Vea nuestra sesión sobre Gran Bretaña y la UE: el camino a seguir, de la Reunión Anual de este año aquí.
Gracias, profesor Schwab, por esta presentación, y gracias por invitarme a hablar aquí esta mañana en el Foro Económico Mundial.
Esta es una organización que, como dice la primera línea de su declaración de misión, está comprometida con «mejorar el estado del mundo». Quienes nos reunimos aquí somos todos —por instinto y por perspectiva— optimistas que creemos en el poder de la cooperación entre los sectores público y privado para hacer que el mundo del mañana sea mejor que el de hoy. Y todos compartimos la convicción de que ese mundo se construirá sobre los cimientos del libre comercio, la asociación y la globalización.
Sin embargo, fuera de este recinto, se están poniendo en cuestión esas fuerzas positivas que tan a menudo damos por sentadas.
Las fuerzas del liberalismo, el libre comercio y la globalización, que han tenido —y siguen teniendo— un impacto abrumadoramente positivo en nuestro mundo, que han impulsado niveles sin precedentes de riqueza y oportunidades, que han sacado de la pobreza a millones de personas en todo el mundo, que han acercado a las naciones, derribado barreras y mejorado el nivel de vida y las opciones de los consumidores, fuerzas que sustentan el sistema internacional basado en normas, clave para nuestra prosperidad y seguridad globales, corren de algún modo el riesgo de verse socavadas.
Y mientras nos reunimos aquí esta mañana, en toda Europa, partidos de extrema izquierda y extrema derecha buscan aprovechar esta oportunidad y reunir apoyos alimentándose de una sensación subyacente y profundamente arraigada entre algunas personas —a menudo quienes perciben ingresos modestos o bajos y viven en países relativamente ricos de Occidente— de que estas fuerzas no están trabajando en su beneficio.
Y esos partidos —que abrazan la política de la división y la desesperanza; que ofrecen respuestas fáciles; que afirman comprender los problemas de la gente y siempre saben a quién y a qué culpar— se alimentan también de otra cosa: de la sensación entre la ciudadanía de que los líderes políticos y empresariales tradicionales llevan demasiado tiempo sin comprender sus legítimas preocupaciones.
Esta mañana quiero presentar un manifiesto de cambio que responda a estas preocupaciones y demuestre que la política tradicional puede ofrecer el cambio que la gente necesita.
Quiero mostrar cómo, adoptando un nuevo enfoque que aproveche lo bueno de lo que funciona y cambie lo que no, podemos mantener —y, de hecho, aumentar— el apoyo al sistema internacional basado en normas.
Y quiero explicar cómo, al hacerlo, el Reino Unido —un país que tantas veces ha estado a la vanguardia del cambio económico y social— asumirá un nuevo papel de liderazgo como el más firme y enérgico defensor de las empresas, los mercados libres y el libre comercio en todo el mundo.

Brexit
Porque esa es la oportunidad única que tiene ahora Gran Bretaña.
Les hablo esta mañana como primera ministra de un país que mira al futuro con confianza.
Hace poco más de 6 meses, millones de mis conciudadanos desafiaron los pronósticos y votaron, con determinación y serena resolución, por abandonar la Unión Europea y abrirse al mundo.
No subestimemos la magnitud de esa decisión. Significa que Gran Bretaña debe afrontar un período de cambios trascendentales. Significa que debemos atravesar una negociación difícil y forjarnos un nuevo papel en el mundo. Significa aceptar que el camino por delante será a veces incierto, pero creer que conduce a un futuro más prometedor para los hijos y también los nietos de nuestro país.
Así que, aunque al pueblo británico le habría resultado fácil rehuir ese camino, fijó la mirada en ese futuro más prometedor y eligió, en cambio, una senda audaz y ambiciosa.
Eligió construir una Gran Bretaña verdaderamente global.
Sé que esta decisión, así como las demás razones que llevaron a Gran Bretaña a tomarla, no siempre se comprenden bien en el ámbito internacional, especialmente entre nuestros amigos y aliados de Europa. Algunos de nuestros socios europeos sienten que les hemos dado la espalda. Y sé que muchos temen lo que nuestra decisión significa para el futuro de la propia UE.
Pero, como dije en mi discurso de principios de esta semana, nuestra decisión de abandonar la Unión Europea no fue un rechazo a nuestros amigos de Europa, con quienes compartimos intereses y valores comunes y muchas otras cosas. No fue un intento de distanciarnos de ellos ni de poner fin a la cooperación que ha contribuido a mantener nuestro continente seguro y fuerte.
Tampoco fue un intento de socavar a la propia Unión Europea. Sigue siendo de un interés nacional abrumador y evidente para Gran Bretaña que la UE, como organización, tenga éxito.
