Durante gran parte de la historia moderna, la industrialización impulsada por las exportaciones y la riqueza en recursos naturales se consideraban los únicos mecanismos para lograr un crecimiento sostenido en los países en desarrollo. Pero hoy las nuevas tecnologías están dando a los países más control sobre su destino social y económico.
A menudo se exageran las virtudes de la tecnología, presentándola como una panacea para los problemas del mundo o como unamaldición implacableque inflige disrupción y desplazamiento a las personas más vulnerables. Pero, históricamente, ninguna de estas caracterizaciones es acertada. Desde la máquina de vapor hasta el ordenador personal, los inventos han transformado las sociedades de maneras complejas. Sin embargo, en conjunto, la tecnología siempre ha creadomásempleos y oportunidades económicas de los que ha destruido. Es probable que esa tendencia continúe.
¿Por qué soy tan optimista? Porque, dondequiera que mire, los líderes están reorientando sus economías para garantizar que el cambio tecnológico y la automatización sean activos y no pasivos. Como señaló recientemente la Comisión Pathways for Prosperity, con sede en la Universidad de Oxford,en fechas recientes, con «optimismo y acción colectiva», las llamadastecnologías de fronterapueden empoderar incluso a los países más pobres.
Durante gran parte de la historia moderna, la industrialización impulsada por las exportaciones y la riqueza en recursos naturales se consideraban los únicos mecanismos para lograr un crecimiento sostenido en el mundo en desarrollo. Pero hoy las nuevas tecnologías, y la posibilidad de combinarlas con innovaciones antiguas, han dado a las personas más voz sobre su destino económico.
Por ejemplo, elServicio de Información sobre Suelos de África, financiado por la Fundación Bill y Melinda Gates, ha combinado software de teledetección y datos de código abierto para reducir en un 97 % el costo de cartografiar los suelos. Esto ha proporcionado a los pequeños agricultores africanos nuevas herramientas para tomar decisiones fundamentadas sobre sus explotaciones, lo que permiteaumentar el rendimiento de los cultivos y reducir los gastos operativos.
Del mismo modo,Twiga Foodsen Kenia utiliza la tecnología para optimizar su cadena de suministro, conectando a productores rurales de frutas y verduras con vendedores pequeños y medianos de Nairobi.El enfoque de Twigaha ayudado a los agricultores a acceder a mercados más lucrativos, ha ampliado las opciones de los consumidores y ha reducido drásticamente las pérdidas y el desperdicio posteriores a la cosecha. La inclusión digital puede ser una fuerza poderosa, especialmente para las mujeres. Go-Jek, un servicio de transporte compartido y entrega de comida en Indonesia, ha aumentado los ingresos de los conductores enun promedio del 44 %y ha conectado por primera vez a muchos de sus proveedores, que suelen ser mujeres, con servicios bancarios.
Sin duda, aprovechar el potencial transformador de la tecnología exigirá invertir más dinero en las personas, sobre todo en las mujeres y los niños. Como sostuvimos en el informe de este año de la Fundación Gates,Goalkeepers, una mejor atención sanitaria y educación —dos pilares del «índice de capital humano» del Banco Mundial— pueden liberar la productividad y la innovación, reducir la pobreza y generar prosperidad. Estos avances son esenciales para que los países alcancen las metas establecidas en losObjetivos de Desarrollo Sostenible.
Aprovechar la tecnología también requerirá reformas económicas sensatas, mejores infraestructuras, instituciones más capaces y estrategias para hacer llegar soluciones digitales a las poblaciones marginadas. Algunos países ya están tomando estas medidas. Indonesia, por ejemplo, ha puesto en marcha unambicioso programapara conectar a otros 100 millones de personas a la banda ancha, reconociendo la importancia de la conectividad para fomentar las oportunidades económicas.
Y, sin embargo, para la mayoría de los «mil millones más pobres» del mundo, los servicios básicos de telefonía e Internet siguen teniendo precios prohibitivos. Por eso, los gobiernos, los donantes y el sector privado deben trabajar juntos para crear modelos empresariales y de precios que permitan recuperar los costos y, al mismo tiempo, ofrecer un nivel adecuado de servicio digital a los consumidores más pobres. Una estrategia de reducción de la pobreza que vale la pena explorar es el acceso comunitario a la tecnología.
La asequibilidad no es el único factor que impide que las personas pobres accedan a la tecnología. La brecha digital refleja patrones más amplios de discriminación social, especialmente contra las mujeres. Dondequiera que vivan, las mujeres tienen alrededor de un 40 % menos de probabilidades que los hombres de haber usado Internet alguna vez, lo que sugiere quelas desigualdades sociales también impulsan las disparidades en el acceso digital. Es fundamental cerrar esta brecha. Cuando las mujeres tienen acceso a toda la gama de servicios digitales —desde la banca móvil hasta la telemedicina—, por lo general son más prósperas, saludables y tienen un mayor nivel educativo.
Mientras los responsables de formular políticas, tanto en países desarrollados como en desarrollo, toman decisiones y realizan inversiones que darán forma al entorno en el que se desplegará el cambio tecnológico, resulta alentador ver que los países participan en un diálogo significativo sobre su futuro digital. Siempre que en estas conversaciones se incluya a ciudadanos que entienden la tecnología y sus repercusiones, será posible diseñar soluciones que satisfagan las necesidades de todos.
Las tecnologías más avanzadas de hoy evolucionan a una velocidad vertiginosa. Pero, con previsión y preparación, el mundo puede minimizar las perturbaciones que inevitablemente causarán para garantizar un crecimiento duradero e inclusivo. Si coordinamos nuestras inversiones en las personas con el gasto en innovación, la nueva «era digital»no dejará a nadie atrás.


