En su discurso en Davos, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, advierte de un «cambio radical en los asuntos mundiales» en los últimos 25 años.
Von der Leyen afirma que el mundo se encuentra en una «carrera contra el tiempo» para afrontar desafíos globales como el cambio climático y aprovechar las oportunidades de la IA.
Europa seguirá buscando la cooperación y está «abierta a los negocios» con quienes deseen mejorar sus tecnologías limpias y ampliar su infraestructura digital.
Señoras y señores:
El primer cuarto del siglo ha llegado a su fin. Y ha traído consigo un cambio radical en los asuntos mundiales.
Este siglo comenzó con grandes expectativas. Hace veinticinco años, la era de la hiperglobalización estaba llegando a su punto álgido.
A medida que las cadenas de suministro se globalizaban, cientos de millones de personas salían de la pobreza, especialmente en India y China.
En Estados Unidos, el auge de las empresas de internet («dot-com») estaba en su apogeo, simbolizando el optimismo de un mundo globalmente conectado, en el que la tecnología se veía como una fuerza inequívoca de prosperidad y paz.
Con la incorporación de Rusia, el G7 se convirtió en el G8, y la democracia se extendía por todo el mundo. Quizá recuerden que algunos llegaron a decir que era el fin de la historia.
En nuestra Unión Europea, nuestra moneda única, el euro, estaba a punto de acercar aún más a nuestros ciudadanos y economías.
La economía mundial recogió los dividendos. Y aquí, en Davos, los líderes mundiales debatieron cómo la cooperación global y la tecnología podían contribuir a la lucha contra la pobreza y las enfermedades. Era la promesa de un mundo más integrado y cooperativo.
Veinticinco años después, ¿se ha cumplido esta promesa? Pues bien, el mundo actual sigue estando casi tan conectado como siempre, pero también ha empezado a fragmentarse por nuevas líneas.
Por un lado, desde el año 2000, el volumen del comercio mundial se ha duplicado, aunque el comercio dentro de los bloques regionales se está expandiendo ahora más rápido que el comercio entre ellos. Es habitual que un chip se diseñe en Estados Unidos, se fabrique en Taiwán con máquinas europeas, se empaquete en el sudeste asiático y se ensamble en China.
Por otro lado, solo el año pasado, las barreras comerciales mundiales se triplicaron en valor. Las instituciones comerciales internacionales han tenido con frecuencia dificultades para hacer frente a los desafíos planteados por el auge de economías no de mercado que compiten con un conjunto diferente de normas.
La innovación sigue floreciendo, con avances en IA, computación cuántica y energía limpia que están llamados a cambiar nuestra forma de vida y de trabajar, pero los controles tecnológicos también se han cuadruplicado en las últimas décadas.
Nuestras dependencias de las cadenas de suministro a veces se utilizan como arma, como demuestra el chantaje energético de Rusia, o quedan al descubierto como frágiles cuando surgen shocks globales, como la pandemia, sin previo aviso.
Y los propios interconectores que nos unen, como los cables de datos submarinos, se han convertido en objetivos, desde el mar Báltico hasta el estrecho de Taiwán.
El orden mundial cooperativo que imaginamos hace 25 años no se ha hecho realidad. En cambio, hemos entrado en una nueva era de dura competencia geoestratégica.
Las principales economías del mundo compiten por el acceso a materias primas, nuevas tecnologías y rutas comerciales globales.
Desde la IA hasta las tecnologías limpias, desde la cuántica hasta el espacio, desde el Ártico hasta el mar de China Meridional, la carrera ya está en marcha.
A medida que esta competencia se intensifica, es probable que sigamos viendo un uso frecuente de herramientas económicas –como sanciones, controles de exportación y aranceles– destinadas a salvaguardar la seguridad económica y nacional.
Pero es importante que equilibremos el imperativo de salvaguardar nuestra seguridad con nuestra oportunidad de innovar y aumentar nuestra prosperidad.
En este espíritu, tendremos que trabajar juntos para evitar una carrera mundial a la baja. Porque no interesa a nadie romper los vínculos de la economía global. Más bien, debemos modernizar las normas para seguir siendo capaces de generar beneficios mutuos para nuestros ciudadanos.
Para los europeos, la carrera empieza en casa. Europa tiene una economía social de mercado única. Somos la segunda economía más grande y el sector comercial más importante del mundo.
Tenemos una mayor esperanza de vida, normas sociales y medioambientales más exigentes y menores desigualdades que todos nuestros competidores mundiales.