Fue simplemente un voto para restablecer, desde nuestra perspectiva, la democracia parlamentaria y la autodeterminación nacional. Un voto para recuperar el control y tomar nuestras propias decisiones.
Y, fundamentalmente, para ser aún más globales e internacionalistas, tanto en nuestras acciones como en nuestro espíritu.
Porque eso es lo que somos como nación. La historia y la cultura de Gran Bretaña son profundamente internacionalistas.
Somos un país europeo y estamos orgullosos de nuestro patrimonio europeo compartido, pero también somos un país que siempre ha mirado más allá de Europa, hacia el mundo en general.
Por eso somos uno de los países con mayor diversidad racial de Europa, uno de los miembros más multiculturales de la Unión Europea, y por eso —hablemos de India, Pakistán, Bangladés, Estados Unidos, Australia, Canadá, Nueva Zelanda, países de África y Asia, o de los más cercanos, en Europa— tantos de nosotros tenemos amigos íntimos y familiares en todo el mundo.
Y por eso somos, por instinto, una gran nación comercial de alcance mundial que busca comerciar con países no solo de Europa, sino también de fuera de Europa.
Así pues, en el centro del plan que expuse a principios de esta semana está la determinación de negociar un acuerdo de libre comercio audaz y ambicioso entre el Reino Unido y la Unión Europea. Pero, además, buscamos la libertad de firmar nuevos acuerdos comerciales con viejos amigos y nuevos aliados en todo el mundo.
Me complace que ya hayamos iniciado conversaciones sobre futuras relaciones comerciales con países como Australia, Nueva Zelanda e India. Países como China, Brasil y los Estados del Golfo ya han expresado su interés en firmar acuerdos comerciales con nosotros.
Por eso, como dije en mi discurso del martes, quiero que el Reino Unido salga de este período de cambio convertido en una Gran Bretaña verdaderamente global: el mejor amigo y vecino de nuestros socios europeos, pero también un país que se extiende más allá de las fronteras de Europa; un país que sale al mundo para forjar relaciones tanto con viejos amigos como con nuevos aliados.
Y eso es exactamente lo que vamos a hacer.
Gran Bretaña global
Volveremos a ser un país seguro de sí mismo y dueño de su propio destino.
Y precisamente por eso estaremos en condiciones de desempeñar este papel global.
Porque un país que controla su destino está más capacitado, y no menos, para desempeñar plenamente su papel en el sostenimiento y el fortalecimiento del sistema multilateral basado en normas
Gran Bretaña no es menos británica por ser un centro de inversión extranjera. De hecho, nuestro mayor fabricante, Tata, es indio; y no hay nada más británico que un Jaguar o un Land Rover.
Gran Bretaña no es menos británica por ser el hogar de personas de todo el mundo. De hecho, gran parte de nuestra fortaleza proviene de nuestra diversidad: somos una democracia multirracial, multiétnica y multiconfesional, y estamos orgullosos de ello.
Y Gran Bretaña no es menos británica por haber liderado durante muchos años el camino en organizaciones multilaterales como la ONU, la OTAN, el FMI y el Banco Mundial.
La pertenencia a estos organismos amplía la capacidad de todos sus miembros para promover los bienes comunes de la paz, la prosperidad y la seguridad.
Creo firmemente en un orden mundial basado en normas. La creación, a mediados del siglo XX, de las instituciones que lo hacen posible fue un cimiento fundamental de gran parte de la paz y la prosperidad crecientes que el mundo ha disfrutado desde entonces. Y la trágica historia de la primera mitad del siglo pasado nos recuerda el costo de la ausencia de esas instituciones.
La larga lista de desatinos de aquella época contiene errores que nunca debemos olvidar ni repetir.
Por eso debemos defender las instituciones que permiten a las naciones del mundo trabajar juntas.
Y debemos seguir promoviendo la cooperación internacional siempre que podamos.
Un ejemplo de ello es la esclavitud moderna, un flagelo de nuestro mundo que solo podremos derrotar si trabajamos juntos, cambiamos actitudes, erradicamos prácticas tan abominables y procesamos a quienes las perpetran.
Por eso, este año en Davos he convocado un debate en un panel de alto nivel para continuar nuestro esfuerzo coordinado por salvar las muchas vidas que, trágicamente, están siendo arrebatadas.
La cooperación internacional es vital. Pero nunca debemos olvidar que nuestra primera responsabilidad como gobiernos es servir a la ciudadanía. Y creo firmemente que nosotros —gobiernos, instituciones internacionales, empresas y particulares— debemos hacer más para responder a las preocupaciones de quienes sienten que el mundo moderno los ha dejado atrás.

Reforma económica
Por eso, en Gran Bretaña hemos emprendido un ambicioso programa de reforma económica y social que busca garantizar que, mientras construimos esta Gran Bretaña global, podamos llevar a la gente con nosotros. Un programa que busca demostrar cómo una Gran Bretaña fuerte en el exterior puede ser una Gran Bretaña mejor en casa.
