La Cumbre de Líderes del G20 celebrada en Londres el 2 de abril de 2009 es ampliamente considerada uno de los mejores ejemplos de cooperación mundial en una generación. Reunidos como grupo por segunda vez, los líderes de las principales economías del mundo, que representan alrededor del 85 % del PIB mundial, acordaron aportar 5 billones de dólares en estímulo fiscal y 1 billón de dólares en recursos adicionales para el Fondo Monetario Internacional, además de poner en marcha un amplio programa de reforma de la regulación financiera. Tras la crisis financiera de 2008, la cumbre fue decisiva para restablecer la confianza en los mercados de capitales y sacar a la economía mundial de su caída libre.
La crisis de 2008 demostró que la comunidad internacional había sido demasiado complaciente al adaptar la gobernanza financiera a los efectos de las nuevas tecnologías y a los cambios en las condiciones de mercado y macroeconómicas. Una década después, nos encontramos en una situación similar. El Cuarta Revolución Industrial está poniendo a prueba la forma en que organizamos nuestras economías y sociedades, así como en que cooperamos a nivel internacional. Para maximizar los beneficios y mitigar los riesgos de los avances tecnológicos más recientes, necesitaremos fortalecer y modernizar los marcos de políticas nacionales y globales.

La actual ola de disrupción tecnológica se combina con otras tres transformaciones de época: la aparición de nuevos imperativos ecológicos, en particular los relacionados con el cambio climático; el advenimiento de un orden mundial multipolar; y una explosión del malestar social, alimentada en gran medida por la creciente desigualdad. En conjunto, estos acontecimientos representan una nueva fase de la globalización –Globalización 4.0 – cuya trayectoria dependerá de cómo adaptemos los modelos de gobernanza políticos, empresariales e internacionales a las realidades cambiantes.
Contrariamente a los relatos populares, la elección a la que nos enfrentamos no es entre apertura y proteccionismo, tecnología y empleo, inmigración e identidad nacional, o crecimiento económico y equidad social. Se trata de falsas dicotomías; pero su protagonismo en el discurso político contemporáneo demuestra lo poco preparados que estamos para la Globalización 4.0.
Para ponernos al día con el ritmo del cambio, debemos actualizar el “sistema operativo” a través del cual cooperamos internacionalmente y gobernamos a nivel interno. Con ese fin, la comunidad internacional puede inspirarse en las conferencias de Dumbarton Oaks y de Bretton Woods, los dos procesos de diálogo internacional que dieron origen, respectivamente, al sistema de las Naciones Unidas y a las instituciones de Bretton Woods, al final de la Segunda Guerra Mundial. En cada caso, los debates prolongados crearon el espacio necesario para que los participantes reflexionaran sobre las lecciones del pasado reciente y alcanzaran un consenso sobre el diseño de una nueva arquitectura de cooperación.
Hoy necesitamos un proceso análogo, pero más inclusivo y sostenido, de reflexión y diálogo sobre las implicaciones para la gobernanza de los cambios tecnológicos, ecológicos, geopolíticos y sociales que están en curso. Dado que estos cambios abarcan países, industrias y ámbitos de política tradicionales, exigen una respuesta global y sistémica.
Afortunadamente, debido a su carácter tan universal, nuestro desafío de gobernanza también es una oportunidad. Podría sentar las bases de un proyecto común precisamente cuando las relaciones internacionales se están fracturando. La cooperación mundial en torno a objetivos compartidos ayudaría a generar confianza entre los países y otras partes interesadas, produciendo efectos positivos de derrame en ámbitos sociales y económicos dispares.
Con el 75.º aniversario de la ONU y de las instituciones de Bretton Woods acercándose en 2020, la comunidad internacional debería conmemorar la ocasión atendiendo a la lección de la crisis financiera de 2008. La complacencia debe dar paso a un nuevo proceso de reflexión y diálogo inclusivo sobre cómo fortalecer y complementar el sistema multilateral.
Con ese objetivo en mente, el Foro Económico Mundial ha publicado un libro blanco basado en consultas con una amplia variedad de expertos antes, durante y después de su reunión anual en Davos, en enero. El documento presenta ocho especificaciones generales de diseño y 100 ejemplos de iniciativas y propuestas existentes que podrían fortalecer la cooperación internacional y las políticas nacionales en materia de comercio, finanzas, clima, tecnología, ciberseguridad, gobernanza corporativa y políticas laborales. Al poner de relieve iniciativas que actualmente lideran la ONU, las instituciones de Bretton Woods, la OCDE, la Organización Mundial del Comercio, el WEF y otras instituciones, el documento muestra que ya existen numerosas oportunidades de progreso disponibles que aguardan un mayor respaldo.
Mirando hacia el futuro, una prioridad fundamental debe ser preservar y reforzar el sistema multilateral existente. La humanidad ha logrado avances notables desde la Segunda Guerra Mundial, y les debemos gran parte de ello a los cimientos de normas internacionales y agendas de políticas compartidas establecidas por la ONU y las instituciones de Bretton Woods. El libro blanco pide que esta valiosa infraestructura institucional sea fortalecida, modernizada e integrada en un marco más amplio y multidimensional de acuerdos de cooperación: un sistema operativo subyacente más robusto.
No deberíamos esperar a otra crisis para que impulse la adaptación de la gobernanza a un mundo en transformación. Ya existen numerosas oportunidades para un compromiso cooperativo más profundo entre las partes interesadas en todos los niveles. Lo que necesitamos ahora es un compromiso renovado por parte de los líderes de gobierno, empresas y sociedad civil para participar en un diálogo colectivo sobre nuestros desafíos compartidos.


