La financiación para el desarrollo debe priorizar la creación de sistemas, no solo de proyectos, ya que la coordinación a nivel sistémico permite a los países mantener los avances mucho después de que concluyan los proyectos individuales.
A medida que aumentan las presiones económicas y geopolíticas, los gobiernos, las empresas y la sociedad civil deben trabajar juntos para construir economías circulares y resilientes.
Este artículo se publicó originalmente en Newsweek.
Cuando los líderes del G7 se reunieron en Évian-les-Bains la semana pasada, la cumbre puso de manifiesto el difícil equilibrio que deben mantener los gobiernos al afrontar un período de crecientes presiones climáticas, económicas y geopolíticas. Además, en un contexto de presupuestos públicos más ajustados, tensiones geopolíticas crecientes y una reducción de la ayuda al desarrollo, se exige a los líderes, tanto del G7 como de otros países, que no solo decidan qué priorizar, sino que encuentren formas de lograr un impacto significativo con menos recursos.
La ayuda al desarrollo se ha estructurado a menudo en torno a proyectos, programas piloto e intervenciones específicas. Sin embargo, cuando se llevan a cabo de forma aislada, rara vez generan cambios duraderos debido a los breves ciclos de financiación o a los cambios en la atención política. Cuando la financiación se fragmenta entre iniciativas desconectadas o queda al margen de las prioridades nacionales, su capacidad para lograr un impacto a largo plazo y crear valor puede disminuir.
La verdadera prueba de la ayuda al desarrollo no debería ser cuántas iniciativas financia, sino si sienta las bases para que los países avancen por sus propios medios, mediante instituciones más eficaces, partes interesadas alineadas y la capacidad de mantener los resultados.
Vivimos un período de profunda transformación económica, marcado por la inestabilidad geopolítica, las presiones sobre las cadenas de suministro, las limitaciones de recursos y la creciente competencia por materiales críticos. Por ello, desarrollar resiliencia ya no es opcional, sino un imperativo estratégico tanto para las economías como para las empresas.
La circularidad, a veces presentada de forma limitada como un objetivo ambiental, forma parte, de hecho, de esa transición económica más amplia. En lugar de sistemas lineales y derrochadores, debemos diseñar e implementar sistemas que conserven el valor, reduzcan la exposición y aprovechen mejor los recursos finitos.
En un mundo cada vez más volátil, las economías que dependen de extraer, consumir y desechar recursos están inherentemente expuestas. Las que diseñan sistemas para reutilizar, recuperar y regenerar están mejor preparadas para resistir las perturbaciones, competir y prosperar.
Lograr este cambio a escala y a nivel sistémico es difícil. Requiere coordinación entre gobiernos, empresas y sociedad civil, que no siempre avanzan al mismo ritmo ni comparten los mismos objetivos o incentivos. Cuando uno avanza sin los demás, el progreso se estanca y las empresas quedan atrapadas en fases piloto sin apoyo normativo, o se introducen políticas que no pueden aplicarse eficazmente.
Por eso, las alianzas entre múltiples partes interesadas cobran cada vez más importancia. Iniciativas como la Alianza Mundial para la Acción contra los Plásticos del Foro Económico Mundial reúnen a gobiernos, al sector privado y a la sociedad civil en torno a una hoja de ruta nacional compartida, y alinean la inversión, las políticas y los mecanismos de ejecución con objetivos comunes. Al integrar la acción en los sistemas nacionales, en vez de superponer proyectos, ayudan a traducir la ambición en avances coordinados y sostenidos.
Este modelo también refleja un cambio más amplio en la forma de entender el desarrollo. La expresión «enfoque mutuamente beneficioso», cada vez más presente en los foros mundiales, señala un alejamiento de las dinámicas tradicionales entre donantes y receptores y un giro hacia una colaboración basada en intereses económicos compartidos. Este enfoque puede permitir obtener resultados más eficaces con menos recursos al reducir duplicaciones, atraer capital privado y actores catalizadores y, finalmente, garantizar que las intervenciones refuercen las prioridades nacionales en lugar de eludirlas.
Sin embargo, esto solo puede lograrse si los gobiernos, los financiadores y todos los actores del ecosistema están dispuestos a priorizar la labor menos visible de construir sistemas. Por ejemplo, alinear el liderazgo, fortalecer las instituciones, establecer mecanismos de rendición de cuentas y fomentar la confianza entre los socios. Por eso, los foros internacionales deberían situar la coordinación de la ejecución y el cambio sistémico a largo plazo en el centro de la agenda de desarrollo.
Está claro que, para lograr impacto en una época de recursos limitados, es necesario dejar de centrarse en iniciativas individuales y pasar a apoyar los sistemas que permiten una ejecución coordinada. Esto implica respaldar enfoques liderados por los países, mejorar la visibilidad y la colaboración entre las distintas fuentes de financiación y garantizar que las inversiones contribuyan a las estrategias nacionales a largo plazo.
También implica reconocer que la resiliencia, la competitividad y la sostenibilidad no son agendas separadas, sino distintos elementos de un mismo desafío general: cómo construir economías que puedan prosperar dentro de los límites planetarios y, a la vez, generar crecimiento y oportunidades.
En última instancia, hacer más con menos no consiste en rebajar las expectativas, sino en elevar el estándar de lo que significa un desarrollo eficaz. En un mundo cada vez más incierto, en el que aumenta el riesgo climático y el consenso político parece frágil, ese cambio de enfoque no puede llegar lo bastante pronto.