Porque hablar de una mayor globalización puede infundir temor. Para muchos, significa que sus empleos se trasladan al extranjero y que sus salarios se reducen. Significa tener que quedarse de brazos cruzados mientras ven cómo cambian sus comunidades.
Y, a su juicio, significa ver cómo quienes prosperan parecen regirse por un conjunto distinto de normas, mientras que para muchos la vida sigue siendo una lucha: logran salir adelante, pero no necesariamente progresar.
Y estas tensiones y diferencias quedan cada vez más expuestas y se explotan mediante la expansión de las nuevas tecnologías y el crecimiento de las redes sociales.
Pero si queremos defender los mercados libres, el libre comercio y la globalización, como debemos hacerlo, quienes creemos en ellos debemos afrontar y atender las preocupaciones de la gente.
Y debemos trabajar juntos para diseñar nuevas políticas y enfoques que demuestren su capacidad de beneficiar a todas las personas de nuestros respectivos países.
Creo que este desafío exige un nuevo enfoque por parte del gobierno. Y también requiere un nuevo enfoque por parte de las empresas.
Para el gobierno, esto significa no limitarse a dar un paso atrás y, como lleva tantos años sosteniendo la ortodoxia dominante en muchos países, no limitarse a apartarse del camino. No basta con dejar que las empresas hagan su trabajo y suponer que los problemas se resolverán por sí solos.
Significa asumir un nuevo papel activo que respalde a las empresas y garantice que más personas, en todos los rincones del país, compartan los beneficios de su éxito.
Y para las empresas, significa hacer aún más para extender esos beneficios a más personas. Significa respetar las mismas normas que los demás en materia de impuestos y conducta, porque en el Reino Unido la confianza en las empresas es de apenas el 35 % entre las personas de los tramos de ingresos más bajos. Y significa dejar de lado las consideraciones a corto plazo e invertir en las personas y las comunidades a largo plazo.
Sé que la gran mayoría de las empresas ya hace todo esto. No solo creando empleo, apoyando a las pequeñas empresas y formando y desarrollando a las personas, sino también esforzándose por devolver algo a las comunidades y apoyar a la próxima generación.
Las empresas grandes y pequeñas son la columna vertebral de nuestras economías, y la iniciativa empresarial es el motor de nuestra prosperidad. Por eso Gran Bretaña está —y siempre estará— abierta a los negocios: abierta a la inversión en nuestras empresas, infraestructuras, universidades y emprendedores; abierta a quienes quieran comprar nuestros bienes y servicios; y abierta al talento y las oportunidades, desde las artes hasta la tecnología, y desde las finanzas hasta la industria manufacturera.
Pero, al mismo tiempo que promovemos esta apertura, debemos prestar atención a la sensación subyacente de que algunas empresas, sobre todo las de alcance mundial, se rigen por normas distintas de las que se aplican a la gente trabajadora corriente.
Por eso es esencial que las empresas demuestren liderazgo. Que muestren que, en este mundo globalizado, todos se rigen por las mismas normas y que los beneficios del éxito económico están al alcance de toda la ciudadanía.
Este trabajo es absolutamente crucial si queremos mantener el apoyo público a una economía globalizada y a las empresas que operan en ella.
Por eso he hablado tanto de que nuestro país alcance estándares aún más altos de gobierno corporativo, para ayudar a convertir al Reino Unido en el mejor lugar para invertir entre las principales economías.
Eso implica varias cosas.
Significa que las empresas paguen la parte justa de impuestos que les corresponde, reconozcan sus obligaciones y deberes con sus empleados y cadenas de suministro, y comercien de manera adecuada; que inviertan de verdad en las comunidades y naciones donde operan y formen parte de ellas, respetando las responsabilidades que ello conlleva; y que todos demos pasos para abordar la remuneración de los ejecutivos y su rendición de cuentas ante los accionistas.
Y por eso celebro el «Pacto para un liderazgo receptivo y responsable» del Foro Económico Mundial, que se pide a las empresas que suscriban en esta conferencia.
Este cambio —establecer normas claras para las empresas y, al mismo tiempo, abrazar el liberalismo y el libre comercio que les permiten prosperar— nos permitirá preservar el bien supremo que representa una economía globalizada.
No me cabe ninguna duda del papel vital que desempeñan las empresas, no solo en la vida económica de una nación, sino también en la sociedad. Pero para responder a esa sensación de ansiedad que siente la gente, creo que nosotros —empresas y gobierno trabajando juntos— debemos hacer aún más para defender este argumento.
