El legado de la COVID-19: cómo acertar con el Gran Reinicio

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Many things will change forever after COVID-19.Image: cluttersnap on Unsplash
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  • Lo peor de la pandemia aún está por llegar y el mundo ha alcanzado un momento decisivo.

  • Debemos acertar con el Gran Reinicio. Los desafíos son mayores de lo que se imaginaba, pero nuestra capacidad para reiniciarnos también es mayor de lo que nos habíamos atrevido a esperar.

Este artículo acompaña el lanzamiento de COVID-19: El Gran Reinicio, el nuevo libro de Klaus Schwab y Thierry Malleret sobre la crisis de la COVID-19 y sus repercusiones. Puede pedirse aquí, y puede dejar una reseña aquí.

Lo peor de la pandemia aún está por llegar. Hasta la fecha, solo unos pocos países contienen el virus de forma eficaz, mientras que en la mayoría de las naciones la COVID-19 está fuera de control o reaparece con brotes locales, más o menos limitados.

En apenas seis meses, la pandemia de COVID-19 ha sumido a nuestro mundo en su conjunto —y a cada uno de nosotros de forma individual— en los tiempos más difíciles a los que nos hemos enfrentado en generaciones. Es un momento decisivo: tendremos que lidiar con sus consecuencias durante años, y muchas cosas cambiarán para siempre. Ha provocado (y seguirá provocando) una disrupción económica de proporciones monumentales, generando riesgo y volatilidad en múltiples frentes —políticos, sociales, geopolíticos—, a la vez que agrava profundas preocupaciones sobre el medio ambiente y amplía el alcance (perjudicial o no) de la tecnología en nuestras vidas.

Ningún sector ni empresa se librará del impacto de estos cambios. Millones de compañías corren el riesgo de desaparecer y muchas industrias se enfrentan a un futuro incierto; solo unas pocas prosperarán.

A nivel individual, para muchos, la vida tal como la conocían se desmorona a un ritmo alarmante. Dicho esto, las crisis agudas favorecen la introspección y propician el potencial de transformación.

Las líneas de falla del mundo actual —en particular: las divisiones sociales, la falta de equidad, la ausencia de cooperación, el fracaso de la gobernanza y el liderazgo mundiales y la grave degradación de nuestros activos naturales— nunca han quedado tan expuestas, y muchos sienten que quizá haya llegado el momento de reinventarse.

Podría surgir un nuevo mundo, cuyos contornos nos corresponde reimaginar y redibujar.

La repentina y violenta naturaleza del shock que inflige la pandemia puede hacer que la magnitud de este desafío parezca abrumadora. Esta impresión se debe en gran medida a que, en el mundo interdependiente e hiperconectado de hoy, los riesgos se amplifican entre sí: los riesgos o problemas individuales encierran el potencial de provocar efectos en cadena al desencadenar otros (como que el desempleo pueda alimentar el malestar social o que el empobrecimiento provoque migraciones masivas involuntarias).

El rasgo distintivo del mundo actual es la conectividad sistémica: en un mundo así, el “actuar en silos” y el “pensar en silos” no tienen cabida, porque los riesgos convergen. Todas las grandes cuestiones que ejercen impactos directos y diarios sobre nuestras sociedades, la economía global, la geopolítica, el medio ambiente y la tecnología no evolucionan de forma lineal.

Funcionan como sistemas adaptativos complejos y, como tales, comparten un atributo fundamental: la susceptibilidad a que los asuntos se desencadenen en cascada y se salgan de control, produciendo así consecuencias extremas que a menudo llegan por sorpresa y para las que estamos mal preparados. La COVID-19 ya nos ha dado un anticipo de ello.

En gran medida, fenómenos tan distintos como el fuerte y dramático aumento del desempleo (un riesgo económico), la ola global de malestar social desatada por las protestas de Black Lives Matter (una cuestión social) y la creciente fractura entre China y Estados Unidos (un riesgo geopolítico) no se habrían producido sin la pandemia. Como mínimo, se vieron agravados por ella.

La concurrencia y la gravedad de estas líneas de falla significan que nos encontramos ahora en una coyuntura crítica: el potencial de cambio es ilimitado y solo está limitado por nuestra imaginación, para bien o para mal. Las sociedades podrían encaminarse hacia una mayor equidad o hacia lo contrario; orientarse hacia una mayor solidaridad o hacia un mayor individualismo; favorecer los intereses de unos pocos o atender las necesidades de muchos; las economías, cuando se recuperen, podrían caracterizarse por una mayor inclusión y por una mayor sintonía con nuestros bienes comunes globales, o simplemente podrían volver a la normalidad de siempre, que ahora se revela (de tantas maneras) como un statu quo insostenible.

¿Habrá suficiente voluntad colectiva para aprovechar esta oportunidad sin precedentes de reimaginar nuestro mundo, con el objetivo de hacerlo mejor y más resiliente al surgir del otro lado de esta crisis?

Esta es la cuestión fundamental de la que depende el éxito del Gran Reinicio. El alcance del cambio necesario es inmenso, desde la elaboración de un nuevo contrato social hasta la forja de una colaboración internacional mejorada. Inmenso, pero en absoluto insuperable, como demuestra el caso de la inversión inteligente en el medio ambiente.

El periodo inmediatamente posterior a la crisis ofrece una pequeña ventana para reconstruir mejor, sin desperdiciar los 10 billones de dólares que los gobiernos de todo el mundo están invirtiendo para aliviar los efectos de la pandemia de COVID-19. Una forma de invertir de manera inteligente es integrar la resiliencia climática y ambiental en los paquetes de estímulo y los programas de recuperación.

Un reciente documento de política en el que el Foro Económico Mundial ha contribuido con estimaciones que indican que construir una economía positiva para la naturaleza podría representar más de 10 billones de dólares al año para 2030, en términos de nuevas oportunidades económicas y costes económicos evitados. A corto plazo, desplegar unos 250.000 millones de dólares en fondos de estímulo podría generar hasta 37 millones de empleos positivos para la naturaleza de manera muy rentable. Restablecer el medio ambiente no debe considerarse un coste, sino una inversión que generará actividad económica y oportunidades de empleo.

Debemos acertar con el Gran Reinicio. Los desafíos que tenemos por delante podrían tener consecuencias mayores de lo que hasta ahora hemos decidido imaginar, pero nuestra capacidad para reiniciarnos también podría ser mayor de lo que nos habíamos atrevido a esperar.

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