Europa también alberga un enorme talento, junto con la probada capacidad de atraer ideas e inversiones de todo el mundo.
Nuestra capacidad para inventar y crear está infravalorada: la cuota europea de solicitudes de patentes a escala mundial está a la par con la de Estados Unidos y China.
Pero el mundo está cambiando. Nosotros también debemos hacerlo.
En los últimos 25 años, Europa ha confiado en la marea creciente del comercio mundial para impulsar su crecimiento. Ha dependido de la energía barata procedente de Rusia. Y Europa ha delegado con demasiada frecuencia su propia seguridad. Pero aquellos días han pasado.
Para mantener nuestro crecimiento en el siguiente cuarto del siglo, Europa debe cambiar de marcha. Por eso pedí a Mario Draghi que elaborara un informe sobre la competitividad europea.
Y sobre esa base, la próxima semana la Comisión Europea presentará nuestra hoja de ruta, la Brújula para la Competitividad, que guiará nuestro trabajo durante los próximos cinco años.
El objetivo será aumentar la productividad cerrando la brecha de innovación. Un plan conjunto para la descarbonización y la competitividad. Superar la escasez de competencias y de mano de obra y reducir la burocracia.
Es una estrategia para que el crecimiento sea más rápido, más limpio y más equitativo, garantizando que todos los europeos puedan beneficiarse del cambio tecnológico.
Permítanme detenerme en tres pilares que sustentarán esta estrategia.
En primer lugar, Europa necesita un mercado de capitales profundo y líquido. El ahorro de los hogares europeos alcanza casi 1,4 billones de euros, frente a algo más de 800 000 millones en Estados Unidos.
Pero las empresas europeas tienen dificultades para acceder a ese ahorro y obtener la financiación que necesitan, porque nuestro mercado de capitales nacional está fragmentado.
Y, como consecuencia, el dinero sale al extranjero: 300 000 millones de euros del ahorro de las familias europeas se invierten fuera cada año. Esta es una cuestión clave que frena el crecimiento de nuestras startups tecnológicas y obstaculiza nuestro sector innovador de tecnologías limpias.
No nos falta capital. Nos falta un mercado de capitales eficiente que convierta el ahorro en inversiones, en particular para las tecnologías en fase inicial con un potencial que puede cambiar las reglas del juego.
Por eso crearemos una Unión Europea de Ahorro e Inversiones – con nuevos productos europeos de ahorro e inversión, nuevos incentivos para el capital de riesgo y un nuevo impulso para garantizar el flujo sin obstáculos de inversiones en toda nuestra unión.
Movilizaremos más capital para que la innovación y la asunción de riesgos hechas en Europa prosperen.
En segundo lugar, debemos facilitar mucho más las empresas en toda Europa. Demasiado talento de primer nivel abandona la Unión Europea porque resulta más fácil hacer crecer sus empresas en otros lugares.
Y demasiadas empresas frenan la inversión en Europa por una burocracia innecesaria. Debemos actuar en todos los niveles: continental, nacional y local. Y queremos liderar el camino a nivel europeo.
Por ejemplo, pondremos en marcha una simplificación de gran alcance de nuestras normas sobre finanzas sostenibles y diligencia debida. Y nos aseguraremos de crear un entorno propicio para que nuestras pymes amplíen su capacidad para construir, producir e innovar en Europa.
Pero quiero ir aún más allá. Hoy en día, el mercado único europeo todavía tiene demasiadas barreras nacionales, por lo que a veces las empresas se enfrentan a 27 legislaciones nacionales.
En cambio, ofreceremos a las empresas innovadoras la posibilidad de operar en toda nuestra Unión Europea con un único conjunto de normas.
Lo llamamos el «28.º régimen»: derecho de sociedades, insolvencia, derecho laboral, fiscalidad: un marco único y sencillo en toda nuestra unión.
Esto ayudará a reducir las barreras más comunes para escalar en toda Europa. Porque la escala continental es nuestro mayor activo en un mundo de gigantes.
El tercer pilar es la energía. Antes del inicio de la guerra de Putin, Europa obtenía el 45 % de sus suministros de gas y el 50 % de sus importaciones de carbón de Rusia. Rusia era también uno de nuestros mayores proveedores de petróleo.
Esta energía parecía barata, pero nos exponía al chantaje. Así que, cuando los tanques de Putin entraron en Ucrania, Putin nos cortó el suministro de gas.
A cambio, reducimos sustancialmente nuestra dependencia de los combustibles fósiles rusos en tiempo récord. Nuestras importaciones de gas procedentes de Rusia bajaron aproximadamente un 75 %. Y ahora solo importamos de Rusia el 3 % de nuestro petróleo, y ya no importamos nada de carbón.
