El inglés ha alcanzado un estatus privilegiado al convertirse en la lengua más hablada del mundo —si no se tiene en cuenta el nivel de dominio—, por delante del chino mandarín y el español. El inglés se habla en 101 países, mientras que el árabe se habla en 60, el francés en 51, el chino en 33 y el español en 31. Desde una pequeña isla, el inglés ha llegado a adquirir el estatus de lingua franca en los negocios internacionales, la diplomacia mundial y la ciencia.
Pero el éxito del inglés —o, de hecho, de cualquier idioma— como lengua «universal» conlleva un alto precio en términos de vulnerabilidad. Surgen problemas cuando el inglés es una segunda lengua para los hablantes, los oyentes o ambos. Por muy competentes que sean, su propia comprensión del inglés y de su primera lengua (o lengua «materna») puede cambiar lo que creen que se está diciendo.
Cuando alguien utiliza su segunda lengua, parece desenvolverse de forma ligeramente distinta a cuando funciona en su lengua materna. A este fenómeno se le ha llamado «efecto de la lengua extranjera». Las investigaciones de nuestro grupo han demostrado que, por ejemplo, los hablantes nativos de chino tendían a asumir más riesgos en un juego de apuestas cuando recibían comentarios positivos en su lengua materna (ganancias) que cuando recibían comentarios negativos (pérdidas). Sin embargo, esta tendencia desaparecía —es decir, se volvían menos impulsivos— cuando recibían en inglés los mismos comentarios positivos. Era como si fueran más racionales en su segunda lengua.
Aunque una menor impulsividad al desenvolverse en una segunda lengua puede considerarse algo positivo, el panorama puede ser mucho más sombrío en las interacciones humanas. Según las investigaciones, quienes hablan una segunda lengua también tienden a ser menos emocionales y a mostrar menos empatía y consideración por el estado emocional de los demás.
Por ejemplo, demostramos que los bilingües de chino e inglés expuestos a palabras negativas en inglés filtraban inconscientemente el impacto mental de esas palabras. Y los bilingües de polaco e inglés, a quienes normalmente afectan las afirmaciones tristes en su polaco nativo, parecían mucho menos afectados por esas mismas afirmaciones en inglés.
En otro estudio reciente de nuestro grupo, descubrimos que el uso de una segunda lengua puede incluso afectar la inclinación de una persona a creer en la verdad, especialmente cuando las conversaciones tratan sobre cultura y creencias íntimas.
Dado que hoy en día los hablantes de inglés como segunda lengua constituyen una enorme mayoría en el mundo, los hablantes nativos de inglés interactúan a menudo en inglés con personas no nativas, más que en cualquier otro idioma. Y, en un intercambio entre un hablante nativo y uno extranjero, las investigaciones sugieren que es más probable que el hablante extranjero esté emocionalmente distante e incluso manifieste juicios morales diferentes.
Y hay más. Aunque el inglés ofrece una oportunidad extraordinaria para la comunicación mundial, su predominio hace que los hablantes nativos de inglés tengan poca conciencia de la diversidad lingüística. Esto es un problema porque existen pruebas sólidas de que las diferencias entre idiomas van de la mano de diferencias en la conceptualización del mundo e incluso en su percepción.
En 2009, pudimos demostrar que los hablantes nativos de griego, cuyo idioma tiene dos palabras para el azul oscuro y el azul claro, perciben el contraste entre el azul claro y el oscuro con mayor intensidad que los hablantes nativos de inglés. Este efecto no se debía simplemente a las diferencias en el entorno en que crecen las personas, ya que los hablantes nativos de inglés mostraban una sensibilidad similar a los contrastes entre tonos de azul y entre tonos de verde, estos últimos muy comunes en el Reino Unido.
Por un lado, desenvolverse en una segunda lengua no es lo mismo que hacerlo en la lengua materna. Pero, por otro, la diversidad lingüística tiene un gran impacto en la percepción y las concepciones. Esto necesariamente tiene consecuencias en cómo se accede a la información, cómo se interpreta y cómo la utilizan los hablantes de una segunda lengua al interactuar con otras personas.
Podemos concluir que un intercambio equilibrado de ideas, así como la consideración por los estados emocionales y las creencias de los demás, requiere un conocimiento competente de la lengua materna de cada persona. En otras palabras, necesitamos intercambios verdaderamente bilingües, en los que todas las personas involucradas conozcan el idioma de la otra. Por eso, es igual de importante que los hablantes nativos de inglés puedan conversar con los demás en sus idiomas.
Estados Unidos y el Reino Unido podrían hacer mucho más para contribuir a corregir el equilibrio lingüístico mundial y promover el aprendizaje generalizado de idiomas extranjeros. Por desgracia, la mejor manera de alcanzar un dominio de una lengua extranjera casi nativo es mediante la inmersión, visitando otros países e interactuando con hablantes locales del idioma. Hacerlo también podría contribuir a superar algunas divisiones políticas actuales.


