El sistema global del que formamos parte parece estar descontrolándose. Los titulares de todo el mundo nos dicen que algo no funciona en muchas sociedades. Creo que muchos de los acontecimientos que vemos hoy en distintos países y sociedades forman parte de una red interconectada de causas y efectos. Todo el sistema global está sometido a tensión. Debemos asegurarnos de que recupere el equilibrio.
Creo que esto es posible y a continuación expondré cómo pienso que puede lograrse este reequilibrio. Pero primero consideremos el alcance de los desequilibrios globales actuales. Hay cuatro razones por las que el sistema se ha descontrolado tanto.
1. La complejidad sin precedentes de nuestro sistema global
En un mundo de 7.700 millones de personas, no sorprende que nuestro sistema global sea más complejo que en cualquier otro momento de la historia. En 1945, cuando se construyeron los cimientos del sistema global actual, la población mundial era menos de un tercio de la de hoy. Algo similar ocurre con la economía global: después de la Segunda Guerra Mundial, las exportaciones representaban apenas el 5 % del PIB mundial. Hoy, ese porcentaje es aproximadamente cinco veces mayor, y el PIB global también se ha multiplicado varias veces.
2. La aceleración del cambio causada por la Cuarta Revolución Industrial
El mundo no solo es más complejo, también cambia cada vez más rápido. La Cuarta Revolución Industrial ya ha introducido más tecnologías nuevas que cualquiera de sus predecesoras, entre ellas la inteligencia artificial, el Internet de las cosas, los vehículos autónomos y la edición genética. Además, la Cuarta Revolución Industrial está impulsada por chips cada vez más rápidos y por un aumento exponencial de su capacidad de procesamiento. Salvo un puñado de organizaciones de Silicon Valley, Shenzhen y otros centros tecnológicos, las demás se están quedando atrás en su capacidad para adaptarse a este cambio.
3. Un mecanismo obsoleto para dirigir la gobernanza global
Ante este mundo complejo y cambiante, el mecanismo de dirección de la gobernanza global creado a mediados del siglo XX se está quedando obsoleto con rapidez. Las Naciones Unidas se crearon cuando la República Popular China —que pronto sería la mayor economía del mundo y ya era una gran potencia política— aún no existía. El Consenso de Washington sobre cómo lograr el desarrollo económico ya no es válido en un mundo de automatización e impresión 3D. Y hasta hoy, ninguna organización internacional cuenta con una estimación real del tamaño de nuestra economía digital.
4. Levantamientos populares en muchos países, impulsados por un deseo generalizado de recuperar el control de la sociedad
Al ver que incluso los gobiernos soberanos se ven sorprendidos por el ritmo del cambio tecnológico y no pueden hacerle frente, la gente de todo el mundo se rebela. Algunos dirigen su ira contra organizaciones supranacionales como la Unión Europea; otros, contra los extranjeros y otros países; y otros se rebelan contra miembros de su propia sociedad. Pero muchos también se rebelan contra el sistema político o económico, ya sea porque no ha generado beneficios ampliamente compartidos o porque no ha abordado el cambio climático. Casi todos comparten un sentimiento: quieren recuperar el control de un sistema que parece estar fuera de su alcance.
Este es el panorama general del mundo en que vivimos hoy. Pero nuestro sistema global también es un conjunto complejo de subsistemas interdependientes, y cada uno de ellos está ahora desequilibrado. En conjunto, crean una combinación explosiva de amenazas para nuestro futuro.
El sistema global está compuesto por cinco subsistemas: el ecológico, el económico, el tecnológico, el social y el político.
El subsistema ecológico
Podría decirse que este es el más importante de los cinco. Sin un sistema ecológico global equilibrado, ninguno de los demás puede funcionar. En cuanto al calentamiento global, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas lanzó una grave advertencia en octubre de 2018: solo nos quedan 12 años para evitar una catástrofe climática global. De hecho, a menos que cambiemos drásticamente de rumbo ahora, es casi seguro que las temperaturas globales aumentarán más de dos grados Celsius, y será prácticamente imposible revertir las consecuencias.

Al mismo tiempo, hemos llegado a comprender que el calentamiento global es solo un aspecto del Antropoceno. Nuestros océanos, por ejemplo, también sufren de otras maneras. En Davos, en 2016, nos advirtieron que para 2050 podría haber más plástico que peces en los océanos si seguimos produciendo tanto plástico de un solo uso.
Este año, la primatóloga Jane Goodall, el cineasta de documentales Sir David Attenborough y el director ejecutivo de World Wildlife Fund, Marco Lambertini, advirtieron sobre otros daños irreparables que estamos causando a nuestro planeta. Esto ha suscitado la convicción de que necesitamos un Nuevo Pacto para la Naturaleza en su conjunto.
