Un tema persistente, de hecho el leitmotiv, en la forma en que los líderes alemanes hablan de la eurozona es su insistencia en la importancia de cumplir las reglas. Ese estribillo va seguido de un coro del resto de la unión monetaria que exige saber por qué Alemania adopta un enfoque tan inflexible. La respuesta, como se verá, refleja la manera en que el sistema federal de gobierno alemán ha moldeado su toma de decisiones, así como la experiencia histórica del país con las crisis de deuda.
La obsesión de Alemania por las reglas es anterior a la actual crisis de la eurozona. Los responsables políticos del país siempre insistieron en que Europa no podía tener una moneda común sin lograr antes una convergencia económica. Pero eso parecía que nunca iba a ocurrir. Así, en los años noventa, mientras se establecía la eurozona, Alemania abogó por la aplicación rigurosa de los «criterios de convergencia», los requisitos necesarios para adoptar el euro.
Los economistas de todos los demás países se burlaban de la fijación teutónica por las normas firmes. No hay razón, por ejemplo, para que un ratio de deuda sobre el PIB del 59 % se considere seguro, pero que el 62 % se considere irresponsablemente peligroso. Pero los alemanes insistieron y, al final, consiguieron lo que querían.
Ese enfoque se debió en parte a la estructura política de Alemania. Cuanto más federal es el sistema de gobierno de un país, más normas se necesitan para garantizar su buen funcionamiento. Cuando las responsabilidades de los distintos niveles de gobierno no están claramente delimitadas, existe el peligro de que los funcionarios intenten trasladar cargas a niveles superiores. Para evitarlo, las federaciones suelen adoptar un enfoque legalista.
De hecho, históricamente existe una fuerte correlación entre las federaciones exitosas y una política monetaria estable sustentada en reglas claras. A finales del siglo XX, Suiza, Alemania y Estados Unidos, todos países federales, fueron pioneros en la aplicación de una política monetaria orientada a la estabilidad. Dado que la eurozona es, en muchos aspectos, federal en su estructura, para Alemania un compromiso claro con las reglas parecía un requisito previo para su éxito.
Por supuesto, incluso los alemanes saben que a veces las reglas deben flexibilizarse. Pensadores desde Aristóteles han sostenido que las reglas fracasan cuando son demasiado rígidas. En la Ética a Nicómaco, Aristóteles señaló el uso que hacían los escultores de la isla de Lesbos de reglas de plomo flexible, en lugar del hierro rígido, para trazar líneas curvas en la piedra. La capacidad de remodelar las reglas para ajustarlas a la piedra servía como metáfora de la necesidad de adaptar las leyes cuando cambian las circunstancias.
Pero, cuando se trata de la deuda, los alemanes han insistido en usar la regla más rígida de todas. Desde el inicio de la crisis de la eurozona, el gobierno alemán se ha mantenido firme en las disposiciones de los tratados europeos que interpreta como prohibición de los rescates y de la financiación monetaria de la deuda pública. Recientemente, Alemania reaccionó ante una propuesta de condonar una parte de la deuda de Grecia sosteniendo que la disposición del tratado que proscribe los rescates también excluye las quiebras estatales y la condonación de deuda.
La lección que Alemania ha extraído de su historia es que la deuda es un ámbito en el que hay que evitar con firmeza la flexibilidad. Esto podría sorprender a los comentaristas estadounidenses, que han argumentado que Alemania actúa con hipocresía, ya que incumplió sus deudas en 1923, 1932-1933, 1945 y 1953, para luego insistir hoy en que los demás actúen de otra manera.
Lo cierto es que los alemanes consideraron desestabilizadoras casi todas esas suspensiones de pagos. La suspensión interna de 1923, llevada a cabo mediante hiperinflación, debilitó el sistema financiero alemán y contribuyó a provocar la Gran Depresión. Los impagos de comienzos de los años treinta se volvieron inevitables cuando Alemania no pudo acceder a los mercados privados de capital y el país había perdido la confianza en su futuro. En lugar de sentar las bases de una recuperación económica sostenible, la deflación y el impago avivaron el nacionalismo, con efectos desastrosos.
El impago de 1945 fue consecuencia de la derrota en la Segunda Guerra Mundial. De hecho, la tradición del llamado ordoliberalismo, que ha dado forma a la política económica de posguerra de Alemania, fue una respuesta a la arbitrariedad destructiva de los nazis.
Solo la cancelación de deuda de 1953 se ve con buenos ojos en Alemania, y un análisis de las circunstancias en que se produjo revela mucho sobre el enfoque del país respecto a la crisis de la eurozona. Como ha demostrado el economista de la Universidad de Yale Timothy Guinnane, la deuda que se canceló no fue el principal, sino los intereses atrasados acumulados que no se habían pagado entre la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.
Más importante, desde la perspectiva de Alemania, fue el contexto político en que se desarrollaron las negociaciones. Para empezar, se había producido un cambio de régimen completo en Alemania. Los aliados vencedores habían apartado a los responsables de las políticas destructivas y desestabilizadoras del pasado, lo que ofreció al país una ruptura limpia y a sus acreedores la confianza de que Alemania había emprendido un nuevo rumbo. Además, los nuevos responsables políticos alemanes habían demostrado su seriedad financiera. En 1950, el país atravesó una grave crisis de balanza de pagos. Algunos funcionarios estaban a favor de los controles de capital, pero el gobierno optó por aplicar una austeridad monetaria.
Esta experiencia explica otra de las obsesiones de Alemania: las reformas en los países deudores. Alemania necesitaba un cambio completo de su régimen interno para salir de su ciclo de deuda e impago. Eso podría ser demasiado exigir en el contexto de la eurozona; pero, sin una reorientación fundamental de la política de un país, según el razonamiento que se sigue en Alemania, la condonación de deuda seguirá siendo siempre un ejercicio fútil.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Harold James es catedrático de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, catedrático de Historia en el Instituto Universitario Europeo de Florencia y investigador principal del Center for International Governance Innovation.
Imagen: Banderas de los Estados miembros de la Unión Europea ondean frente al edificio del Parlamento Europeo en Estrasburgo. REUTERS/Vincent Kessler


