Tendemos a subestimar la felicidad promedio de quienes nos rodean. La siguiente visualización lo muestra en países de todo el mundo, a partir de datos de Ipsos’ Perils of Perception—una encuesta internacional que pide a las personas que adivinen qué respondieron otras personas de su país a la pregunta sobre la felicidad de la Encuesta Mundial de Valores.
El eje horizontal del gráfico siguiente muestra la proporción real de personas que dijeron estar «Muy felices» o «Bastante felices» en la Encuesta Mundial de Valores; el eje vertical muestra la estimación promedio de esa misma proporción (es decir, la estimación promedio que hicieron las personas encuestadas de la proporción de personas de su país que declararon estar «Muy felices» o «Bastante felices»).
Si las personas encuestadas hubieran estimado la proporción correcta, todas las observaciones se situarían sobre la línea roja de 45 grados. Sin embargo, como podemos ver, todos los países quedan muy por debajo de esa línea. En otras palabras, en todos los países la gente subestimó la felicidad que los demás declaran sentir. Las desviaciones más extremas se dan en Asia: los surcoreanos creen que el 24 % de las personas dicen ser felices, cuando en realidad lo hace el 90 %.
Las estimaciones más altas de esta muestra (Canadá y Noruega) son del 60 %; esta cifra es inferior al valor real más bajo de felicidad autodeclarada en cualquier país de la muestra (correspondiente a Hungría, con un 69 %).
¿Por qué se equivocan tanto las personas en sus estimaciones? No basta con descartar estas cifras diciendo que reflejan diferencias entre la felicidad «real» y la declarada.
Una posible explicación es que las personas tienden a declarar de forma inexacta su propia felicidad; por eso, las estimaciones promedio podrían ser un indicador correcto de la satisfacción vital real (y un indicador incorrecto de la satisfacción vital declarada). Sin embargo, para que esto fuera cierto, las personas tendrían que declarar habitualmente de forma inexacta su propia felicidad y, al mismo tiempo, suponer que los demás no declaran la suya de forma inexacta.
Y las personas no son malas para juzgar el bienestar de quienes conocen: hay abundantes pruebas de que las valoraciones de la felicidad de una persona hechas por sus amistades se correlacionan con su propia felicidad, y de que las personas suelen ser buenas para evaluar las emociones con solo observar las expresiones faciales.
Otra explicación es que esta discrepancia se basa en el hecho, bien establecido, de que las personas tienden a tener una visión positiva de sí mismas, pero negativa de quienes no conocen. Se ha observado en otros contextos que las personas pueden ser optimistas sobre su propio futuro y, al mismo tiempo, profundamente pesimistas sobre el futuro de su país o del mundo. Analizamos este fenómeno con más detalle en nuestra entrada sobre optimismo y pesimismo, concretamente en una sección dedicada al optimismo individual y pesimismo social.