El subsistema económico
En enero, el Fondo Monetario Internacional volvió a rebajar su previsión de crecimiento económico mundial: al 3,5 % en 2019 y a una cifra solo ligeramente superior en 2020. La directora del FMI, Christine Lagarde, advirtió que «la economía mundial crece más lentamente» justo cuando «los riesgos aumentan». Esta desaceleración se produce cuando los niveles de deuda empresarial en Estados Unidos y otros lugares casi duplican los de 2007. La deuda de los gobiernos locales en China también ha aumentado drásticamente, y Europa todavía no se ha recuperado por completo de su crisis anterior. Está claro que tendremos poco margen de maniobra cuando llegue la próxima recesión.
Las cuestiones comerciales están generando más inquietud económica. Durante décadas, el comercio contribuyó a impulsar el mayor aumento de riqueza que el mundo haya visto jamás. Pero desde hace unos años, el comercio ha ido disminuyendo como porcentaje del PIB mundial. La situación empeorará a medida que los principales países recurran a la guerra comercial como instrumento de política económica. Es una apuesta peligrosa. En un sistema económico global complejo, es casi seguro que las restricciones comerciales tendrán consecuencias negativas e imprevistas.
El subsistema tecnológico
La tecnología conectada desempeña un papel más importante que nunca en nuestro sistema global, pero también plantea riesgos mayores que nunca. Nuestro Informe de riesgos globales 2019señaló que, junto con el cambio climático y los fenómenos meteorológicos extremos, una de las mayores causas de preocupación son los ciberataques a gran escala y el colapso de infraestructuras y redes informáticas críticas.
Esta amenaza cibernética inminente llega justo cuando las tecnologías revolucionarias nos afectan cada vez más y de maneras que aún no hemos aprendido a afrontar. Por ejemplo, apenas hemos visto la punta del iceberg en lo que respecta a la inteligencia artificial. Esta conducirá a la automatización de muchas más tareas. También podrá predecir muchas más cosas que ahora, gracias a una recopilación de datos más abundante. La próxima gran lucha de poder por la supremacía ya ha comenzado y se centra en la IA.
Para que el uso de datos en la IA tenga resultados positivos, debemos asegurarnos de que los datos utilizados sean diversos y se obtengan de forma adecuada. En estos ámbitos, los enormes desafíos suscitan cada vez más preocupación por los sesgos y la privacidad. Los países que dispongan de conjuntos de datos amplios y diversos, o que creen protocolos transfronterizos para el flujo de datos con ese fin, estarán bien posicionados para aprovechar plenamente el aprendizaje automático. Los países con poblaciones más pequeñas, así como aquellos con poblaciones grandes pero sin la infraestructura digital necesaria para recopilar datos mediante el Internet de las cosas, corren el riesgo de quedarse aún más rezagados en esta carrera.
El subsistema social
En parte debido al progreso tecnológico de la Cuarta Revolución Industrial, que pone un enorme poder en manos de las grandes empresas tecnológicas, volvemos a vivir en una sociedad y una economía en las que «el ganador se lo lleva todo». El poder de estas empresas contrasta profundamente con la situación de una nueva «clase precaria» que está surgiendo en todo el mundo.
La difícil situación de los «chalecos amarillos» en Francia, de las «personas olvidadas» del medio oeste y los Apalaches de Estados Unidos, y de los votantes nacionalistas de Brasil, Filipinas e India puede parecer distinta a primera vista. Pero no es casualidad que todos hayan cobrado protagonismo en el espacio de unos pocos años. La tecnología ha dejado atrás a muchas personas y ha aumentado las disparidades, al tiempo que les ha abierto una ventana al mundo de quienes se han beneficiado de ella.
El sistema político global
De un mundo en el que dos potencias luchaban por la dominación global, en 1990 solo quedaba una: Estados Unidos. Ese mundo unipolar, con Estados Unidos como principal potencia política y el capitalismo de mercado como principal concepto económico, ha llegado a su fin. El nuevo mundo multipolar y con múltiples conceptos que se reunió en Davos en 2019 es extremadamente frágil, pues el ascenso de nuevas potencias crea un entorno intrínsecamente más hostil para la antigua hegemonía.
Esto me lleva a la pregunta central que debemos responder. ¿Cómo podemos restablecer el control del sistema en un mundo desequilibrado en todos estos frentes?
