Hay algo podrido en el debate de la Unión Europea sobre la migración. Paralizados por el auge del populismo antiinmigrante, los líderes políticos del continente dan la espalda a personas desesperadamente vulnerables que huyen de la guerra, las violaciones de los derechos humanos y el colapso económico.
En ningún lugar es más visible el costo humano de las políticas europeas que en el mar Mediterráneo. Las aguas entre Europa y África constituyen la ruta migratoria más mortífera del mundo. Se estima que unas 300.000 personas realizaron la travesía en 2014, más del doble que en 2013. Unas 3.000 murieron ahogadas, de hambre, por exposición a la intemperie o por asfixia.
La mayoría de los migrantes parte de Libia, que se ha convertido en el centro de una industria de tráfico de personas valorada en varios millones de dólares. Hasta hace poco, la mayoría de quienes partían rumbo a Italia realizaba la travesía en embarcaciones pequeñas. Pero, en un giro novedoso, las autoridades italianas rescataron a cientos de migrantes a principios de este año, entre ellos mujeres embarazadas y decenas de niños, a bordo de un viejo carguero con casco de acero. La tripulación había abandonado el barco.
Por su cercanía a un conflicto mortal en Siria y a países caracterizados por la pobreza extrema, las violaciones de los derechos humanos y la debilidad o el colapso de sus Estados y economías, la UE es inevitablemente un imán para migrantes y solicitantes de asilo. Por eso necesita una política migratoria que refleje los valores sobre los que se fundó. Por desgracia, el respeto por la vida humana ha quedado relegado frente a cálculos políticos más mezquinos.
Consideremos el enfoque europeo de las operaciones de búsqueda y rescate. En noviembre pasado, Italia suspendió su operación de rescate Mare Nostrum (que puso en marcha en 2013, después de que más de 300 migrantes se ahogaran frente a la costa de la isla italiana de Lampedusa), porque los demás Estados miembros de la UE se negaron a compartir los costos: unos 9 millones de euros (10,6 millones de dólares) al mes. En su lugar, la agencia fronteriza de la UE, Frontex, ha comenzado a realizar una misión costera limitada llamada Operación Tritón.
¿Por qué tanta reticencia a compartir el costo de las operaciones humanitarias de rescate? Altos ministros del Reino Unido y de otros países del norte de Europa, basándose poco más que en la economía conductual de salón, sostuvieron que Mare Nostrum alentaba a más migrantes a intentar la peligrosa travesía marítima. En otras palabras, permitir que los niños se ahoguen es un elemento disuasorio legítimo. En el mundo real, la desesperación y las aspiraciones que impulsan a las personas a huir pesan más que los riesgos de la travesía; por tanto, el cierre de Mare Nostrum no reducirá el número de personas que intentan llegar a Europa.
Pero el debate europeo sobre la migración es tan tóxico que rara vez se habla de las fuerzas que realmente impulsan a las personas a desplazarse. Según Frontex, alrededor de una cuarta parte de los migrantes que cruzaron el Mediterráneo en 2014 eran familias sirias que huían de la guerra civil. Los jóvenes eritreos —que escapaban de un país que impone el servicio militar indefinido a los disidentes— representaban otra cuarta parte. Muchos otros procedían de países pobres y propensos a la violencia: Palestina, Somalia, Sudán, Malí y Nigeria.
Ante una crisis humanitaria en el Mediterráneo, la UE ha respondido intentando construir una fortaleza. Ha invertido mucho en una frontera cercada entre Turquía y Grecia. Amnistía Internacional ha documentado la práctica generalizada de devolver a migrantes y refugiados que intentan cruzar a Grecia y Bulgaria, una práctica contraria al derecho internacional.
Pero la fortaleza solo ha redirigido el flujo de personas, en vez de detenerlo, y ha obligado a migrantes y refugiados a intentar peligrosas travesías marítimas, mientras se reducen las operaciones de búsqueda y rescate. Los únicos beneficiados son los traficantes de personas, que cobran a los refugiados sirios unos 6.000 euros por un lugar en una embarcación o un carguero peligrosos.
Los esfuerzos de la UE por desarrollar una respuesta coherente a la crisis han rozado la farsa. Las causas que llevan a las personas a Europa son complejas y van desde los conflictos y la persecución política hasta la pobreza y las presiones económicas. La respuesta institucional de Europa consiste en tratar toda migración como una cuestión de gestión fronteriza. Apenas se consulta a los distintos departamentos de la Comisión Europea, en particular a los que se ocupan del desarrollo. Mientras tanto, el mosaico de políticas nacionales de asilo y migración hace imposible diseñar un marco cohesionado. Este desafío quedó reflejado en la reciente declaración de los ministros de Asuntos Exteriores de la UE sobre migración, tan vaga que no admitía una interpretación práctica.
El auge de las fuerzas políticas populistas dificulta aún más corregir estos fallos de política. El Frente Nacional en Francia, el Partido de la Independencia del Reino Unido y los partidos de extrema derecha contrarios a la inmigración en Suecia, Dinamarca e Italia están ganando votos y cerrando el espacio para un debate público informado sobre una cuestión política compleja que no tiene respuestas fáciles.
Europa necesita con urgencia mantener una conversación madura y basada en hechos sobre la migración. Los controles fronterizos estrictos nunca pueden ser más que una parte de la solución al desafío migratorio de la UE. Es probable que las crisis en Siria, Irak y algunas zonas del África subsahariana provoquen aún más desplazamientos. Vallas más altas, vigilancia más rigurosa y un mayor control policial no bastarán para hacer frente al aumento de la migración que casi con certeza se producirá.
En cambio, guiados por los valores fundacionales de la UE, los Estados miembros deberían cofinanciar una operación de búsqueda y rescate siguiendo el modelo de Mare Nostrum; reforzar sus esfuerzos por proteger los derechos de los refugiados; y compartir la responsabilidad de conceder asilo. Alemania, Francia, el Reino Unido y Suecia acogieron al 70 % de las personas a las que se concedió el estatuto de refugiado en la UE el año pasado. Los demás —en particular España— deben hacer más.
También hacen falta respuestas más amplias. Por ejemplo, enfoques más coherentes y generosos para conceder visados de trabajo temporales beneficiarían tanto a los migrantes como a los europeos. Además, los Estados miembros de la UE podrían utilizar sus presupuestos de ayuda para brindar mayor apoyo a los refugiados sirios que viven en condiciones desesperadas en países vecinos.
La lección de la crisis migratoria en el Mediterráneo es clara: la Europa fortaleza no funciona. La UE debe trazar un nuevo enfoque. Cuando lo haga, sus propios valores serán la mejor guía.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Kevin Watkins es director ejecutivo del Overseas Development Institute (ODI), un destacado centro de estudios del Reino Unido sobre desarrollo internacional y asuntos humanitarios.
Imagen: Un agente de policía comprueba el pasaporte de un inmigrante chino en la fábrica textil Shen Wu de Prato, el 9 de diciembre de 2013. REUTERS/Stefano Rellandini.


