La insatisfacción con la democracia ha aumentado en los últimos veinticinco años.
Sin embargo, las «islas de satisfacción», en especial los Países Bajos, Suecia y Suiza, sí persisten.
Cuatro factores explican estas tendencias generales: polarización, parálisis, perfidia (o escándalo) e impotencia.
La insatisfacción global con la democracia ha aumentado en los últimos 25 años, según nuestro reciente informe.
Basándose en el proyecto HUMAN Surveys, el informe abarcó 154 países, con 77 países cubiertos de forma continua durante el período comprendido entre 1995 y 2020. Estas muestras fueron posibles gracias a la combinación de datos de más de 25 fuentes, 3.500 encuestas nacionales y 4 millones de encuestados.
No es de extrañar que el titular más sombrío –el aumento de la insatisfacción democrática– atrajo la mayor atención. Sin embargo, se debate menos la «buena noticia»: que una pequeña muestra de países ha desafiado la tendencia y registra niveles de satisfacción con sus democracias en máximos históricos.
Islas de satisfacción
¿Por qué países como los Países Bajos, Dinamarca o Suiza, logran alcanzar niveles altos y crecientes de satisfacción democrática?
Hay cuatro factores que destacan a la hora de explicar por qué algunas democracias han experimentado, o no, un deterioro de la satisfacción democrática. Pueden resumirse en cuatro «P»: polarización, parálisis, perfidia (o escándalo) e impotencia.
Polarización
En primer lugar, los países con una polarización creciente muestran un aumento de la insatisfacción. Esto ocurre especialmente en los sistemas electorales mayoritarios que generan «ganadores y perdedores», lo que deja a casi la mitad del electorado insatisfecho tras cada elección.
Estados Unidos
Investigaciones recientes muestran que Estados Unidos ha registrado el mayor aumento de la polarización desde la década de 1990, y también se encuentra entre los países con mayor incremento de la insatisfacción democrática. Otras democracias mayoritarias, como Canadá y el Reino Unido, han sufrido la misma tendencia, aunque en menor medida.
Países como Dinamarca o Suiza, que denominamos «islas de satisfacción», por el contrario, presentan una polarización limitada y utilizan la representación proporcional. Las estructuras políticas de estas naciones las impulsan hacia formas de política más cooperativas, y suelen ser menos complejas de gobernar.
Parálisis
Los ciudadanos detestan el vacío político. Quizá uno de los ejemplos más claros sea el Reino Unido durante la parálisis del Brexit en 2019, cuando el gabinete y el Parlamento británicos se bloquearon sobre si aprobar el acuerdo de retirada de la UE, celebrar un segundo referéndum o convocar elecciones.
Reino Unido
El Reino Unido no es el único ejemplo: los cierres del Gobierno en Estados Unidos bajo Bill Clinton en 1995-6, Barack Obama en 2013 y Donald Trump en 2018-9 no aumentaron la satisfacción pública. Y en Australia, la puerta giratoria de primeros ministros entre 2013 y 2018 ha dejado a muchos votantes insatisfechos.
Por el contrario, en los países donde existe una relativa continuidad en el Gobierno, se evitan estas crisis. En Suiza, la llamada «fórmula mágica» de coalición a nivel federal previene casi por diseño tales crisis, y la satisfacción ha ido en aumento.
Perfidia
La perfidia, o corrupción y escándalo, es uno de los predictores más fuertes de la insatisfacción con la democracia. Pueden ser de corta duración, como el escándalo de los gastos parlamentarios del Reino Unido en 2009, que hizo subir temporalmente la insatisfacción, o de mayor duración, como las investigaciones «tangentopoli» en la Italia de los años noventa, que llevaron al colapso de todo el sistema de partidos.
Inevitablemente, se encuentran ejemplos más extremos en muchas democracias emergentes. En Brasil, la insatisfacción democrática se ha disparado desde el inicio de las investigaciones «Lava Jato» en 2014. Y en Sudáfrica, una serie de revelaciones de corrupción durante la presidencia de Jacob Zuma hicieron que la insatisfacción democrática se disparara hasta máximos históricos.
Sudáfrica
Dinamarca, Suiza, los Países Bajos y Luxemburgo, por el contrario, ocupan el primer, cuarto, octavo y noveno puesto, respectivamente, entre los países menos corruptos del mundo, según Transparencia Internacional.
Impotencia
Por último, los ciudadanos deben sentir que tienen capacidad de influir en el proceso político.
Un ejemplo claro de impotencia es la baja integridad electoral. Las elecciones son uno de los aspectos más visibles de la democracia, y las prácticas electorales injustas reducen la satisfacción pública.
El ilimitado dinero que ha fluido en las elecciones estadounidenses desde 2010, sus distritos electorales manipulados de forma demostrable (gerrymandering), la supresión activa del voto y las polémicas en el recuento de votos han desilusionado a muchos con el proceso electoral. Canadá está en mejor situación, pero la elusión de las normas de financiación electoral por parte de los conservadores en la campaña electoral de 2006 y el escándalo Robocall en las elecciones federales canadienses de 2011 no aumentaron la satisfacción pública.
En comparación, el Proyecto de Integridad Electoral dirigido por las universidades de Harvard y Sídney, otorga a Dinamarca, Suiza, los Países Bajos y Luxemburgo algunas de las mejores puntuaciones del mundo.
Los sentimientos de capacidad de acción política requieren una sensación de influencia sobre las instituciones nacionales, pero también la percepción de que esas instituciones son en sí mismas soberanas. Varios de los países más satisfechos de nuestro estudio se encuentran en la periferia de la UE (Noruega y Suiza) o no pertenecen a la eurozona (Dinamarca), proyectos que requieren una cesión sustancial de soberanía para funcionar.
Mientras tanto, los países del sur de Europa, como Grecia, atrapados en la crisis de la eurozona, han experimentado en los últimos años una profunda caída de la satisfacción democrática.
Reforzar la satisfacción con la democracia exigirá abordar múltiples cuestiones. Pero reconocer que el descontento democrático tiene raíces más profundas es un punto de partida necesario.