Creo que podemos inaugurar una nueva era de prosperidad y paz relativa si logramos establecer un marco normativo para el cambio del sistema global. Si se aplica correctamente, este marco puede llevarnos del desequilibrio al equilibrio, y de la agitación, el nacionalismo y el proteccionismo a una nueva era de globalización: la Globalización 4.0. ¿Qué normas regirían el cambio del sistema global? Propongo las siete siguientes.
En primer lugar, un enfoque colaborativo de la gobernanza global que respete la multipolaridad y la diversidad. Un nuevo sistema global debería basarse en intereses comunes. Debería fundarse en el logro coordinado de objetivos comunes, en lugar de en la cooperación para alcanzar una estrategia común. El Acuerdo de París sobre el Clima es un buen ejemplo. Acordó «qué» queremos lograr, pero dejó que las naciones soberanas decidieran libremente «cómo» alcanzar mejor sus objetivos nacionales.
En segundo lugar, el nuevo sistema global debería basarse más en las partes interesadas. Los países han logrado los mayores avances cuando han tenido en cuenta a todas sus partes interesadas: la sociedad civil, las empresas, el gobierno, así como los ciudadanos y grupos particulares. Esto ha sido cierto para mi país, Alemania, y seguirá siéndolo para todos los países en adelante.
En tercer lugar, nuestro sistema debería ser más sostenible. Ya a principios de la década de 1970, el Club de Roma nos advirtió que algún día habría límites al crecimiento. Se equivocó en cuanto al aspecto maltusiano a corto plazo de esos límites, pero acertó plenamente sobre el aspecto medioambiental de los límites al crecimiento. Según una estimación, en las últimas tres décadas nuestro ecosistema global ha perdido hasta una cuarta parte del valor que podría aportar. No podemos permitir que siga degradándose.
En cuarto lugar, nuestro sistema debería ser más inclusivo.Las personas pueden llegar a acumular más riqueza si persiguen sus propios intereses a ciegas. Pero, por el bien de la sociedad, debemos asegurarnos de que nadie se quede atrás. En muchas sociedades, esto bien podría exigir que se vuelva a dar prioridad a las políticas redistributivas y a la fiscalidad.
En quinto lugar, nuestro sistema debería estar más equilibrado en materia de género. Durante demasiado tiempo, hemos vivido en un mundo que ha concedido todo tipo de privilegios en función del género. El siglo XXI debe ser aquel en que esto cambie y en que las mujeres participen en la política y los negocios en la misma medida, o en una medida similar, que sus homólogos varones. En nuestra Reunión Anual, seguimos comprometidos con aumentar año tras año la proporción de mujeres participantes, como volvimos a hacer este año.
En sexto lugar, debería estar más centrado en las personas. Eso no quiere decir que crea que los seres humanos deban librar una guerra contra los robots, sino que somos más poderosos cuando colaboramos con ellos. Al transformar nuestro sistema global, debemos asegurarnos de que la primacía de las personas y sus necesidades, así como la de todas las especies, prevalezca sobre las máquinas.
Por último, nuestro futuro sistema global debería basarse más en la ética. Debe erradicar las distorsiones, incluidas la corrupción y diversas formas de exceso. Las élites deben ser modelos de conducta más dignos de confianza. En resumen, necesitamos volver a moralizar la globalización.
Si aplicamos estas normas de forma coherente en los subsistemas globales que mencioné antes, creo que podemos convertir la Globalización 4.0 en una ola de globalización que conduzca a una prosperidad y una estabilidad más profundas y ampliamente compartidas que nunca en la historia, incluso más que las alcanzadas durante la última gran ola de crecimiento global de las décadas de 1990 y 2000.

Por supuesto, para reequilibrar cada subsistema habrá que entablar diálogos por separado. Por ejemplo, en los sistemas socioeconómicos habrá que acordar nuevas normas sobre políticas fiscales. Ante el aumento de la desigualdad y el auge de industrias en las que «el ganador se lo lleva todo», casi con toda seguridad será necesario subir los impuestos sobre la riqueza y reducir los que gravan el trabajo, así como adoptar medidas antimonopolio para garantizar el respeto de la competencia y la capacidad de elección.
En el subsistema tecnológico, tendremos que acordar nuevas normas para la IA y la edición genética, a fin de asegurarnos de que se rijan por los principios éticos necesarios. Y en el subsistema social, tendremos que dejar atrás la fijación materialista y adoptar un enfoque más humanista, sobre todo en las sociedades envejecidas.
