Por qué las elecciones de EE. UU. y el Brexit dejaron al descubierto profundas divisiones generacionales

The White House is pictured shortly after sunrise in Washington, August 1, 2007. REUTERS/Jason Reed (UNITED STATES) - RTR1SFN2
Disruption has been a key theme of contemporary politics.Image: REUTERS/Jason Reed
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El voto del Reino Unido a favor de salir de la Unión Europea y la elección de Donald Trump como presidente de EE. UU. dejaron al descubierto una profunda división generacional. Los millennials cosmopolitas y los jubilados nacionalistas —lo que Thomas Friedman llama «gente de la web» y «gente del muro»— parecen no tener nada en común. Pero ambos apuntan a la misma crisis de representación política.

En el Reino Unido, por cada votante menor de 24 años que votó por «Salir», hubo tres mayores de 65 años. En EE. UU., Trump obtuvo el 53 % de los votos de los mayores de 65 años, pero solo contó con el apoyo del 37 % de las personas de entre 18 y 29 años.

En ambos casos, las personas mayores se sintieron atraídas por una retórica pesimista que denunciaba el daño causado a sus comunidades por el libre comercio, la libre circulación, el amor libre y una tecnología sin intervención humana que alteraba sus empleos y su seguridad económica. Los jóvenes eran mucho más optimistas respecto al futuro, sus perspectivas personales y el potencial de la tecnología, y mucho más empáticos con los grupos marginados.

Ganaron los pesimistas y ahora se sienten bastante esperanzados. Los que antes eran optimistas ahora temen lo peor.

Pero, pese a sus actitudes fundamentalmente distintas hacia la tecnología y la globalización, la gente de la web y la gente del muro tienen algo en común: ambas desconfían profundamente de las instituciones existentes. Creen que la democracia representativa se ha venido abajo y ven un potencial creativo en la disrupción.

La gente del muro quiere hacer añicos el sistema existente, con la esperanza de que surja algo mejor: algo que se parezca un poco más al mundo familiar de antaño (o, al menos, al que imaginan). La gente de la web, por su parte, cree que la tecnología debe transformar la política y las instituciones, tal como ha transformado los periódicos, los servicios de taxi y los hoteles.

La mentalidad de la web queda ejemplificada por Vyacheslav Polonski, un científico de redes de 27 años de origen ucraniano que ha pasado un tiempo en Harvard y actualmente está terminando un doctorado en redes sociales en la Universidad de Oxford. «Nos desenvolvemos en un mundo del siglo XXI», me dice, «pero nuestro sistema político no ha evolucionado desde los siglos XVIII y XIX».

Polonski señala que nuestras instituciones gubernamentales se establecieron no solo antes de Facebook e Instagram, sino incluso antes de la televisión y la radio. Mientras que nuestra economía se caracteriza ahora por la capacidad de elegir, la personalización y la participación, nuestra política sigue atenazada por la burocracia, los intereses particulares y los partidos políticos arraigados, aunque en declive. «A medida que nuestro gobierno se vuelve más ágil», afirma, «la gente puede votar por ideas y programas concretos, en vez de por un partido político». Como resultado, «la política se parecerá más a Uber: estará más descentralizada, será más abierta y más inmediata».

Para reforzar su argumento, Polonski me pone en contacto con su amiga María Luisa Martínez Dibarboure, una abogada en prácticas de 27 años y una de las fundadoras de El Partido Digital, un nuevo partido político digital de su Uruguay natal. «Vivimos una crisis de representación», me dice Dibarboure por Skype (¿de qué otra manera?). «Cuando la gente llega al poder», lamenta, «vota según sus propias preferencias», y no según las de quienes la eligieron.

La solución de Dibarboure consiste en usar Internet para garantizar una representación fiel. El Partido Digital está trabajando actualmente para elegir a un representante al parlamento. Ese representante usaría Internet para consultar a sus electores antes de cada votación parlamentaria, garantizando así que realmente sea la voz de los votantes.

Más interesante aún, los electores podrán delegar sus votos en otras personas, quizá en amigos con más conocimientos sobre determinados temas. Fred, el economista, podría votar en mi nombre sobre cuestiones económicas, y Anne, la científica, podría votar por mí en asuntos medioambientales.

El concepto de Dibarboure no se basa ni en elecciones ni en referendos. En lugar de la democracia representativa o directa, propone lo que ella y Polonski llaman «democracia líquida»: un sistema que combina lo mejor de ambas. «Lo nuestro es la representación, no la ideología», aclara. «No representamos ni a la izquierda ni a la derecha… Se trata de la gente».

Polonski y Dibarboure forman parte de una comunidad de 6.000 «líderes globales», reunidos por el Foro Económico Mundial. Estos jóvenes de entre 23 y 27 años son creativos, están conectados, son cosmopolitas y están llenos de energía. Los resultados electorales recientes los han dejado abatidos («2016 fue el año en que perdí la fe en la humanidad», dice Dibarboure). Pero tengo la impresión de que pronto se recuperarán y encontrarán oportunidades en las disrupciones políticas actuales.

Esto no quiere decir que estas disrupciones sean la respuesta a sus problemas, ni siquiera a los problemas de la gente del muro. Al contrario, las disrupciones políticas actuales podrían dificultar la consecución de algunos de los resultados que estos grupos desean.

Tanto los mayores como los jóvenes esperan recuperar las oportunidades de las que disfrutó la generación del baby boom de la posguerra, posterior a 1945. Pero esas oportunidades fueron posibles gracias al compromiso con la acción colectiva, al amplio apoyo a la redistribución y al sólido crecimiento económico, factores con los que hoy no se puede contar. Al contrario, es probable que la reacción contra la globalización y la inmigración perjudique el crecimiento mundial, mientras que la necesidad de formar ad hoc coaliciones de países dispuestos a actuar socava el avance en la creación de nuevas instituciones. Para muchas personas hoy en día, la redistribución se ha convertido en una mala palabra.

Por tanto, la política que apoya la gente del muro no es la respuesta. Pero tampoco lo es la política de la gente de la web. Aunque la política disruptiva posibilitada por Internet puede derribar el statu quo —como nos enseñaron las revoluciones de la Primavera Árabe—, no ha demostrado ser especialmente eficaz para crear alternativas sostenibles.

Los agravios de los mayores y los jóvenes son muy reales. Las ganancias económicas de las últimas décadas no se han repartido lo suficiente. Los partidos políticos están más al servicio de sí mismos que de las comunidades a las que representan. Hay socialismo para los ricos y capitalismo para los pobres. La guerra contra el terrorismo está creando más terroristas. Y los sistemas de comercio y migración están perdiendo apoyo.

En vez de defender el statu quofrente a la contrarrevolución, la clase política debería trabajar para crear un sistema nuevo, que responda a las necesidades de la gente. Tanto los jóvenes como los mayores han expresado sus demandas. Es hora de responder.

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