Por eso, en Gran Bretaña estamos desarrollando una nueva Estrategia Industrial Moderna. En los últimos años, el término «estrategia industrial» ha caído en cierto descrédito, pero creo que una estrategia así —que aborde las debilidades estructurales y de larga data de nuestra economía— es esencial si queremos promover los beneficios de los mercados libres y el libre comercio, como deseamos.
Nuestra estrategia no consiste en mantener a flote industrias en declive ni en elegir ganadores, sino en crear las condiciones para que puedan surgir y crecer. Consiste en respaldar a esos ganadores en cada etapa para alentarlos a invertir en el futuro a largo plazo de Gran Bretaña.
Y en generar empleo y crecimiento económico en todas las comunidades y rincones del país.
No podemos dejar todo esto únicamente en manos de las fuerzas de los mercados internacionales ni limitarnos a confiar en un aumento de la prosperidad general.
En cambio, debemos ser prácticos y proactivos —en otras palabras, debemos dar un paso al frente y tomar las riendas— para garantizar que el libre comercio y la globalización funcionen para todos.
Reforma social
Al mismo tiempo, hemos emprendido un ambicioso programa de reforma social que adopta los mismos principios: un gobierno activo e implicado, que asume su responsabilidad y trabaja para todos.
Porque si eres una persona que apenas llega a fin de mes, no necesitas un gobierno que se aparte del camino. Necesitas un gobierno activo que dé un paso al frente y defienda las cosas que te importan.
Tradicionalmente, los gobiernos han sabido identificar —aunque no siempre abordar— los problemas y desafíos que afrontan quienes se encuentran en una situación menos desfavorecida en nuestras sociedades.
Sin embargo, la misión que he trazado para el gobierno que dirijo —hacer de Gran Bretaña un país que funcione para todos— va más allá. Consiste en construir algo que he llamado la sociedad compartida: una sociedad que no solo valore nuestros derechos individuales, sino que preste mucha más atención a las responsabilidades que tenemos unos con otros. Una sociedad que respete los vínculos que comparten las personas: los lazos familiares y comunitarios, la ciudadanía y las instituciones sólidas.
Y que reconozca las obligaciones que tenemos como ciudadanos, obligaciones que hacen funcionar nuestra sociedad.
Son estos vínculos y obligaciones los que hacen fuerte nuestra sociedad y responden a nuestra necesidad humana básica de definición e identidad.
Y tengo absolutamente claro que el gobierno debe fomentar y cultivar las relaciones, redes e instituciones que proporcionan esa definición, y corregir allí donde se encuentre la injusticia y la desigualdad que nos dividen.
Hoy en día, con demasiada frecuencia se han olvidado las responsabilidades que tenemos unos con otros, a medida que se ha impuesto el culto al individualismo y la globalización y la democratización de las comunicaciones han alentado a la gente a mirar más allá de sus propias comunidades y redes inmediatas en nombre de la integración en una comunidad global más amplia.
Decir esto no significa argumentar contra la globalización ni contra los beneficios que aporta: desde los viajes y los medios de comunicación modernos hasta los nuevos productos en nuestras tiendas y las nuevas oportunidades para que las empresas británicas exporten sus productos a millones de consumidores en todo el mundo.
Pero, así como debemos actuar para abordar la profunda sensación de desigualdad económica que ha surgido en los últimos años, también debemos reconocer que un mundo más global e individualista a veces puede debilitar los lazos que mantienen unida a nuestra sociedad, dejando a algunas personas con la sensación de estar excluidas y rezagadas.
Conclusión
Estoy decidida a garantizar que la política moderada y tradicional pueda responder a las preocupaciones que tiene hoy la gente. Estoy decidida a defender los mercados libres, el libre comercio y la globalización, y también a mostrar cómo estas fuerzas pueden funcionar para todos.
Y para ello, recurro a las palabras del filósofo del siglo XVIII Edmund Burke, quien dijo: «Un Estado que carece de medios para cambiar carece de medios para conservarse».
Ese gran principio conservador —cambiar para conservar— es hoy más importante que nunca en el complejo entorno geopolítico actual.
Y creo que es sumamente pertinente para quienes estamos aquí en Davos esta semana.
Y es el principio que me guía mientras conduzco a Gran Bretaña por este período de cambio.
Mientras construimos una Gran Bretaña global nueva, audaz y segura de sí misma, y damos forma a una nueva era de globalización que funcione de verdad para todos.
Mientras aprovechamos las fuerzas de la globalización para que el sistema funcione para todos y así mantener el apoyo público a ese sistema durante las generaciones venideras.
Quiero que ese sea el legado de nuestro tiempo. Aprovechar este momento para ejercer un liderazgo receptivo y responsable que lleve los beneficios del libre comercio a todos los rincones del mundo; saque de la pobreza a muchos millones más y los encamine hacia la prosperidad; y proporcione seguridad, prosperidad y sentido de pertenencia a todo nuestro pueblo.
Gracias.