¿Qué significan para el mundo en su conjunto todos los cambios sistémicos que he descrito? Confirman, ante todo, que ningún actor por sí solo tiene la capacidad de restablecer el orden en el sistema global. Si alguna vez el mundo fue unipolar, esa época ya terminó. Si alguna vez hubo un sistema político con soberanía absoluta, ya no existe. Podemos darle la espalda al mundo conectado digital y medioambientalmente en que vivimos hoy, pero no podemos escapar de su realidad. Hay dos maneras de abordar este hecho: una negativa y otra constructiva.
El enfoque negativo llevaría a los líderes nacionales a centrarse exclusivamente en sus intereses nacionales, con la idea de que preservar la cohesión social nacional es la única prioridad. Sin embargo, esa actitud desintegraría aún más el sistema global.
El enfoque constructivo ante la nueva realidad global sostiene que es posible reforzar y restaurar el sistema global. Desde luego, esto no puede hacerse desde arriba, como en el pasado, sino fortaleciendo los elementos del sistema desde la base. Sin duda, harán falta múltiples esfuerzos para remodelar esos elementos y eliminar las distorsiones y los desequilibrios entre ellos.
Para demostrar que este enfoque puede funcionar, permítanme compartir algunos de los principales logros de la Reunión Anual 2019 del Foro Económico Mundial en Davos:
- Varias partes interesadas anunciaron su compromiso de lograr un Nuevo Pacto para la Naturaleza para 2020. World Wildlife Fund, la Cámara de Comercio Internacional y varias otras partes interesadas respaldan plenamente este objetivo.
- La Organización Mundial del Comercio anunció un éxito similar en materia comercial. Varias decenas de países declararon que empezarían a elaborar normas para el comercio digital.
- La Reunión Anual de 2019 registró un número récord de resultados concretos gracias al enfoque sistémico ascendente y multilateral.
Pero hay que avanzar más allá de Davos y también más allá del sistema global. Permítanme intentar responder una última pregunta crucial. ¿Qué significa esta teoría sistémica del cambio para los líderes de países y gobiernos? En un sistema global frágil, debemos reforzar la resiliencia creando un subsistema nacional sólido que pueda absorber las perturbaciones. Veo tres pilares principales para construir sistemas nacionales resilientes y preparados para el futuro.
El primero es que los gobiernos deben adoptar un enfoque con visión de futuro. La buena noticia es que ahora esto es posible. La abundancia y disponibilidad de datos y de IA permiten pasar de análisis retrospectivos a análisis predictivos, y de análisis reactivos a proactivos. Es fundamental que los gobiernos inviertan en herramientas que lo hagan posible y aprendan a recopilar y procesar los datos disponibles de manera responsable.
La evolución de los sistemas de alerta temprana de tsunamis es un ejemplo de este enfoque con visión de futuro. Hasta hace muy poco, investigadores de Stanford afirmaban que esos sistemas solo podían utilizar relaciones precalculadas entre terremotos y tsunamis. Ahora, nuevos métodos permiten hacer estimaciones en tiempo real.
Además, los nuevos sensores geológicos también pueden predecir con mayor precisión desde la probabilidad de futuros terremotos en una zona específica hasta las posibilidades de que esa zona se inunde. Este tipo de tecnologías puede ayudar a los gobiernos a decidir dónde construir infraestructuras críticas o dónde permitir la construcción de viviendas.
El segundo pilar para construir sistemas nacionales resilientes consiste en agrupar recursos. Con demasiada frecuencia, las instituciones gubernamentales siguen trabajando en compartimentos estancos, tanto dentro de los países como entre ellos. Al agrupar recursos y conectar sistemas inteligentes, los gobiernos pueden reducir la complejidad del sistema y reforzar la agilidad y la resiliencia de sus sistemas nacionales.
El último pilar para los gobiernos debería ser la exploración, la adaptación y la ampliación constantes. Hemos sido pioneros en este enfoque de gobernanza en nuestros Centros para la Cuarta Revolución Industrial del Foro Económico Mundial en todo el mundo.
El enfoque que proponemos a los gobiernos consiste en probar las políticas tecnológicas mediante la creación rápida de prototipos y su evaluación en un entorno limitado. La tecnología cambia rápidamente, y los gobiernos también deberían hacerlo.
El mundo en que vivimos hoy está afectado por el desequilibrio del sistema global. Si no lo abordamos pronto, sin duda provocará más problemas en el futuro y nuestra capacidad para reequilibrar el sistema disminuirá. Pero no tiene por qué ser así.
Con los principios adecuados y comprendiendo la complejidad de cada subsistema, podemos guiar al mundo hacia una era sin precedentes de prosperidad global compartida. Asegurémonos de que la Globalización 4.0 sea la mejor hasta ahora.


