Desde su reaparición en el verano de 2014, el brote de ébola en África Occidental ha devastado comunidades, causado miles de muertes y generado miedo, ansiedad y desconfianza y, en algunos casos, violencia. El brote de ébola ya está en gran medida contenido y se han logrado varios avances importantes en prevención, tratamiento y desarrollo de vacunas. Sin embargo, se han pasado en gran medida por alto las consecuencias de este período prolongado para la salud mental de la población.
Hasta la fecha, se han realizado pocos esfuerzos, en gran medida descoordinados, para atender las necesidades de salud mental de las víctimas, sus familias y los equipos de tratamiento, y ninguno ha dado lugar a proyectos sistemáticos o coordinados. Por consiguiente, aún no se han materializado los esfuerzos por diseñar y probar intervenciones y programas de prevención con rigor científico y, si resultan eficaces, utilizarlos para ayudar al público en general.
Atender las necesidades de salud mental
La exposición a acontecimientos extremadamente traumáticos, como la mortalidad masiva, los niños que quedan huérfanos, la pérdida de trabajadores sanitarios y la escasez de medicamentos, alimentos y recursos, así como la discriminación contra las familias afectadas a causa del estigma, son factores de riesgo de gran impacto para los problemas de salud mental. Entre ellos se encuentran la ansiedad, la depresión, el duelo complicado y el trastorno de estrés postraumático (TEPT). La falta de sistemas de salud mental y la pobreza agravan aún más estos riesgos.
La OMS ha formulado recomendaciones para ofrecer asesoramiento en salud mental en las zonas afectadas por el ébola, pero se necesita con urgencia una respuesta de salud mental más proactiva y basada en la investigación para mitigar la magnitud de las consecuencias para la salud mental.
El brote de ébola ha afectado a grandes poblaciones con alto riesgo de desarrollar problemas de salud mental, entre ellas quienes sobrevivieron al brote pero han sido estigmatizados, los familiares en duelo y los niños huérfanos marginados. También se encuentran entre ellas los trabajadores sanitarios y de entierros, que han sido testigos constantes del horror que se desarrollaba.
Los programas deberían incluir ahora medidas basadas en la evidencia para evaluar las necesidades de salud mental y ofrecer terapias centradas en el trauma, como la exposición prolongada —que reduce la angustia mediante la exposición cuidadosa y repetida a pensamientos, sentimientos y situaciones relacionados con el trauma que se habían estado evitando—, el tratamiento interpersonal, o medicación adecuada, con o sin psicoterapia. En casos de duelo prolongado y clínicamente significativo, se recomiendan los tratamientos existentes basados en la evidencia .
Limitar la exposición
El virus del ébola provocó conductas de miedo a gran escala entre el público y las familias de las víctimas. Entre ellas, hubo pacientes con síntomas que huían de los hospitales y familiares desesperados que intentaban ocultar en casa a sus parientes enfermos. Muchas familias de las víctimas también realizaron entierros clandestinos: prepararon personalmente los cuerpos de las víctimas fallecidas y luego se infectaron. Estas conductas se debieron a la pobreza, la falta de conocimientos y la falta de acceso al tratamiento, además de la dolorosa exposición diaria a los síntomas hemorrágicos de los pacientes infectados y a los cadáveres. Margaret Chan, directora general de la OMS, afirmó que estas conductas propagaron la transmisión del virus del ébola.
Los sistemas sanitarios también se vieron desafiados por rumores y desinformación, a menudo impulsados por informaciones defectuosas de los medios de comunicación y mensajes inadecuados de salud pública. Afrontar las secuelas de una pandemia es una cosa, pero en el futuro tendremos que prevenir o limitar los factores que llevan a tales conductas de miedo durante una pandemia a gran escala. Esto requiere programas bien coordinados que aborden eficazmente las barreras culturales, las carencias educativas y la desconfianza entre familiares, cuidadores y sistemas sanitarios.
Para mitigar los temores irracionales y la gestión inadecuada de las necesidades de salud de las víctimas, los esfuerzos deberían abordar la falta de recursos en los centros de tratamiento y la escasez de equipos sanitarios bien capacitados, equipados y protegidos, que, además de brindar educación y tratamiento basados en la evidencia, también podrían ofrecer asesoramiento en salud mental.
Difundir mensajes equivocados
La angustia derivada de la exposición indirecta al trauma a través de los medios electrónicos y digitales durante las catástrofes es común y también constituye un factor de riesgo para los problemas de salud mental. Aunque es necesario ofrecer información de salud pública sobre las amenazas que plantean las catástrofes, la exposición a los medios de comunicación también puede exacerbar las conductas de miedo y los problemas de salud mental, según descubrió un grupo de investigadores de la Universidad de California. Para mitigar ese riesgo sin perjudicar la difusión de noticias importantes y materiales educativos, es fundamental desarrollar una estrategia de comunicación de riesgos basada en la ciencia que contrarreste la tendencia a difundir mensajes que fomentan el miedo.
Los mensajes eficaces de salud pública deberían incluir información sobre las conductas que promueven la seguridad, la probabilidad de recuperación de los pacientes bien atendidos, las intervenciones médicas exitosas, el apoyo a la salud mental y las medidas de protección y seguridad, incluida la forma de evitar el contacto con las víctimas —vivas y fallecidas—, así como educar al público sobre maneras de evitar riesgos en espacios públicos y en el transporte público.
Aunque se esperan reacciones de miedo relacionadas con las pandemias, estas respuestas emocionales pueden desempeñar un papel generalizado en la propagación de enfermedades en las zonas afectadas por una pandemia. Los esfuerzos por desarrollar tratamientos y vacunas deberían ir acompañados de mensajes de salud pública bien dirigidos a través de los medios de comunicación y de una respuesta de salud mental bien coordinada, a fin de mitigar las conductas de miedo y atender las necesidades psicológicas a largo plazo de los pacientes, sus familiares y los trabajadores sanitarios.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lea el artículo original.. La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial.
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Autor: Yuval Neria es profesor de Psicología Médica y director del Programa de Trauma y TEPT en la Universidad de Columbia.
Imagen: Un trabajador sanitario se refleja en un espejo mientras se prepara para ponerse el equipo de protección cerca del Hospital Rokupa, en Freetown. REUTERS/Christopher Black/WHO/Handout vía Reuters

