El pueblo estadounidense ha recibido duros golpes durante la última década. Una sensación de vulnerabilidad y peligro tiñe su visión de los asuntos públicos.
La crisis de 2008 hizo que desconfiara de los mercados. Los dos últimos años dejaron al descubierto la debilidad de las instituciones políticas. Y la política internacional se ha vuelto desagradable.
La principal pregunta política hoy es cómo afrontar esta fragilidad.
Algunas personas son escapistas y se empeñan en el vano intento de hacer desaparecer la fragilidad.
Y otras son realistas. Aceptan la fragilidad como un aspecto inevitable de la vida política y social. Consideran que una sociedad abierta es la única forma de gestionar bien la fragilidad.
Algunos politólogos dirán que estoy haciendo un uso indebido del concepto de realismo. A su juicio, el realismo se ocupa estrictamente de los asuntos exteriores, y los realistas son personas que ven la política mundial como una pelea entre países ávidos de poder.
Estos académicos consideran al antiguo historiador Tucídides uno de los padres del realismo. Tucídides escribió una historia de la guerra entre Esparta y Atenas en el siglo V a. C.: una lucha despiadada por la supervivencia que duró décadas. Según un académico, Tucídides quería revelar la «naturaleza inmutable» de las relaciones internacionales.
El orden es frágil
Pero Tucídides hizo más que eso. Describió una idea que dominaba la política de las ciudades-estado griegas: que el orden político y social es frágil.
Tucídides nos ofrece una historia de pueblos preocupados. Saben que viven en un mundo impregnado de peligros.
En la época descrita por Tucídides, el principal peligro que afrontaban las ciudades-estado griegas provenía de otros estados. Pero la gente también tenía otras preocupaciones. En algunos lugares, vivía con un «temor constante» a la revolución y la anarquía. En otros, temía la sequía, el hambre y las enfermedades. Algunos sentían un «miedo indefinido al futuro desconocido».
Estos eran los realistas de Tucídides: personas que entendían que el mundo era un lugar turbulento y peligroso.
La preocupación por la fragilidad también estaba presente en escritores posteriores de la tradición realista. Maquiavelo temía que otras ciudades-estado atacaran Florencia, pero también le inquietaban los disturbios dentro de sus propias murallas. El jurista francés Jean Bodin también se obsesionaba con los desórdenes internos y los enemigos externos. El estadista inglés Francis Bacon enumeró una serie de condiciones —entre ellas, la desigualdad, las disputas religiosas y la inmigración— que podían provocar «tempestades» dentro del Estado. Bacon decía que un buen líder buscaba señales de las tormentas que se avecinaban.
Los primeros líderes estadounidenses también eran realistas. No solo les preocupaban las amenazas de Europa. Les angustiaban las «facciones internas» y las «vicisitudes del comercio».
Y también les preocupaba el futuro.
«Decir que no hay peligro —advirtió un editor de un periódico de Maine al evaluar las perspectivas del país en 1824— revelaría una ignorancia flagrante de la historia de las naciones».
La sensación de fragilidad ha oscilado a lo largo de la historia estadounidense. En el siglo XX, el estado de ánimo cambió muchas veces: de la confianza de los años veinte a la ansiedad de los treinta, de nuevo a la confianza en los cincuenta y a la ansiedad en los setenta.
En el año 2000, el país volvía a sentirse confiado. El presidente Bill Clinton se jactó de que nunca había disfrutado de «tanta prosperidad y progreso social con tan pocas crisis internas y tan pocas amenazas externas».
Pero aquello quedó atrás. Desde el año 2000, los estadounidenses han afrontado atentados terroristas, guerras y amenazas de guerra, alianzas debilitadas, desplomes de los mercados, impactos tecnológicos y climáticos, protestas y polarización.
Las encuestas muestran que a los estadounidenses les estresa la incertidumbre sobre el futuro de la nación. Los comentaristas han alimentado la desesperación al especular sobre el fin de la democracia e incluso sobre el fin de Occidente.
Esto es una exageración. Nuestra época es difícil, pero no excepcional. La historia demuestra que la fragilidad es la norma. Lo inusual son los momentos de calma en los que políticos como Clinton sucumben a la complacencia.
El credo realista: adaptarse ante el cambio
La pregunta central hoy es cómo deberían afrontar los estadounidenses la fragilidad.
Una respuesta es el aislacionismo. Es la política de las comunidades cerradas y de la Fortaleza América. La teoría sostiene que el país puede aislarse de los peligros extranjeros.
Sin embargo, a menudo la retirada permite que esos peligros se agraven. Además, pasa por alto la advertencia de los autores clásicos: también hay peligros dentro de las murallas de la ciudad.
Otra respuesta, dirigida a los peligros internos, es el autoritarismo. Se busca un líder fuerte que pueda purgar la sociedad de amenazas e incertidumbres.
Pero el deplorable historial de la planificación estatal demuestra lo insensato de esta idea. La sociedad es demasiado compleja para someterla a una disciplina completa. Y el gran gobierno tiene sus propias debilidades internas. La fragilidad social simplemente se sustituye por la fragilidad del Estado.
Una respuesta más constructiva consiste en reconocer que la fragilidad es inevitable. Como dijo Maquiavelo, la fortuna no puede domarse por completo. La clave para sobrevivir es adaptarse ante el cambio. Ese es el credo realista.
Las sociedades adaptables tienen tres capacidades. Primero, se mantienen alerta ante los peligros. Segundo, están abiertas a nuevas ideas. Y tercero, están dispuestas a abandonar prácticas obsoletas y experimentar con otras nuevas.
Las sociedades adaptables rechazan tanto el autoritarismo como el aislacionismo. Valoran la apertura, no solo porque promueve la libertad, sino también porque mejora la resiliencia.
El filósofo John Deweyexpuso esta idea hace casi un siglo. Según él, el Estado debe rehacerse constantemente para afrontar las condiciones cambiantes. Esto solo puede lograrse mediante la paciencia, el diálogo y la experimentación.
John Dewey también era realista. Le preocupaba la supervivencia en un mundo turbulento. Su propuesta sigue vigente hoy.