Pero la libertad tuvo un precio. Los hogares y las empresas sufrieron costes energéticos disparados, y las facturas de muchos todavía no han bajado. Ahora, nuestra competitividad depende de volver a unos precios de la energía bajos y estables.
La energía limpia es la respuesta a medio plazo, porque es barata, crea buenos empleos aquí, en la Unión Europea, y refuerza nuestra independencia energética.
Ya hoy, Europa genera más electricidad a partir de la eólica y la solar que a partir de todos los combustibles fósiles juntos. Pero aún tenemos trabajo por hacer para que estos beneficios lleguen a las empresas y a las personas.
No solo debemos seguir diversificando nuestros suministros energéticos y ampliando las fuentes limpias de generación procedentes de energías renovables y, en algunos países, también de la energía nuclear.
Tendremos que invertir en tecnologías energéticas limpias de nueva generación, como la fusión, la geotermia mejorada y las baterías de estado sólido.
También debemos movilizar más capital privado para modernizar nuestras redes eléctricas y la infraestructura de almacenamiento.
Debemos eliminar los obstáculos restantes para nuestra unión energética. Y debemos conectar mejor nuestros sistemas energéticos limpios y bajos en carbono.
Todo esto formará parte de un nuevo plan que presentaremos en febrero. Es hora de completar nuestra unión energética, para que la energía limpia pueda circular libremente por nuestro continente y reducir los precios para todos los europeos.
Señoras y señores, este es nuestro plan. Y los próximos años serán decisivos para seguir en la carrera de las tecnologías limpias y disruptivas.
Europa tiene todo lo necesario para hacerlo realidad. Contamos con un sector privado con una larga tradición de innovación. Disponemos de una fuerza laboral de primer nivel. Tenemos un enorme mercado único de 450 millones de consumidores y una infraestructura social única para proteger a las personas de los grandes riesgos de la vida.
Tenemos instituciones creíbles e independientes, una gobernanza transparente y un compromiso inquebrantable con el Estado de derecho.
Gracias a todo ello, en los últimos cinco años, Europa ha capeado la tormenta más feroz de su historia económica. Y superamos una crisis energética sin precedentes.
Lo hicimos juntos, y podemos volver a hacerlo. Y tenemos la voluntad política. Porque cuando Europa está unida, consigue hacer las cosas.
Señoras y señores, los próximos años serán decisivos mucho más allá de Europa.
Todos los continentes tendrán que acelerar la transición hacia la neutralidad climática y hacer frente a la creciente carga del cambio climático.
Su impacto es imposible de ignorar. Olas de calor en Asia. Inundaciones desde Brasil hasta Indonesia, desde África hasta Europa. Incendios forestales en Canadá, Grecia y California. Huracanes en Estados Unidos y el Caribe.
El cambio climático sigue en lo más alto de la agenda mundial. Desde la descarbonización hasta las soluciones basadas en la naturaleza. Desde la construcción de una economía circular hasta el desarrollo de créditos de naturaleza.
El Acuerdo de París sigue siendo la mejor esperanza de toda la humanidad. Por eso Europa mantendrá el rumbo y seguirá trabajando con todas las naciones que quieran proteger la naturaleza y frenar el calentamiento global.
Asimismo, todos los continentes tendrán que aprovechar las oportunidades de la IA y gestionar sus riesgos.
Ante desafíos como estos, no estamos en una carrera unos contra otros, sino en una carrera contra el tiempo. Incluso en un momento de dura competencia, debemos unir fuerzas.
Y Europa seguirá buscando la cooperación: no solo con nuestros amigos de larga data con ideas afines, sino con cualquier país con el que compartamos intereses.
Nuestro mensaje para el mundo es sencillo: si hay beneficios mutuos a la vista, estamos dispuestos a colaborar con ustedes.
Si quieren mejorar sus industrias de tecnologías limpias, si quieren ampliar su infraestructura digital, Europa está abierta a los negocios.
Y, a medida que se intensifica la competencia entre grandes potencias, percibo un interés creciente en todo el mundo por colaborar más estrechamente con nosotros.
En los últimos dos meses hemos cerrado nuevas asociaciones con Suiza, el Mercosur y México. Esto significa que 400 millones de latinoamericanos participarán pronto en una asociación privilegiada con 450 millones de europeos.
Estos acuerdos llevaban años, si no décadas, en preparación. Entonces, ¿por qué se están cerrando todos hoy?
