Nouriel Roubini: Trump y la paz mundial

U.S. President-elect Donald Trump speaks at his election night rally in Manhattan, New York, U.S., November 9, 2016. REUTERS/Carlo Allegri - RTX2SPSD
Nouriel Roubini looks at the possible impact of Donald Trump's policies on the economy and global peace.Image: REUTERS/Carlo Allegri
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La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos no representa únicamente una creciente reacción populista contra la globalización. También puede presagiar el fin de la Pax Americana: el orden internacional de libre intercambio y seguridad compartida que Estados Unidos y sus aliados construyeron después de la Segunda Guerra Mundial.

Ese orden mundial liderado por Estados Unidos ha permitido 70 años de prosperidad. Se basa en regímenes orientados al mercado, con liberalización del comercio, mayor movilidad del capital y políticas adecuadas de bienestar social; todo ello respaldado por las garantías de seguridad estadounidenses en Europa, Oriente Medio y Asia, a través de la OTAN y de diversas alianzas.

Sin embargo, Trump podría aplicar políticas populistas, contrarias a la globalización y proteccionistas que obstaculicen el comercio y restrinjan la circulación de mano de obra y capital. También ha puesto en duda las garantías de seguridad actuales de Estados Unidos al sugerir que obligará a sus aliados a pagar una parte mayor de su propia defensa. Si Trump habla en serio cuando dice que pondrá a «Estados Unidos primero», su administración orientará la estrategia geopolítica estadounidense hacia el aislacionismo y el unilateralismo, y perseguirá únicamente los intereses nacionales del país.

Cuando Estados Unidos aplicó políticas similares en las décadas de 1920 y 1930, contribuyó a sembrar las semillas de la Segunda Guerra Mundial. El proteccionismo, que comenzó con el arancel Smoot-Hawley y afectó a miles de productos importados, desencadenó guerras comerciales y monetarias de represalia que agravaron la Gran Depresión. Más importante aún, el aislacionismo estadounidense, basado en la falsa creencia de que dos océanos protegían al país de forma segura, permitió a la Alemania nazi y al Japón imperial librar guerras de agresión y amenazar al mundo entero. Con el ataque a Pearl Harbor, en diciembre de 1941, Estados Unidos se vio por fin obligado a dejar de esconder la cabeza bajo la arena.

También hoy, un giro de Estados Unidos hacia el aislacionismo y la defensa estricta de sus intereses nacionales podría acabar conduciendo a un conflicto mundial. Incluso sin que se vislumbre una retirada estadounidense de Europa, la Unión Europea y la eurozona ya parecen estar desintegrándose, sobre todo tras el voto del Reino Unido a favor del Brexit en junio y el fracaso del referéndum italiano sobre las reformas constitucionales en diciembre. Además, en 2017, partidos populistas de extrema izquierda o derecha, contrarios a Europa, podrían llegar al poder en Francia e Italia, y quizá en otras partes de Europa.

Sin una participación activa de Estados Unidos en Europa, intervendrá una Rusia agresivamente revanchista. Rusia ya está desafiando a Estados Unidos y a la UE en Ucrania, Siria, los países bálticos y los Balcanes, y podría aprovechar el inminente colapso de la UE para reafirmar su influencia en los países del antiguo bloque soviético y apoyar movimientos prorrusos en Europa. Si Europa pierde gradualmente el paraguas de seguridad estadounidense, nadie saldrá más beneficiado que el presidente ruso, Vladímir Putin.

Las propuestas de Trump también amenazan con agravar la situación en Oriente Medio. Ha dicho que hará que Estados Unidos alcance la independencia energética, lo que implica abandonar los intereses estadounidenses en la región y depender más de combustibles fósiles emisores de gases de efecto invernadero producidos en el país. También ha mantenido su postura de que el islam en sí, y no solo el islam radical militante, es peligroso. Esta opinión, compartida por el general Michael Flynn, futuro asesor de Seguridad Nacional de Trump, alimenta directamente la narrativa de los militantes islamistas sobre un choque de civilizaciones.

Mientras tanto, es probable que una política de «Estados Unidos primero» bajo Trump agrave las prolongadas guerras subsidiarias entre suníes y chiíes de Arabia Saudí e Irán. Y si Estados Unidos deja de garantizar la seguridad de sus aliados suníes, todas las potencias regionales —entre ellas Irán, Arabia Saudí, Turquía y Egipto— podrían decidir que solo pueden defenderse adquiriendo armas nucleares, lo que daría lugar a conflictos aún más mortíferos.

En Asia, la primacía económica y militar de Estados Unidos ha proporcionado décadas de estabilidad; pero una China en ascenso está desafiando ahora el statu quo. El «giro» estratégico del presidente estadounidense Barack Obama hacia Asia dependía principalmente de la aprobación de la Asociación Transpacífica, integrada por 12 países, que Trump ha prometido desechar el primer día de su mandato. Mientras tanto, China está fortaleciendo rápidamente sus propios vínculos económicos en Asia, el Pacífico y América Latina mediante su política de «una franja, una ruta», el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, el Nuevo Banco de Desarrollo (antes conocido como banco de los BRICS) y su propia propuesta regional de libre comercio, destinada a competir con el TPP.

Si Estados Unidos abandona a sus aliados asiáticos, como Filipinas, Corea del Sur y Taiwán, esos países quizá no tengan más remedio que postrarse ante China; y otros aliados estadounidenses, como Japón e India, podrían verse obligados a militarizarse y desafiar abiertamente a China. Por tanto, una retirada estadounidense de la región podría acabar desencadenando un conflicto militar allí.

Al igual que en la década de 1930, cuando las políticas proteccionistas y aislacionistas de Estados Unidos frenaron el crecimiento económico y el comercio mundiales y crearon las condiciones para que potencias revisionistas emergentes iniciaran una guerra mundial, impulsos políticos similares podrían sentar las bases para que nuevas potencias desafíen y socaven el orden internacional liderado por Estados Unidos. Una administración aislacionista de Trump podría contemplar los vastos océanos al este y al oeste del país y pensar que potencias cada vez más ambiciosas, como Rusia, China e Irán, no representan una amenaza directa para el territorio nacional.

Pero Estados Unidos sigue siendo una potencia económica y financiera mundial en un mundo profundamente interconectado. Si no se les pone freno, estos países acabarán pudiendo amenazar intereses económicos y de seguridad fundamentales de Estados Unidos, tanto dentro como fuera del país, sobre todo si amplían sus capacidades nucleares y de ciberguerra. El registro histórico es claro: el proteccionismo, el aislacionismo y las políticas de «Estados Unidos primero» son una receta para el desastre económico y militar.

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