamental publicado en 1990, Williamson tenía en mente América Latina. Su objetivo era esbozar un “conjunto deseable de reformas de política económica” para hacer frente a la crisis de deuda que vivía entonces la región.
Williamson presentó un conjunto de 10 instrumentos de política, que pronto empezaron a tratarse como mandamientos en ciertos ámbitos:
déficits presupuestarios reducidos
gasto fiscal motivado por rendimientos económicos y no políticos
impuestos más bajos sobre una base impositiva más amplia
liberalización financiera
un tipo de cambio competitivo
liberalización comercial
promoción de la inversión extranjera directa (IED)
privatización de empresas estatales
reforma regulatoria procompetitiva
derechos de propiedad seguros
Pero no se pretendía que fuera una receta económica que se siguiera al pie de la letra, como argumentó Williamson en años posteriores.
Hay dos formas en que se ha llegado a entender el Consenso de Washington, según escribió Williamson en La extraña historia del Consenso de Washington, publicado en 2004.
En una variante de interpretación, el consenso es una forma abreviada de referirse a las políticas de las instituciones de Bretton Woods al promover la reforma económica en todo el mundo.
Sin embargo, existen diferencias entre la lista de Williamson y los consejos de política que impartieron estos organismos. En particular, Williamson abogó por la liberalización de la IED, no por la liberalización de los flujos financieros a corto plazo ni de las salidas de capital. En cuanto a los tipos de cambio, las instituciones financieras internacionales tendían a instar a los países a elegir claramente entre un tipo de cambio “puramente” flotante o uno fijado mediante una paridad, mientras que Williamson quería que las monedas se gestionaran activamente hacia un nivel competitivo. Por último, los organismos de Bretton Woods prestaban mucha mayor atención a las instituciones y la gobernanza, algo que Williamson no hacía.
La otra forma de entender el Consenso de Washington es equipararlo con el neoliberalismo o el fundamentalismo de mercado: “Considero esto una perversión totalmente objetable del significado original”, escribió Williamson en 2004.
El Consenso de Washington y la Sudáfrica posterior al apartheid
En Sudáfrica, el gobierno dirigido por el ANC eliminó rápidamente las barreras arancelarias, suprimió la intervención estatal y la regulación de precios en mercados como el agrícola, eliminó las subvenciones industriales en los parques industriales de la era del apartheid y liberalizó gradualmente los flujos de capital. Sin embargo, esta combinación de políticas respondía a la necesidad de desmantelar la desigualdad racial, proteger los derechos laborales y combatir la concentración del mercado y las conductas poco competitivas. Se introdujo un régimen de tributación progresiva para extender la protección social a los pobres negros, quienes habían quedado en gran medida excluidos del generoso Estado de bienestar que hasta entonces estaba reservado exclusivamente a los blancos. La orientación de la política económica posapartheid se inspiró en el espíritu del Ubuntu, según el cual realizamos nuestra humanidad al defender la humanidad de los demás. En esta visión del mundo, el Estado tiene la obligación de emplear todos los medios para promover una economía inclusiva basada en la prosperidad compartida.
Para las empresas de propiedad blanca, encabezadas por conglomerados que habían crecido y se habían fortalecido bajo el apartheid, la agenda de liberalización y disciplina de mercado se convirtió en un grito de guerra. Preocupadas por los derechos de propiedad y ansiosas por invertir en los mercados globales, las empresas se envolvieron en el discurso de la liberalización, la privatización y la desregulación. El respaldo que el Estado del apartheid había prestado a intereses en la minería, la agricultura, la energía y la industria básica –por ejemplo, mediante la supresión de los salarios de los negros y generosas subvenciones industriales– fue rápidamente olvidado.

La izquierda, incluidos los sindicatos aliados al ANC, acusó al gobierno de seguir el Consenso de Washington (a la de los mandamientos) en exceso. Desde esta perspectiva, el gobierno avanzaba de una manera que no respaldaba los objetivos de la lucha por la liberación ni abordaba las aterradoras realidades económicas sobre el terreno.
Los resultados económicos de los primeros años fueron alentadores. Las tres destacadas agencias globales de calificación crediticia habían situado a Sudáfrica en grado de inversión para 2007. Un sólido crecimiento de la economía mundial, un auge de las materias primas impulsado por China, el ascenso del consumidor negro sudafricano y el creciente prestigio como referente continental impulsaron este éxito inicial.
Sin embargo, cuando el mercado de materias primas se enfrió y la crisis financiera ensombreció la economía mundial, quedaron claros los límites de aquel éxito inicial. El desempleo se mantuvo elevado, la pobreza volvió a repuntar y el nivel de desigualdad es uno de los más altos del mundo. Aunque Sudáfrica nunca fue un caso de estudio del Consenso de Washington tal como se entiende popularmente, hay una mayor valoración de aquellos mismos aspectos que Williamson buscó incorporar a su agenda en años posteriores, como la importancia de las instituciones y la idea de que “el objetivo de la política económica no debería formularse solo como aumentar la tasa de crecimiento…sino que los gobiernos también deberían reconocer que importa profundamente quién obtiene un aumento de ingresos”.
Un nuevo consenso mundial nacido en Sudáfrica
En todo el mundo, la desigualdad ha aumentado. La defensa de la desregulación y la globalización es objeto de una intensa controversia. Los males de la desindustrialización no solo se sienten en las comunidades de Johannesburgo, sino que también han cobrado su precio en el Cinturón del Óxido estadounidense y en la antigua Gran Bretaña industrial.
De hecho, mientras el mundo lucha por cómo reconstruir mejor, el Plan de Reconstrucción y Recuperación Económica anunciado por el presidente Cyril Ramaphosa tiene como objetivo la transformación estructural de la economía hacia una economía digitalmente habilitada y progresivamente más verde, con vínculos más profundos con su continente de origen y con el resto del mundo. Un pilar clave de esta agenda es la (re)construcción de las capacidades institucionales del Estado y el desarrollo de conocimientos en toda la sociedad para respaldar esa transformación económica. Las medidas para combatir la exclusión económica de quienes han sido relegados a los márgenes de la economía –mujeres, jóvenes, personas negras– constituyen un elemento central de los esfuerzos de reconstrucción.
En sus esfuerzos de política económica, Sudáfrica, un microcosmos del mundo, alberga las semillas de un consenso mundial inspirado en el Ubuntu y basado en la justicia económica y la prosperidad compartida.
El autor es miembro de la Red de Expertos.