No solo porque Europa es un mercado grande y atractivo. Sino porque con Europa lo que ves es lo que obtienes. Jugamos según las reglas. Nuestros acuerdos no tienen condiciones ocultas.
Y mientras otros solo están interesados en exportar y extraer, nosotros queremos ver prosperar las industrias locales en los países socios.
Porque esto también redunda en nuestro interés. Así diversificamos nuestras cadenas de suministro. Y por eso la oferta de Europa resulta tan atractiva en todo el mundo.
Desde nuestros vecinos de África, que trabajan con nosotros para desarrollar cadenas de valor locales de tecnologías limpias y combustibles limpios, hasta la vasta región de Asia-Pacífico.
Por eso, el primer viaje de mi nueva Comisión será a India. Junto con el primer ministro Modi queremos reforzar la asociación estratégica con el país más grande y la mayor democracia del mundo.
Creo que también debemos esforzarnos por obtener beneficios mutuos en nuestro diálogo con China. Cuando China se unió a la OMC [Organización Mundial del Comercio] hace 25 años, el impacto del crecimiento de las exportaciones chinas se denominó «shock chino».
Hoy, algunos hablan de un segundo shock chino, debido a la sobrecapacidad impulsada por el Estado. Por supuesto, debemos responder a ello.
En todo el mundo, incluido el Sur Global, se están adoptando medidas comerciales defensivas como respuesta a las distorsiones del mercado chino. Esta es también la razón por la que Europa ha adoptado medidas, por ejemplo, sobre los coches eléctricos.
Al mismo tiempo, siempre he subrayado que estamos dispuestos a seguir con nuestros debates. Y seguiremos reduciendo los riesgos de nuestra economía.
Muchos creen, incluso en China, que sería en el interés a largo plazo de China gestionar de forma más responsable sus desequilibrios económicos.
Esa es también nuestra opinión. Y creo que debemos colaborar de forma constructiva con China para encontrar soluciones en nuestro interés mutuo.
2025 marca 50 años de relaciones diplomáticas de nuestra Unión con China. Lo veo como una oportunidad para entablar y profundizar nuestra relación con China y, cuando sea posible, incluso para ampliar nuestros vínculos comerciales y de inversión.
Es hora de buscar una relación más equilibrada con China, con espíritu de equidad y reciprocidad.
Este nuevo compromiso con países de todo el mundo no es solo una necesidad económica, sino también un mensaje para el mundo. Es la respuesta de Europa a la creciente competencia mundial.
Queremos más cooperación con todos los que estén dispuestos a ello. Y esto, por supuesto, incluye a nuestros socios más cercanos. Pienso, naturalmente, en los Estados Unidos de América.
Ninguna otra economía del mundo está tan integrada como la nuestra. Las empresas europeas en Estados Unidos emplean a 3,5 millones de estadounidenses. Y otro millón de empleos estadounidenses dependen directamente del comercio con Europa.
Las cadenas de suministro enteras se extienden a ambos lados del Atlántico. Por ejemplo, un avión estadounidense se fabrica con sistemas de control y fibras de carbono procedentes de Europa. Y los medicamentos estadounidenses se elaboran con productos químicos y herramientas de laboratorio que proceden de nuestro lado del Atlántico.
Al mismo tiempo, Europa importa el doble de servicios digitales de Estados Unidos que de toda la región de Asia-Pacífico. De todos los activos estadounidenses en el extranjero, dos tercios están en Europa.
Y Estados Unidos suministra más del 50 % de nuestro GNL. El volumen comercial entre nosotros asciende a 1,5 billones de euros, lo que representa el 30 % del comercio mundial.
Mucho está en juego para ambas partes. Por ello, nuestra primera prioridad será entablar contacto cuanto antes, debatir intereses comunes y estar preparados para negociar.
Seremos pragmáticos, pero siempre defenderemos nuestros principios. Protegeremos nuestros intereses y defenderemos nuestros valores, porque ese es el modo europeo.
Las reglas de la interacción entre las potencias mundiales están cambiando. No debemos dar nada por sentado. Y aunque algunos en Europa puedan no gustarles esta nueva realidad, estamos preparados para afrontarla.
Nuestros valores no cambian. Pero para defender estos valores en un mundo cambiante, debemos cambiar nuestra forma de actuar.
Debemos buscar nuevas oportunidades allí donde surjan. Este es el momento de colaborar más allá de bloques y tabúes. Y Europa está preparada para el cambio.
Muchas gracias, ¡y viva Europa!


